Porzuna llevó sus montes a juicio y pactó el uso de la tierra
En 1548, la compra de la Encomienda de Malagón abrió un pleito que enfrentó al señor de las tierras con los vecinos de Porzuna. ¿Qué relación tenía aquel conflicto con el paisaje de sierras, raña y campos donde se vivía?
Campos y relieve del entorno de Porzuna, el paisaje rural donde se desarrolló la larga historia de los derechos de uso de la tierra.
El 5 de mayo de 1552, después de cuatro años de litigio, los vecinos de Porzuna y el señor de Malagón acordaron por escrito cómo se usarían las tierras. No era una disputa abstracta: estaban en juego montes y terrenos compartidos por varias poblaciones, dentro de un paisaje que alterna sierras y zonas bajas. La pregunta es inevitable: ¿por qué el derecho a recorrer y aprovechar aquel territorio llegó a convertirse en una causa tan duradera?
Antes del pleito, ya había huellas en Porzuna
La historia humana del término empezó mucho antes de que aparecieran los documentos de propiedad. En Porzuna se han encontrado herramientas del Paleolítico Inferior y Medio: hendedores y hachas bifaces. Son piezas que permiten reconocer la presencia de los primeros pobladores durante un periodo prolongado, aunque no identifican por sí solas a quienes las fabricaron ni la vida cotidiana de cada grupo.
El terreno que hoy recorres no es un telón uniforme. Porzuna forma parte de las sierras y macizos del Campo de Calatrava. Al sur se alzan relieves como la sierra de Utrera y la Sierra del Pico; en esta última destaca El Témpano. En el oeste aparecen, entre otras, las sierras de El Citolero, Las Palomeras y El Trincheto. Al norte, en cambio, el término se abre en una zona de raña de poca elevación.
La ficha geotécnica disponible registra gravas y arenas compactas como el grupo más representado, con un 45.24%; también identifica pizarras y esquistos, arenas finas y limos, y calizas, dolomías y mármoles. El dato no convierte todo el municipio en una sola clase de suelo: acompaña la imagen de un territorio diverso, con sierras, laderas y superficies más bajas. Es ese relieve concreto el que da forma al escenario donde, mucho después, se negociaría el uso de la tierra.
La secuencia arqueológica continúa con los romanos y los visigodos. De la villa de La Porcuna Vieja se han hallado restos, y también monedas y piedras labradas de una iglesia visigoda del siglo VI. Hoy esas piezas forman parte de la colección arqueológica del Museo de Ciudad Real. No relatan todavía el pleito por los montes, pero sí muestran que el territorio tuvo ocupantes y usos sucesivos mucho antes de que la propiedad quedara fijada en escrituras.
El Bullaque marcó un borde y Fuente Porcuna dejó un nombre
En la etapa musulmana, las tierras de Porzuna pudieron pertenecer al Castillo de Malagón. La formulación es prudente porque así se presenta esa relación en la historia local. También se atribuye al río Bullaque el papel de límite oriental natural del Reino de Badajoz, hasta la desaparición de ese reino. En este paisaje, el agua no solo daba nombre a lugares: podía señalar una frontera.
¿De dónde salió el nombre de Fuente Porcuna? En 1245 aparece por primera vez en un documento sobre el pago de impuestos entre el arzobispado de Toledo y la Orden de Calatrava. Una explicación posible lo relaciona con un manantial al que acudían jabalíes a beber. La fuente y los animales forman parte de la interpretación del topónimo, no de una escena documentada en detalle; aun así, la hipótesis conserva una imagen sencilla y local: agua reconocible en un territorio de montes y caminos.
En el siglo XII, el término había pasado a ser propiedad de la Orden de Calatrava. Más tarde, Porzuna y El Robledo fueron apartados de sus dominios a favor de Villa Real, la actual Ciudad Real. En 1329 una sentencia obligó a Villa Real a devolver Fuente Porzuna e indemnizar a la Encomienda de Malagón. El nombre cambió después: el lugar pasó a llamarse Puebla de Padilla, en referencia al maestre de la orden. La tierra seguía siendo la misma; cambiaban quienes podían reclamarla y las palabras con que se la reconocía.
