Montesa, la fortaleza que cedió
En 1748, un terremoto derrumbó el castillo y el convento que habían sido el hogar de la Orden de Montesa. La historia de aquella pérdida empieza en el cerro que domina el valle y termina, lejos de allí, con una nueva sede en Valencia.
La fachada de la iglesia de la Asunción, en el casco de Montesa, sitúa la historia en la villa que creció bajo el castillo.
El castillo de Montesa se alza sobre un montículo, por encima de la villa y con el valle extendido a sus pies. Durante siglos, esa posición reunió a quienes vivían y trabajaban en la fortaleza; después, la sacudida de un terremoto cambió su destino. No fue solo un edificio el que cayó: el convento de la Orden de Santa María de Montesa también quedó en ruinas, y sus supervivientes tuvieron que buscar otra casa. Hoy el castillo sigue siendo la imagen más reconocible del pueblo, pero su silueta cuenta una historia de fundación, destrucción y traslado.
El castillo que recibió a la Orden
La fortaleza tenía ya una historia antes de convertirse en sede de una orden militar. Las fuentes la describen como un antiguo castillo de origen islámico. En 1317 se creó la Orden de Santa María de Montesa y, dos años después, Jaume II donó el castillo a la nueva institución para que allí se estableciera su convento. La sucesión importa: primero nació la Orden; después recibió en Montesa el lugar donde reunir a religiosos y caballeros.
El edificio pasó a ser centro religioso y militar. Durante generaciones, sus habitantes compartieron un recinto que también era convento, mientras la villa crecía en la ladera y a sus pies. Desde lo alto, Montesa ocupa un lugar elevado sobre el valle; la altura ofrece una vista amplia del entorno y hace visible por qué el castillo y el pueblo se reconocen como un conjunto. La fortaleza no estaba aislada de la vida local: era la sede de una institución que dio nombre y peso histórico a la población.
La Mola y el suelo de Montesa
Para entender el escenario hay que bajar de las murallas a la escala del término municipal. La Mola, cerca del castillo, es una planicie rocosa desde la que se observa el valle. En la caracterización geotécnica de Montesa aparecen calizas, dolomías y mármoles, junto con arenas finas y limos, y gravas y arenas compactas. Son materiales distintos, unos rocosos y otros sedimentarios; en conjunto muestran que el subsuelo municipal no es una sola masa uniforme.
La clasificación describe el término, no identifica automáticamente la roca exacta bajo el castillo ni bajo cada casa. Esa diferencia de escala ayuda a leer el paisaje con cuidado: la Mola se reconoce como un relieve rocoso, mientras que los datos técnicos reúnen materiales de distintos sectores del municipio. El estudio también señala que algunas formaciones carbonatadas pueden presentar karstificación. Dicho de forma sencilla, es una transformación gradual de esas rocas que puede originar formas y huecos; el dato se refiere a zonas del término y no explica el derrumbe histórico del castillo.
En el mismo paisaje se encuentra otra huella de trabajo sobre materiales minerales: durante excavaciones en Montesa se documentó un horno de cal. La investigación posterior analizó cómo registrar y representar virtualmente ese hallazgo arqueológico. No es el horno el que explica la caída de la fortaleza, pero sí añade una pieza local a la historia del terreno: bajo la villa también aparecen instalaciones y rastros de actividades humanas que la excavación devuelve a la vista.
En 1748, el castillo se derrumba
El conflicto decisivo llegó en el siglo XVIII. En 1748, un terremoto ocasionó el derrumbamiento del castillo y del convento de Montesa. La sacudida convirtió una sede activa en un conjunto arruinado. Las fuentes disponibles no detallan una secuencia de daños muro por muro; sí dejan claro el resultado que cambió la vida de la Orden: el edificio ya no podía seguir cumpliendo la función para la que había sido entregado.
Un terremoto transmite movimiento al terreno y, a través de él, a las construcciones. En Montesa, la consecuencia registrada fue el derrumbe. El episodio forma parte de la historia geológica del lugar por esa transformación concreta, no porque los materiales municipales permitan atribuir el sismo a una causa específica. El registro sísmico empleado en el estudio geotécnico recoge seis eventos de magnitud 1,5 o superior durante treinta años, con un máximo de 2,9. Esos registros recientes pertenecen a otra escala temporal y no miden la sacudida de 1748.
El golpe también modificó la relación entre la Orden y el paisaje que la había acogido. Hasta entonces, el castillo no era solo un perfil dominante: albergaba a religiosos y caballeros. Tras el terremoto, quienes sobrevivieron tuvieron que abandonar ese recinto. La resistencia del edificio terminó allí; no hay constancia en las fuentes consultadas de que se reconstruyera en el mismo cerro como convento. El lugar quedó marcado por la ruina, visible en la silueta que aún identifica a Montesa.
La Casa Abadía, en el casco de Montesa, ofrece una vista de la arquitectura de la villa actual.
El Temple recibe a los supervivientes
La respuesta fue trasladar la sede, no rehacer el convento entre las ruinas. Los supervivientes fueron llevados al Palacio del Temple, en Valencia. En 1761 se emprendió allí un nuevo edificio para reunir convento, iglesia y colegio de la Orden; se inauguró en 1770. Así se cerró el episodio para la comunidad religiosa: perdió su casa en Montesa y volvió a disponer de una sede, esta vez lejos del castillo que había articulado su vida durante siglos.
El traslado da a la historia un desenlace claro, aunque no borra el vínculo con la villa. El nombre de la Orden siguió unido a Montesa, mientras la institución continuaba su trayectoria en Valencia. En el pueblo quedó la fortaleza arruinada; en la nueva sede se organizó otra vez la vida conventual. El cambio no devolvió el edificio a su estado anterior: separó el destino de la Orden del destino material del castillo.
La villa conserva huellas bajo sus calles
El cerro no es el único lugar donde la historia emerge del terreno. En excavaciones realizadas en el casco urbano se localizó una necrópolis islámica en la plaza de la Casa de la Cultura, tumbas bajomedievales en la plaça de la Vila y parte del antiguo fossar en la calle Santa Bàrbara, frente a la puerta lateral de la iglesia. Son espacios distintos y de épocas distintas; juntos muestran cómo las obras y las excavaciones han permitido reconocer usos sucesivos de la villa.
También hacia 1979 apareció una lápida romana con la inscripción «CLODIA PERPETUA». Más recientemente, la documentación de hallazgos arqueológicos —entre ellos el horno de cal— ha incorporado herramientas de registro y arqueología virtual. Ninguno de esos descubrimientos reconstruye por sí solo lo que sucedió dentro del castillo en 1748. Sí amplían el mapa de la historia local: del recinto elevado a las plazas y calles donde otras generaciones dejaron sus propias huellas.
Por eso el castillo se entiende mejor junto a la villa y al suelo que ambos ocupan. La roca de La Mola, los materiales diversos del término y los vestigios que aparecen bajo las calles pertenecen a escalas distintas, pero comparten un mismo escenario. En 1748, la Orden perdió su sede montesina y la trasladó a Valencia; las ruinas quedaron en el cerro. Cuando su silueta se recorta sobre el valle, ya no habla de una fortaleza intacta, sino de una comunidad que cambió de casa y dejó su antigua sede como huella permanente en Montesa.
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