Riosa, el carbón abre camino
En los valles de Riosa, el carbón no solo salió de la montaña: también obligó a cambiar la manera de atravesarla. La historia de sus minas se lee en los caminos, túneles y líneas ferroviarias que acercaron el mineral a los lavaderos.
Vista del valle de Riosa y de sus laderas, el paisaje que encauzó las rutas de salida del carbón.
Desde las laderas de Riosa, el relieve se cierra en una sucesión de valles y montañas. En el siglo XIX, cuando la extracción de carbón empezó a tomar impulso, aquella forma del paisaje planteó una cuestión práctica: cómo sacar el mineral de las explotaciones y llevarlo hasta los lugares donde se preparaba para su uso. La respuesta no fue una sola vía, sino una cadena de cambios que desplazó la minería desde las primeras minas de montaña hacia explotaciones más profundas y transformó el transporte.
El Aramo y los valles que guiaron la ruta
La Sierra del Aramo domina el oeste del concejo. Sus cumbres incluyen el Barriscal, de 1.734 metros, el Xistras, de 1.773, y el Gamonal, en el Angliru. Al este se alza el cordal del Monte Llisoriu; entre Riosa y Morcín queda el Monte Monsacro. Entre estas elevaciones se encadenan valles que ordenan el territorio y orientan el curso de sus aguas.
El río Llamo, llamado también Riosa, nace en las pendientes del Aramo y recoge regatos que descienden de las montañas. Corre hacia el norte, se une a los ríos Xuncar y Grandiella cerca de La Vega y continúa por Morcín hasta el Caudal. Es una geografía de desniveles y pasos estrechos. Las rutas de la minería tuvieron que acomodarse a ella: las líneas ferroviarias descritas para la cuenca atraviesan valles, salvan cambios de nivel y, en un caso, pasan bajo la montaña por un túnel.
El sustrato aporta otro capítulo a ese paisaje. Riosa pertenece a la Cuenca Central de Asturias, cuya formación geológica se sitúa en el Carbonífero, entre 360 y 286 millones de años atrás, un periodo de gran expansión de las plantas terrestres. En la zona hullera de La Foz de Morcín se describen conglomerados de pudinga: cantos rodados de cuarcita unidos por una matriz arenosa. Entre esos niveles aparecen capas de pizarra, arenisca y algunos carbones explotables.
Las rocas bajo el paisaje minero
La descripción importa porque muestra que la cuenca no es una masa uniforme. En los materiales nombrados conviven conglomerados, pizarras, areniscas y carbón; la presencia de niveles alternos ayuda a entender que el mineral se encontraba dentro de una secuencia de rocas, no como una veta aislada de todo lo demás. Esta referencia geológica corresponde a la zona hullera de La Foz, en el concejo vecino de Morcín, y no identifica por sí misma la roca de una instalación concreta de Riosa.
A escala del concejo, el estudio geotécnico clasifica un 24,12 % como calizas, dolomías y mármoles, y un 2,16 % como arcillas y margas duras sobreconsolidadas. Son categorías distintas de las capas carboníferas mencionadas en la descripción de la cuenca; juntas dan una idea de la variedad de materiales del territorio, sin convertir una clasificación municipal en un mapa de cada mina. El paisaje montañoso y la geología acompañan la historia industrial, pero las rutas que se construyeron responden aquí a una necesidad documentada: transportar carbón desde las explotaciones hasta sus instalaciones de tratamiento.
En el siglo XIX, la minería del cobre ya tenía una historia mucho más antigua en las inmediaciones de Llamo. En Texeo, en la vertiente oriental del Aramo y entre 1.200 y 1.300 metros de altitud, se localizan minas de cobre fechadas en torno a 2000 a. C. En 1880, el ingeniero Van Straalen descubrió allí una extensa red de galerías y pozos. Pero la nueva transformación industrial que avanzaba entonces por Riosa tuvo otro protagonista: el carbón.
El entorno montañoso de Riosa y Rioseco, en la vertiente donde se sitúan las explotaciones mineras descritas para la zona.