Una calle de El Trincheto con las laderas cercanas al fondo, vista de uno de los núcleos del término de Porzuna.
La Concordia convirtió el conflicto en reglas
El episodio decisivo llegó en 1548. Ares Pardo de Saavedra, mariscal de Castilla y señor de Paracuellos, compró la Encomienda de Malagón, descrita como un conjunto de montes y terrenos con sus aldeas. Al intentar hacer valer sus derechos señoriales, algunos vecinos quedaron privados de libertades de uso que, según la historia local, venían disfrutando. La disputa no enfrentaba solamente a dos nombres: enfrentaba la autoridad sobre las tierras con las prácticas de quienes vivían en ellas.
Los vecinos entablaron pleitos. Cuatro años después, el acuerdo con el alcalde mayor de Malagón, Garci González, quedó recogido en las llamadas Escrituras de Concordia. El documento fijó derechos para los vecinos, el concejo y el señor, y dio forma a los llamados Estados del Duque: una comunidad de cinco poblaciones, Malagón, Porzuna, Fuente el Fresno, El Robledo y Los Cortijos.
¿Qué tenía que ver esa escritura con la geología? No hay que atribuir a las rocas el origen del pleito: lo que las fuentes relacionan directamente es el conflicto por los derechos de uso. Pero esos derechos se ejercían sobre un territorio reconocible, desde las sierras del sur hasta las zonas bajas del norte. El relieve aporta la escala física del acuerdo; la historia documenta quiénes podían usar las tierras y cómo se sostuvo ese uso.
La continuidad de esos derechos dejó una consecuencia que va más allá del texto legal. La historia de Porzuna vincula esa circunstancia con un paisaje rural distinto del resto de la comarca de Los Montes y con un desarrollo agrario más intenso, capaz de sostener una población mayor. No es una explicación geológica automática: es el encuentro entre un territorio concreto y unas reglas de aprovechamiento que perduraron.
De villa independiente a una nueva división de las parcelas
En 1769, un decreto de Carlos III convirtió Porzuna en villa independiente de Malagón. La autonomía política llegó después de generaciones de disputas y acuerdos sobre el uso de las tierras. A mediados del siglo XIX, la villa tenía 450 habitantes, según el dato histórico recogido. La cifra ofrece una pausa en el relato: detrás de las normas sobre montes y terrenos había una comunidad que permanecía allí y dependía de ese paisaje rural.
La discusión sobre los derechos no terminó de una vez. En 1901 se declaró la existencia de la Mancomunidad de Pastos en los Terrenos de Porzuna. En 1906, la casa de Medinaceli decidió enajenar sus presuntos derechos sobre montes y terrenos. Con el fraccionamiento de esos derechos entre distintos propietarios, la cuestión volvió a tomar otra forma: ya no era solo quién podía usar las tierras, sino cómo ordenar una propiedad dividida.
En 1980, la Ley 5/1980 buscó resolver el problema de los derechos históricos mediante una reordenación de la propiedad favorable al municipio y a los vecinos. Con su desarrollo se inició también la concentración parcelaria de Porzuna. ¿Se cerraba así una historia empezada siglos atrás? Al menos, el conflicto entró en una nueva etapa: de las concordias y los derechos de uso pasó a una reorganización de parcelas y titularidades.
Porzuna conserva en sus nombres de sierras, en la raña del norte y en la memoria de sus acuerdos la escala de esa larga historia. Sus montes no dictaron las condiciones del pacto de 1552, pero fueron parte del territorio cuyo uso sus habitantes defendieron y negociaron. Cuando mires desde el campo hacia las sierras, verás también el escenario físico de una disputa que convirtió el acceso a la tierra en una historia común.
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