Alhama de Almería convirtió sus aguas termales en una historia que llega hasta Roma
Una estatua romana apareció junto al manantial que dio sentido a los baños de Alhama. ¿Qué tenía aquel punto de agua para atraer usos y memoria durante siglos?
Vista general de Alhama de Almería, en el paisaje del valle del Andarax y las estribaciones de la sierra de Gádor.
En Alhama de Almería, el rastro de una historia antigua conduce al agua. En 1984 apareció la llamada Dama de Alhama, una figura femenina de mármol hallada cerca del manantial hidrotermal. No es solo una pieza arqueológica: su lugar de aparición enlaza la presencia romana con una surgencia termal que, según los datos reunidos sobre la localidad, también se aprovechó en época árabe y desde el siglo XVI. La pregunta es cómo llegó ese agua a convertirse en un hilo conductor de la vida local.
La Dama apareció junto al agua que ya atraía a la gente
La respuesta empieza en un punto concreto: las cercanías del manantial. Allí fue encontrada la estatua que hoy se conoce como la Dama de Alhama. El hallazgo da un anclaje material a la presencia romana y sitúa ese pasado junto a una fuente de agua termal. No demuestra por sí solo qué usos tuvo el manantial en cada momento, pero sí reúne, en el mismo lugar, dos huellas decisivas: una pieza romana y un punto de agua que siguió siendo aprovechado en siglos posteriores.
La historia local atribuye también a los romanos y a los árabes el uso de esas aguas; desde el siglo XVI consta asimismo su aprovechamiento. Así, el manantial no aparece como una anécdota aislada, sino como un recurso que atravesó épocas distintas. ¿Qué hacía de él un lugar persistente? La respuesta más directa está en su cualidad hidrotermal: no era simplemente agua de paso, sino una surgencia termal que acabaría dando nombre y carácter a los baños de la población.
Alhama viene del árabe alhamman, traducido como «agua sagrada». El nombre conserva la importancia atribuida a las aguas y la memoria de un recurso que la localidad mantuvo en uso. No hace falta imaginar ceremonias ni escenas no documentadas para apreciar la fuerza del vínculo: la estatua apareció cerca del manantial, el agua se aprovechó en distintas épocas y el topónimo sigue señalando su relevancia.
La roca carbonatada abre una posible ruta para el agua
El subsuelo ayuda a entender por qué el agua importa aquí. La información geotécnica disponible clasifica el terreno municipal principalmente como calizas, dolomías y mármoles: en conjunto, asigna a esos materiales el 80.82 % de los suelos. En términos generales, las calizas y dolomías se forman a partir de sedimentos acumulados en mares poco profundos; son rocas carbonatadas, es decir, ricas en minerales que el agua puede disolver lentamente.
Ese desgaste puede abrir huecos y conductos en la roca, un proceso llamado karstificación. Dicho sin jerga: el agua va ensanchando pequeñas vías, como una gota que, con muchísimo tiempo, encuentra paso en una superficie soluble. La clasificación geotécnica señala que las formaciones carbonatadas del municipio están medianamente karstificadas y que pueden aparecer formas kársticas importantes dispersas. Es una característica del terreno, no una descripción de una cavidad concreta junto al manantial.
¿Se puede unir esa roca con el origen del agua termal? La coincidencia hace plausible que el subsuelo carbonatado facilite parte de su circulación: el agua podría descender por fracturas o huecos, calentarse en profundidad y regresar a la superficie. Es una explicación posible, no un recorrido demostrado para el manantial de Alhama. El dato firme es más sobrio y, aun así, revelador: aquí se documentan aguas hidrotermales y un sustrato dominado por rocas carbonatadas, capaces de ofrecer vías de circulación al agua.
Una perforación registrada en el paraje de La Venta encontró agua a 0.5 metros de profundidad y alcanzó los 40 metros. Ese sondeo no identifica el origen ni la temperatura del manantial termal; aporta otra evidencia, distinta y localizada, de la presencia de agua en el subsuelo alhameño. La ficha geotécnica incluye además arenas finas y limos, con un 9.22 % del conjunto clasificado. En un municipio atravesado por el río Andarax, el agua subterránea y la del valle forman parte de un paisaje donde roca, cauce y asentamiento se encuentran, aunque no sean la misma historia hidráulica.
San Nicolás dio edificio y vida social a la surgencia
El manantial acabó teniendo una dirección reconocible. El Balneario de San Nicolás se construyó en 1874, en sustitución de instalaciones anteriores que ya aprovechaban las aguas termales. El edificio se amplió hasta 1881 y reunió departamentos de baños, pilas de mármol de una sola pieza, duchas, baños de vapor y una balsa independiente para las personas pobres. El agua que brotaba del entorno pasó así a ocupar un lugar organizado en la vida cotidiana.