De Porció al valle de Canales
La extracción de carbón comenzó en las minas de Porció a mediados del siglo XIX. En 1846 se empezó a sacar allí mineral para abastecer la Fábrica de Armas de Trubia. Más tarde, hacia finales de siglo, la actividad se trasladó hacia el este del concejo, al valle de Canales, donde estaban las minas de La Esperanza; también se explotaba La Raíz, en Morcín. El carbón acercaba a Riosa a una demanda industrial que requería mover grandes cantidades de mineral fuera de los valles.
El transporte inicial mezcló ferrocarril y planos inclinados. Entre 1900 y 1901 se construyó una línea de 0,60 metros de ancho de vía, a la cota 456. Partía de El Rebollal, pasaba por el valle de Canales y La Raíz, y cruzaba hacia Mieres por el túnel de La Boqueriza, de 600 metros. En el valle de Loredo alcanzaba Ana María, desde donde el carbón descendía mediante planos inclinados automotores —llamados popularmente «planos de gochu»— hasta el lavadero de La Pereda, en Mieres.
La ruta funcionaba, pero el transporte resultaba costoso. Los distintos tramos no componían una bajada sencilla: el ferrocarril llegaba a un punto estratégico y los planos inclinados llevaban luego el mineral hasta el lavadero. Galían, Reguera Grande y Botamino eran nombres de esos descensos. El problema no era una abstracción: cada cambio de tramo formaba parte del camino que el carbón debía recorrer desde las minas hasta La Pereda.
La Gortica acorta el camino
La solución fue proyectar otra línea, esta vez con una vía de 0,75 metros junto al río Riosa. Arrancaba en La Gortica, en la Foz de Morcín, y terminaba también en La Pereda. La inauguraron en 1922. Con nueve kilómetros de longitud y once túneles, conectaba las zonas de extracción con el lugar de tratamiento mediante un recorrido que permitía un transporte más fluido y locomotoras más potentes.
La nueva vía también amplió el alcance de la red: facilitaba llevar hasta La Pereda carbón de la zona oeste, incluida Piedrafita. El cambio no borró de golpe las huellas de la ruta anterior; reorganizó la salida del mineral y respondió al coste que había hecho menos eficiente el sistema de planos inclinados. El río daba nombre y referencia a la línea, mientras los túneles resolvían el paso por un territorio de valles encajados y montañas.
Así, la historia del carbón se lee como una progresión de trayectos. Primero, la extracción en Porció; después, la expansión hacia Canales y las minas vecinas; luego, el ferrocarril de vía estrecha, las pendientes mecánicas y, finalmente, una línea inaugurada para hacer más directo el transporte. En cada etapa, la montaña siguió allí. Lo que cambió fue la manera de atravesarla y de sacar de ella el mineral.
Del carbón de montaña al Pozo Montsacro
También cambiaron las empresas responsables de la explotación. Hasta 1914 la llevó la Sociedad Minas de Riosa; entre 1915 y 1952, Hulleras de Riosa. De 1953 a 1969 se hizo cargo ENSIDESA, que necesitaba carbón para abastecer los altos hornos de Avilés. En esos años se profundizó el Pozo Montsacro y se construyeron los poblados mineros de La Ará y Nijeres: la actividad minera dejó así una marca no solo en las rutas, sino también en los lugares donde vivían sus trabajadores.
HUNOSA asumió provisionalmente la explotación en 1969 y de forma definitiva en 1971. A través del Pozo Montsacro, situado en el límite entre Riosa y Morcín, se trabajaron capas de carbón, la mayoría dentro de Riosa, por debajo del nivel del río. Eran las mismas capas explotadas en las minas de montaña de Canales y La Raíz, donde se contaban ocho pisos. El recorrido del carbón había descendido, literalmente, desde las laderas hasta una explotación más profunda.
La ruta que empezó con Porció y encontró una respuesta ferroviaria en La Gortica desembocó en esa nueva escala de trabajo: el Pozo Montsacro y sus capas bajo el nivel del río. El relevo de compañías y la construcción de los poblados acompañaron esa transformación. En Riosa, la montaña que antes había que vencer con raíles, túneles y planos inclinados pasó a ser también el techo de una minería que avanzaba bajo tierra.
Mirado desde el valle, el río Riosa sigue su curso entre las montañas. Pero la historia minera añade otra dirección a ese paisaje: la del carbón que salió de las laderas, cruzó túneles camino de La Pereda y acabó buscándose a mayor profundidad, bajo el nivel del agua.
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