Montizón, el suelo de una nueva colonia
Antes de que Montizón tuviera iglesia y calles, el término ya guardaba huellas de caminos, poblaciones y cambios de uso. En 1767 llegó un nuevo comienzo: una colonia agrícola que tomó forma sobre un territorio de ríos y sustratos diversos.
La Iglesia de la Inmaculada, levantada durante la fundación de Montizón en 1767.
Montizón empezó con seis casas. En 1767, bajo el reinado de Carlos III, la nueva población se levantó como parte de un plan de repoblación de Sierra Morena y Segura, pensado para dar seguridad al camino entre el sur peninsular y el norte. La escena inicial no es la de un pueblo antiguo que crece poco a poco, sino la de una colonia que recibe viviendas, herramientas y tierras para empezar. El terreno no era una página en blanco: alrededor había rastros de ocupaciones anteriores y, bajo el municipio actual, un sustrato que el estudio geotécnico describe como dominado por pizarras y esquistos.
Antes de Montizón, caminos y dehesas
Mucho antes de 1767 hubo población en la zona. En Torre-Alber se han señalado restos líticos; en Cabeza Chica, cerámica. Son huellas distintas, no una historia continua que pueda seguirse casa por casa, pero sitúan actividad humana en el territorio anterior a la fundación del núcleo moderno. También quedaron restos de vías romanas. Cerca de Aldeahermosa apareció un miliario, una piedra que indicaba distancias, asociado al llamado Camino de Aníbal y a la ruta hacia Contrebia, en el valle del Ebro.
Más tarde, Montizón fue una alquería durante la época islámica y pasó a manos cristianas en 1226, en la conquista atribuida a Fernando III. En los siglos XIV y XV, el lugar quedó despoblado y el territorio se convirtió en una dehesa ganadera dependiente de Santisteban del Puerto, conocida como Barranco Hondo. Así se encadenaron formas diferentes de habitar y utilizar la comarca: asentamiento, alquería y pastos. Cuando llegó el proyecto del siglo XVIII, sus impulsores no fundaban sobre un territorio sin pasado; daban un nuevo uso a una tierra cuya historia había cambiado de rumbo más de una vez.
Olavide reparte tierra, casas y herramientas
El intendente Pablo de Olavide dirigió la llegada de los primeros pobladores de la sierra, reclutados en distintos lugares de Europa: franceses, alemanes, holandeses, suizos e italianos. A los colonos se les asignaron varias fanegas para cultivar cereal y otras para olivos, además de una vivienda y los aperos necesarios. El proyecto convertía la tierra en el punto de partida de una comunidad: parcelas que trabajar, una casa donde establecerse y una organización común que sostuviera la colonia.
Montizón comenzó con seis casas, una iglesia y un pósito, el edificio destinado a guardar grano. La Iglesia de la Inmaculada se construyó durante la fundación del pueblo. En esa primera escala se reconoce una comunidad que tenía que hacer funcionar a la vez el trabajo agrícola y la vida colectiva. El dossier no vincula cada parcela o edificio con una roca concreta; sí permite mirar la fundación dentro de un término donde las pizarras y los esquistos son los materiales geológicos predominantes. Es una relación de contexto, no una explicación de por qué se eligió ese emplazamiento.
Pizarras, esquistos y una mina de galena
El sustrato municipal no es uniforme. El estudio geotécnico clasifica, además de pizarras y esquistos, calizas, dolomías y mármoles; también registra yesos, anhidrita y sales, junto con arenas finas y limos. Estas categorías describen el conjunto del término de Montizón: no identifican automáticamente el material bajo una calle, una parcela o la iglesia. La información disponible tampoco detalla la edad ni el proceso de formación de esas unidades, así que no cabe convertir sus nombres en una escena de mares o de montañas antiguas sin respaldo.
La variedad importa porque dibuja un territorio compuesto por materiales con comportamientos distintos. Para las formaciones consideradas en el estudio, la permeabilidad general es baja o muy baja; la alteración o las fracturas pueden, sin embargo, permitir acuíferos superficiales, normalmente poco extensos. Dicho de otro modo, el agua no atraviesa por igual todos los materiales ni queda necesariamente excluida de ellos: puede encontrar pasos localizados. El municipio también conserva una huella de aprovechamiento mineral: la Mina del Avellanar, una antigua explotación de galena que estuvo activa hasta hace poco. Sin más detalle sobre su emplazamiento geológico o su actividad, basta esa presencia para recordar que el subsuelo no solo sostiene los campos: también ha sido objeto de extracción.
Una calle de Montizón muestra el núcleo urbano actual, escenario de una historia que comenzó con seis casas.
El Dañador cambia el paisaje del término
Dos ríos, el Dañador y el Montizón, discurren por el municipio. En el término se encuentra también el embalse del Dañador, que forma parte de la cuenca del Guadalquivir y cuyo entorno está reconocido por su riqueza ecológica y cinegética. Río y embalse son referencias actuales del paisaje local, aunque la información disponible no precisa cuándo se construyó la presa ni qué relación tuvo con la fundación de 1767. Su presencia permite distinguir dos escalas: los cursos de agua atraviesan el territorio, mientras que el embalse es una transformación humana del agua y del paisaje.
La agricultura mantiene visible otra relación con la tierra. En el sur del término se registran 5.324 hectáreas de olivar, 543 de secano —principalmente trigo— y 7 de regadío, sobre todo para haba verde. Son cifras municipales, no una descripción de cada parcela ni una prueba de que el sustrato determine por sí solo los cultivos. Pero la historia de los colonos y la actividad agrícola actual comparten una idea concreta: el suelo se convirtió en espacio de trabajo, primero mediante las tierras asignadas para cereal y olivos y, después, en un paisaje donde el olivar ocupa una extensión destacada.
De seis casas a un municipio recuperado
La pequeña colonia no permaneció pequeña en su organización. En el siglo XIX Montizón contaba con escuela, iglesia y pósito. En 1808 obtuvo ayuntamiento propio; en 1888 perdió esa condición y pasó a depender de Castellar. La autonomía regresó en 1906. El pueblo que había comenzado con seis casas atravesó así un conflicto distinto del trabajo de fundación: conservar una administración propia. La recuperó, y esa continuidad cívica dejó en el municipio un resultado que aún define su papel como capital local, junto a Aldeahermosa y Venta de los Santos.
El recorrido vuelve a las primeras casas, pero ya no las muestra aisladas. A su alrededor se acumularon caminos antiguos, una etapa de despoblación y dehesa, la colonia agrícola y la recuperación municipal. Bajo esa historia, las pizarras y los esquistos dominan el sustrato a escala del término; los ríos y el embalse marcan otras formas de presencia del agua, y la Mina del Avellanar conserva la memoria de la extracción. Montizón nació con seis viviendas y una tierra repartida para trabajar. Lo que quedó fue un pueblo asentado en un paisaje geológico variado, cuya historia humana siguió cambiando con los usos del territorio.
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