Orellana la Vieja, del Guadiana a Costa Dulce
En Orellana la Vieja, el Guadiana acompaña una historia que va de las norias medievales a la playa del embalse. Entre una orilla trabajada y otra convertida en lugar de encuentro, el pueblo fue tomando forma junto al agua.
El Palacio de los Orellana, también llamado de los Altamirano, conserva en el casco un nombre ligado a la historia del señorío.
Mucho antes de que la orilla del embalse recibiera bañistas, el entorno de Orellana ya atraía a quienes buscaban dónde vivir y trabajar. La presencia del Guadiana y de las sierras próximas acompaña las huellas humanas más antiguas del municipio. Después llegaron aldeas, villas y propiedades rurales; más tarde, el río sostuvo molinos y norias. Hoy también hace posible una extensa zona de regadío y da nombre a Costa Dulce. No es una historia de un río que desaparece, sino de los sucesivos usos que los habitantes han encontrado en sus márgenes.
El sustrato ofrece otra escala para leer el lugar. La clasificación geotécnica municipal reúne bajo Pizarras y Esquistos el 58,71 % de sus categorías; la masa de agua representa el 23,45 %. También aparecen arcillas y margas sobreconsolidadas duras (5,39 %), gravas y arenas compactas (3,94 %) y arenas finas y limos (3,04 %). Es un inventario de materiales diversos en el término, no una descripción de cada edificio o parcela. Al lado de la historia del río, recuerda que Orellana no es solo una orilla: también es un territorio con un sustrato variado.
El Guadiana reúne huellas de muchas épocas
En las inmediaciones de la actual localidad se han encontrado restos de asentamientos que abarcan desde el Paleolítico Inferior y Medio hasta el Calcolítico, la Edad del Bronce y las épocas prerromana y romana. No forman una única comunidad que permaneciera intacta durante milenios; son rastros de ocupaciones de tiempos distintos. El hilo que permite situarlos en un mismo paisaje es la cercanía del Guadiana y de las sierras, dos referencias que acompañan la historia humana del entorno desde la Prehistoria.
En época romana, las villas se sucedían en las márgenes del río. En ese paisaje, el cerro de Cogolludo —hoy repartido entre los términos de Navalvillar de Pela y Puebla de Alcocer— albergó la antigua ciudad de Lacimurga, bajo cuya influencia se situaban aquellas villas. La ribera no era todavía el escenario de una villa medieval llamada Orellana la Vieja, pero sí formaba parte de un territorio habitado y aprovechado. Las huellas romanas amplían el recorrido: antes del señorío y de su Casa Fuerte, hubo vida rural vinculada al río.
Para la Edad Media, los restos hallados parecen indicar que también se aprovecharon las tierras fértiles cercanas al Guadiana y a las sierras. Se ha planteado incluso la posibilidad de una alquería árabe, pero la existencia de ese asentamiento no está establecida como un hecho seguro. Lo que sí marca la cronología conocida es otra etapa: no consta que Orellana existiera como núcleo organizado antes de la repoblación cristiana posterior a la conquista definitiva de Trujillo, en 1232. El paisaje ofrecía el marco; la villa tendría que construirse mediante decisiones de población y dominio.
La iglesia parroquial de la Inmaculada Concepción, del siglo XVI, es uno de los hitos reconocibles del casco de Orellana la Vieja.
Los Altamirano organizan la villa junto al río
Tras la conquista de Trujillo, Fernando III concedió a Fernán Ruiz, del linaje Altamirano, rentas de pecheros de aquella villa y amplios territorios al sur de su alfoz. En esas tierras, cerca del Guadiana, se fundaría más tarde Orellana la Vieja. La concesión de dominios a nobles destacados era una fórmula habitual de repoblación: el nuevo poder buscaba afianzar población y explotación de tierras en un espacio que hasta entonces no aparece documentado como una villa organizada. El río queda así dentro de una historia política: las tierras de sus inmediaciones pasan a formar parte de un señorío en formación.
