Pegalajar bajó de la Peña de los Buitres y puso el agua a trabajar
En Pegalajar, un asentamiento protegido por una peña dio paso a otro núcleo con molinos, terrazas y albercas. ¿Cómo se enlazan ese cambio y el terreno rocoso de Sierra Mágina?
La Charca y el caserío de Pegalajar al pie del relieve montañoso.
En Pegalajar, la defensa empezó en alto. Bajo la Peña de los Buitres hubo un núcleo con un aljibe, y después la población se trasladó a la Peñuela, donde el agua movió molinos y alimentó terrazas y albercas. ¿Por qué cambió de lugar una comunidad que ya tenía una posición protegida? La historia local habla de decisiones políticas y militares; el relieve y las rocas ofrecen el escenario concreto en que se tomaron.
La Peña de los Buitres protegía el primer refugio
La altura no era un telón de fondo. En época emiral, la población se asentó bajo la Peña de los Buitres, una elevación rocosa con defensas naturales potentes y un aljibe. Un hisn —un asentamiento fortificado pensado también para acoger a la gente en momentos de peligro— vinculaba la protección del lugar con las aldeas relacionadas con el Guadalbullón y la Fuente de la Reja.
La roca, en este episodio, cuenta sobre todo por la forma del terreno: una peña que ofrecía una posición defensiva. No hace falta atribuir a un tipo concreto de piedra cada muro para ver esa relación. La geología municipal registra una combinación de terrenos: areniscas, conglomerados y flysch representan el 55.46% en la clasificación disponible; calizas, dolomías y mármoles, el 19.39%. Es un marco amplio, no una descripción de cada punto de la antigua fortificación.
Esas familias de roca guardan paisajes muy distintos. Las areniscas pueden formarse con arenas de antiguas playas, deltas o ríos; los conglomerados, con cantos transportados por corrientes vigorosas. El flysch alterna capas arenosas y arcillosas, como sedimentos acumulados al pie de una plataforma continental. Y las calizas y dolomías remiten a antiguos fondos marinos poco profundos. En Pegalajar, el terreno reúne huellas de varios ambientes; no una sola escena geológica.
El núcleo alto no quedó allí para siempre. Durante el califato omeya, bajo el reinado de Abd al-Rahman III, una orden obligó a abandonar las alturas y trasladarse a zonas bajas y vegas, más fáciles de controlar. La mudanza tuvo una causa política documentada. El relieve, mientras tanto, seguía marcando el contraste entre la peña defensiva y las tierras donde podía asentarse otra forma de vida.
En la Peñuela, el agua cambió de papel
El traslado no significó renunciar a la defensa. En la Peñuela se consolidó un nuevo núcleo y, con él, reaparecieron las fortificaciones ante el avance cristiano por el Alto Guadalquivir. Pero en ese paisaje también se desplegó otra infraestructura: molinos de agua, terrazas, bancales y albercas. La Charca podría ser heredera directa de ese conjunto, según la historia recogida para Pegalajar.
La diferencia entre ambos lugares se entiende mejor si se mira al suelo. El estudio geotécnico describe formaciones generalmente impermeables o de muy baja permeabilidad, aunque capaces de albergar acuíferos superficiales donde la alteración o las fisuras dejan pasar el agua. En las formaciones carbonatadas también registra karstificación: un paisaje que puede desarrollar grietas y huecos por los que circula el agua.
¿Significa eso que ya conocemos el recorrido subterráneo de la Fuente de la Reja? No: los datos disponibles no lo trazan. Sí permiten plantear, con cautela, que las fisuras y los contrastes entre terrenos pudieron condicionar dónde afloraba o se retenía el agua. La Fuente de la Reja y las albercas aparecen en la historia local; vincular un conducto concreto con una roca determinada iría más allá de la evidencia.
Lo decisivo es que el agua pasó a formar parte de la organización cotidiana del nuevo núcleo. Un molino necesita corriente; una terraza y un bancal convierten una pendiente en superficie de cultivo; una alberca guarda agua para usarla después. La fuente, los molinos y las obras de contención hicieron del terreno algo más que una barrera o un refugio: lo volvieron un espacio trabajado.
