Roa, el espolón tras la muralla
Roa se alza sobre un espolón que domina el Duero. En 1295, una disputa por el cercado de la villa dio paso a una muralla de seis puertas, mientras el terreno bajo la localidad reunía materiales muy distintos.
La ermita de San Roque en Roa, una imagen del paisaje construido de la villa.
Desde Roa, el Duero queda abajo y el caserío ocupa un espolón que se asoma al río y domina el paisaje. Esa posición hace reconocible la silueta de la villa, pero la historia de sus defensas empieza con un problema más concreto que la forma del horizonte: sus vecinos más próximos no se ponían de acuerdo sobre cómo cerrar el recinto. En 1295, la reina Violante de Aragón ordenó construir las murallas. La obra debía convertir una frontera discutida en un límite compartido, con entradas, horarios y pasos para la vida diaria.
El Espolón mira al Duero
La forma del lugar precede a sus episodios escritos. Roa está situada sobre un espolón asomado al Duero: una franja de terreno que sobresale y ofrece una vista dominante del entorno. No hace falta atribuir a esa forma una causa que no está descrita para entender su presencia en la historia local. La villa se reconoce por la relación entre el caserío elevado y el río, mientras caminos y construcciones han ido ocupando ese escenario.
Mucho antes de la muralla, por aquí pasaba una calzada romana que unía Clunia con Astorga. Algunos historiadores han propuesto que Roa podría corresponder a la antigua Rauda vaccea, una identificación presentada como posibilidad, no como certeza. En 912, Munio Núñez repobló Roa, dentro de la expansión hacia el Duero. En 975, una razia de Almanzor llegó a la localidad y la zona volvió a ser escenario de enfrentamiento entre los reinos musulmán y cristiano. El espolón fue, durante siglos, un lugar habitado en una comarca atravesada por rutas y cambios de poder.
De la repoblación a la villa con fuero
En 1143, Alfonso VII concedió privilegios a Roa y entregó a la villa las aldeas de su alfoz, aplicando el fuero de Sepúlveda. La concesión daba forma a una comunidad con un ámbito de relación más amplio que el recinto urbano. La villa no era solo un conjunto de casas en altura: también articulaba poblaciones cercanas y una vida común que necesitaba acuerdos.
Alfonso X, en 1274, y Sancho IV, en 1291, ratificaron los privilegios concedidos por Alfonso VII. Entre esos documentos y la orden de la muralla se perfila una tarea muy práctica: organizar la convivencia y definir cómo se usaba el espacio. De los privilegios medievales se conservan copias en la Biblioteca de la Academia de Historia; otra copia, que estuvo en el Archivo de Roa, se perdió en los incendios del siglo XIX. El papel y la piedra guardaron rastros distintos de aquella villa.
1295: seis puertas para Roa
La discrepancia con los vecinos más próximos tenía un objeto preciso: el cercado del muro de protección. En 1295, Violante de Aragón ordenó la construcción de las murallas y también estableció el procedimiento para realizar la vendimia. La decisión reunió dos asuntos esenciales de la vida de la villa, el límite construido y el trabajo de la cosecha. El muro ofrecía una respuesta material a una disputa que no se resolvía por acuerdo.
La muralla se describió como alta, sólida, almenada y de doble muro. Contaba con seis puertas que se abrían al amanecer y se cerraban al atardecer, además de pequeños portillos para facilitar el paso de los vecinos. La Puerta de la Villa quedaba cerca de la plaza de toros; la de San Juan, junto al actual Consejo Regulador de la Ribera del Duero; y la de Palacio, junto al paseo de El Espolón y el desaparecido palacio de los Condes de Siruela.
Una construcción de Roa en el paisaje edificado actual de la localidad.
Las otras entradas completaban el recorrido: San Esteban estaba junto a la iglesia del mismo nombre; San Miguel tenía una hornacina con una imagen del santo; y la Puerta del Arrabal, llamada también de La Fuerza, se situaba al comienzo de la calle Santa María. No eran solo huecos en una defensa. Al abrirse y cerrarse cada día, ordenaban la circulación entre la villa y su entorno. El muro respondía así al conflicto de los lindes y, a la vez, marcaba el ritmo cotidiano de quienes entraban y salían.
El terreno de Roa no es una sola roca
El espolón y la muralla cuentan la historia visible de Roa; la clasificación geotécnica permite asomarse, a escala del término municipal, a otra diversidad. La categoría más extensa recogida es «areniscas, conglomerados y flysch», con un 33,04 %. Le siguen «calizas, dolomías y mármoles», con un 23,66 %, y «gravas y arenas compactas», con un 17,71 %. Son nombres que describen materiales diferentes: rocas de composición y textura distintas, junto a sedimentos granulares compactos.
La relación también incluye una categoría de masa de agua, que representa el 7,29 %, además de arenas finas y limos (5,04 %) y yesos, anhidrita y sales (4,06 %). La variedad importa porque evita imaginar todo el término como una misma roca continua. Pero esas proporciones describen el municipio: no identifican por sí solas qué material hay justo bajo la muralla o de qué están hechos sus sillares. La piedra visible y el mapa geotécnico pertenecen a escalas distintas.
También hay una perforación registrada con el nombre de Pedrosa, de 250 metros de profundidad, en cuyos datos figura agua a 0 metros. Es un sondeo asociado a ese topónimo, no una medición que permita trasladar sin más el dato al subsuelo del casco de Roa. Para la historia de la villa, la referencia más directa sigue siendo el relieve que la sitúa sobre el Duero; la clasificación municipal añade un retrato más amplio y variado del terreno que la rodea.
La calle Santa María conserva el rastro
La muralla medieval no permanece completa como un anillo que pueda seguirse entero. Entre sus huellas, la Puerta del Arrabal o de La Fuerza conserva el tramo mejor preservado, en la entrada de la calle Santa María. La puerta de San Juan conserva uno de los cubos que la formaban. Esos restos permiten reconocer algo más que una forma antigua: muestran dónde el límite construido todavía se deja leer dentro de la villa.
Con los siglos cambiaron las maneras de conectar Roa con otros lugares. En 1465 quedó establecida la tradición del mercado semanal de los martes, que continúa celebrándose. En 1895 se abrió al tráfico la línea ferroviaria Valladolid-Ariza, con estación para pasajeros y mercancías; el servicio de viajeros cerró en enero de 1985. La muralla había organizado entradas y salidas mediante puertas y horarios; el ferrocarril ofreció después otra escala de conexión, antes de que ese servicio terminara.
De la disputa por el cercado quedó una solución concreta: una muralla con seis puertas, portillos y horarios, y hoy algunos tramos reconocibles entre las calles de Roa. Sobre el Duero, el espolón sigue definiendo la silueta de la villa; en Santa María, la piedra conserva la huella del límite que sus habitantes levantaron.
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