San Nicolás no fue únicamente un conjunto de baños. Disponía de un salón social con espejos y piano, descrito como epicentro de la vida social de la localidad. El cambio importa: la fuente natural no se quedó en el borde del paisaje, sino que se convirtió en un espacio compartido, con instalaciones y encuentros. La roca no diseñó el edificio ni decidió quién lo usaba; ofreció, en cambio, el recurso termal alrededor del cual se levantó esa historia humana.
En los años sesenta el balneario fue adquirido por el empresario José Artés de Arcos, afincado en Barcelona, que realizó obras de rehabilitación. El dato prolonga la biografía del lugar más allá de su construcción decimonónica. Cada etapa dejó una forma distinta de relacionarse con el mismo recurso: aprovechamiento antiguo, baños organizados y posterior rehabilitación. El agua siguió siendo el centro reconocible de esa continuidad.
Por eso la traducción del nombre y el edificio de San Nicolás se responden entre sí. «Agua sagrada» no es aquí una etiqueta separada del territorio: recuerda la relevancia de una surgencia que alentó usos reiterados y dio lugar a un balneario con funciones tanto termales como sociales. La geología ofrece una explicación posible para la circulación del agua; la historia permite seguir lo que las personas hicieron cuando esa agua llegó a la superficie.
El Andarax y La Puente cambian la escala del relato
Al salir del entorno del manantial, el escenario se ensancha. Alhama se sitúa en el valle del Andarax, en las estribaciones de la sierra de Gádor, y el río atraviesa el término municipal. Ese marco ayuda a leer la localidad como parte de un paisaje de valle, no como una fuente aislada. La documentación disponible también registra arenas finas y limos en el terreno; son materiales distintos de las rocas carbonatadas predominantes.
La relación cotidiana con el relieve aparece en otra obra civil: La Puente, que cruza el barranco del Moralillo. Es un puente neoclásico de 45 metros de longitud y 25 de altura, con un vano central de 7 metros. El dato cuenta una acción concreta: levantar una estructura para salvar un barranco. No convierte el puente en prueba del origen del manantial, pero recuerda que en Alhama la forma del terreno también ha condicionado cómo se cruzan los cauces y se conectan los lugares.
En el valle, el Andarax aporta una presencia visible; en el subsuelo, las rocas carbonatadas y el agua componen una historia menos expuesta. Ambas escalas se encuentran en el término municipal, aunque las evidencias no permiten confundir el agua del río con la surgencia termal. Para comprender el balneario, la pista decisiva sigue siendo más precisa: el manantial junto al que apareció la Dama y las aguas que generaciones posteriores aprovecharon.
Loma de Galera devuelve el relato a los primeros pobladores
Mucho antes de que existiera San Nicolás, la gente ya había dejado huellas en el entorno de Alhama. La necrópolis megalítica de Loma de Galera reúne 38 tumbas fechadas en el milenio III antes de nuestra era. En el municipio se encuentra también la necrópolis megalítica de Alhama, situada en una meseta, con 55 tumbas y tres alineaciones. Son testimonios arqueológicos de la Edad del Cobre: lugares construidos y organizados por comunidades humanas en un paisaje que ya tenía sus propios relieves.
Al otro lado del límite municipal, en Santa Fe de Mondújar, está el poblado de Los Millares, con restos estructurales y material cerámico de la Edad del Cobre. Su presencia en el entorno completa el horizonte prehistórico del valle, pero no debe confundirse con un yacimiento dentro de Alhama. Para la historia local, las tumbas de Loma de Galera y de la meseta de Alhama bastan para mostrar una ocupación humana antigua, anterior a los usos romanos y a la historia documentada de los baños.
Las tumbas no explican el manantial, del mismo modo que las rocas no cuentan por sí solas quién acudió a bañarse. Juntas, esas evidencias permiten seguir dos ritmos diferentes: el de un relieve y unas rocas que condicionan el paso del agua, y el de las comunidades que habitaron y aprovecharon este territorio. En Alhama, el hilo que mejor conecta ambos es la surgencia termal, reconocible en la arqueología romana, en el nombre árabe y en el balneario que aún conserva su memoria.
Alhama convirtió una condición geológica —el agua termal que llega a la superficie— en una historia de uso, nombre y encuentro. Cuando pases por San Nicolás, la Dama hallada cerca del manantial y las rocas carbonatadas del municipio permiten mirar el balneario no solo como un edificio, sino como la expresión más visible de una relación antigua entre agua y población.
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