La conquista de Fernando III llegó en 1244. Pegalhaiar y su alcázar quedaron entonces incorporados a tierras de realengo y la localidad pasó a ser zona militar fronteriza con el reino nazarí de Granada. El agua y las defensas convivieron en un lugar cuya posición seguía teniendo importancia. Más tarde, las luchas castellanas dejaron otro episodio señalado: la conjura de 1468 contra el condestable Iranzo.
La ladera sur de la Serrezuela de Pegalar, donde hoy se emplaza el núcleo principal, ayuda a leer esa relación entre relieve y asentamiento. Pegalajar está a 798 metros de altitud; La Cerradura, otra pedanía del municipio, se despliega junto al cauce del Guadalbullón. Si miras hacia la montaña desde el pueblo, ves el desnivel que separa las posiciones altas de los espacios ligados al agua. La historia medieval discurrió entre esas dos posibilidades.
El vuelo libre en las Siete Pilillas muestra el paisaje montañoso que rodea Pegalajar.
Las Siete Pilillas abren otra escala
Desde las Siete Pilillas, el vuelo libre ofrece una perspectiva del entorno montañoso y del municipio. La Serrezuela vista desde el entorno de las Siete Pilillas, donde Pegalajar y su relieve se leen en una misma panorámica.
La escala cambia cuando se retrocede más allá de la Edad Media. Las rocas del término no se formaron todas en el mismo paisaje: las areniscas y los conglomerados guardan sedimentos de playas, deltas o ríos antiguos, mientras que calizas y dolomías remiten a mares cálidos y poco profundos. Son escenas de un pasado geológico remoto, explicadas por los materiales presentes; el dossier no les asigna una fecha concreta.
También hay huellas de cómo las personas aprovecharon la roca y el relieve. En la Serrezuela se conservan abrigos con pinturas rupestres esquemáticas y restos medievales, entre ellos el Albercón de la Reina y la Torre de la Pedragosa. Los abrigos forman parte del paisaje rocoso; las pinturas y construcciones muestran que ese paisaje fue ocupado y utilizado en momentos distintos.
De los Majuelos a la Torre de la Cabeza
La ocupación humana más antigua documentada en el municipio se remonta a la Edad del Cobre, en la cueva de los Majuelos, a unos 500 metros al norte del núcleo urbano. La segunda cavidad fue descubierta en los años setenta. Allí se identificó un enterramiento colectivo y aparecieron restos humanos, instrumentos de hueso y sílex, piedra pulida, cerámica hecha a mano y puntas de cobre de baja calidad.
Más tarde, la ladera occidental del cerro de la Torre de la Cabeza reunió estructuras de hábitat de la Edad del Bronce y vestigios de ocupación ibérica, romana y medieval. Los materiales cambian —cerámica bruñida, después piezas ibéricas con decoración geométrica roja—, pero la localización conserva una continuidad: la gente volvió a instalarse en un relieve con referencias visibles y posiciones estratégicas.
El periodo romano dejó señales, aunque algunas se presentan como posibilidad: el castillo de la Peñuela pudo levantarse sobre una edificación anterior, y una calzada atribuida a Augusto habría cruzado el término hacia Mentesa por La Cerradura. Cuatro miliarios hallados en 1975 respaldan la presencia de esa vía. No es una prueba de que todos los asentamientos obedecieran a la misma razón, pero sí una pista de que el valle del Guadalbullón también articuló desplazamientos.
Pegalajar pasó de un refugio bajo la Peña de los Buitres a un núcleo fortificado en la Peñuela, entre molinos, terrazas y albercas. ¿Qué explica ese cambio? La historia señala las órdenes y los conflictos; el relieve y las rocas explican el marco y las posibilidades materiales, sin sustituir a las decisiones humanas. Al mirar la Charca, puedes ver en el agua presente la larga alianza entre una población y un terreno que ofrecía altura, paso y lugares donde retenerla.
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