Hacia 1321, Juan Alfonso Altamirano recibió por herencia tierras en las que sus abuelos habían iniciado el proceso repoblador. Entre los bienes había una torre destinada a la defensa y vigilancia del lugar. En 1335, Alfonso XI le otorgó el señorío sobre la aldea de Orellana mediante un privilegio rodado. El documento reconocía el dominio territorial y sumaba cincuenta vasallos a los veinte pobladores que ya existían. No entregaba nuevas tierras ni concedía aún jurisdicción sobre los habitantes: permitía exigir tributos territoriales y nombrar oficiales del concejo, entre ellos alcalde y escribano.
La torre heredada anticipaba la Casa Fuerte del señorío. La propiedad incluía tierras de pasto y cultivo, mientras los bienes vinculados a la familia conectaban Orellana con Trujillo: la casa solariega de la Alberca, dos casas más en esa villa y propiedades en el lugar de Orellana. Así, la nueva población no se entiende solo como un grupo de casas, sino como una organización de tierras, habitantes y autoridad. La cercanía del Guadiana aparece también en los bienes productivos: en las márgenes del río había molinos y norias que formaban parte del patrimonio señorial.
El 3 de enero de 1341, Juan Alfonso de la Cámara fundó el mayorazgo de Orellana en su hijo primogénito, Pedro Alfonso. El mayorazgo reunía esos bienes en una herencia destinada a permanecer vinculada a la línea familiar. En el conjunto convivían la Casa Fuerte, las propiedades urbanas, los pastos, los cultivos y los ingenios de la ribera. La huella del río era concreta: molinos y norias estaban entre los recursos que daban valor al dominio. La historia local no precisa qué volumen de agua movía cada uno ni cuánto producían, pero sí los sitúa como parte del patrimonio de la casa señorial.
Pedro Alfonso obtiene la jurisdicción
El señorío de 1335 dejaba fuera una pieza decisiva: el gobierno judicial de los vasallos. Pedro Alfonso la obtuvo en 1369, cuando Enrique II de Trastámara le concedió jurisdicción civil y criminal sobre el dominio. El privilegio se otorgó como recompensa por el apoyo que Pedro había prestado al nuevo rey. La sucesión de concesiones revela el conflicto: poseer tierras y recaudar tributos no era lo mismo que tener poder para juzgar y gobernar a quienes vivían en ellas. Con el cambio de dinastía, la relación entre el señor y la Corona volvió a negociarse.
La concesión de 1369 no borró la historia anterior del dominio; cambió el alcance de la autoridad de Pedro Alfonso. En 1371 obtuvo de Enrique II la confirmación de la escritura que autorizaba a su padre a fundar el mayorazgo. Tras la muerte del rey, en 1379, pidió la confirmación a Juan I, que accedió en las Cortes de Burgos el 6 de agosto. El linaje aseguró así la continuidad de su patrimonio y de los privilegios recibidos. La población y las tierras que habían comenzado a organizarse junto al Guadiana quedaron integradas en una estructura señorial reconocida por sucesivos monarcas.
Costa Dulce abre otro capítulo del Guadiana
Muchos siglos después, el embalse y su canal forman parte de otra relación entre Orellana y el agua. El canal hace posible una amplia zona de regadíos vinculada al Plan Badajoz. La ribera ya no aparece únicamente en la historia como lugar de molinos, norias y propiedades señoriales: el embalse incorpora nuevos usos y una playa reconocida por sus instalaciones, accesos y calidad del agua. Son etapas distintas, no una transformación medieval que conduzca directamente a la playa actual; lo que las une es el lugar del Guadiana en la vida de Orellana.
El 2 de junio de 2010, la Playa Costa Dulce recibió la Bandera Azul, y la insignia se izó el 6 de julio en un acto oficial. Fue la primera playa de interior de España en obtenerla. La distinción comprometía a mejorar sus instalaciones y servicios, y convirtió la orilla en un espacio público con una nueva identidad. El desenlace de esta historia no es que el río deje atrás sus usos anteriores, sino que la localidad suma otros a los que ya tuvo: de los asentamientos y las villas ribereñas a las norias, y de allí a los regadíos y la playa. En Costa Dulce, el Guadiana sigue siendo el hilo que atraviesa el relato.
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