Historia geológica Localidad Maracena

Maracena encontró una villa romana en la Vega que el Genil fue construyendo

En Casería Titos, una inscripción votiva y los restos de un molino devolvieron a Maracena una escena de su pasado romano. ¿Qué paisaje de ríos y sedimentos sostuvo aquella vida en la Vega?

Fachada de la iglesia de la Anunciación, en la plaza de la Constitución, dentro del paisaje urbano actual de Maracena.

Fachada de la iglesia de la Anunciación, en la plaza de la Constitución, dentro del paisaje urbano actual de Maracena.

Foto: Lopezsuarez, CC0 — commons.wikimedia.org

En 1964, Casería Titos entregó una pista inesperada sobre la antigua Maracena: aparecieron restos de lo que pudo ser una villa romana. Entre ellos había tejas, un molino de mano y un pedestal con una inscripción. No era una ciudad perdida que surgiera completa de la tierra, sino un pequeño conjunto capaz de abrir una pregunta grande: ¿qué clase de paisaje hizo posible aquella vida?

Casería Titos guardaba una vida entre tejas y piedra

La inscripción nombra a Publio Cornelio Callico, que dedicó una ofrenda votiva a la diosa Stata Matrem. El molino de mano y las tégulas —tejas romanas— completan una escena material: personas que molían, construían y rendían culto en el término que hoy ocupa Maracena. Son objetos concretos, no una leyenda construida a partir del nombre del pueblo.

La hipótesis de una villa agraria tiene otro apoyo, aunque debe expresarse con cautela. La etimología del topónimo se ha relacionado con un posible propietario llamado Maratius y con una explotación rural; el propio relato histórico la presenta como posibilidad. El hallazgo de Casería Titos encaja con ese pasado romano, pero no convierte cada detalle de la hipótesis en una certeza.

La tierra aporta el otro lado de la escena. Maracena se encuentra en las Vegas Altas de la Vega de Granada, en el paso hacia las colinas que conducen a la sierra de la Alfaguara. Su relieve es suavemente inclinado de este a oeste y el municipio no tiene montañas ni colinas. Esa forma de terreno ayuda a comprender por qué aquí hubo espacio para la agricultura, aunque no demuestra por sí sola dónde se asentaba cada edificio romano.

El Genil dejó una Vega hecha de agua y sedimentos

La superficie de Maracena cuenta una historia más lenta que la de las personas. Los limos y las arcillas del municipio se relacionan con la erosión del río Genil y con sus depósitos aluviales, además de los aportes de los arroyos del Juncaril y del Barranco de San Jerónimo. Aluvial significa, sencillamente, material que el agua erosiona, transporta y deja atrás.

Imagina una corriente que pierde fuerza: primero puede mover partículas mayores; cuando se calma, deja en el terreno materiales más finos, como quien vacía poco a poco una cesta de granos. Es una comparación para entender el transporte y la deposición, no una descripción de una avenida concreta en Maracena. Lo importante es que el paisaje local está ligado al trabajo acumulado del agua, no a una roca única y uniforme.

Los datos geológicos de la localidad describen limos y arcillas como componentes mayoritarios. El registro geotécnico incluido para Maracena distingue, por su parte, arenas finas y limos —68,34 %— y arcillas expansivas blancas o blandas —31,65 %—. Son dos maneras complementarias de mirar el terreno: una explica su origen y composición general; la otra resume los materiales recogidos en esa caracterización. Las arcillas expansivas pueden cambiar de volumen al variar su humedad; dicho sin jerga, se hinchan o se contraen cuando cambia el agua que contienen.

Ese detalle no transforma la historia romana en una historia de ingeniería. Sí vuelve más tangible el suelo de la Vega: bajo una superficie hoy urbana hay sedimentos asociados a un sistema de agua que también organiza el relieve y la historia agrícola local. Las terrazas del término fueron realizadas por las personas para aprovechar el terreno. Agua y trabajo humano, en escalas muy distintas, fueron dando forma al mismo paisaje.

El Juncaril y San Jerónimo trazan los bordes de la historia

Dos cursos de agua ayudan a localizar Maracena sin necesidad de mirar un mapa. Al norte, el arroyo del Juncaril la separa de Atarfe y Albolote; al sur, el Barranco de San Jerónimo marca el límite con Granada. Ambos vierten sus aguas en el Genil. No son solo nombres en los márgenes: forman parte del sistema de erosión y depósitos que explica los limos y las arcillas del municipio.

También son referencias para seguir la persistencia de los límites humanos. El Libro de Apeo de 1572 describe el término municipal con los contornos que conserva hoy y recoge que, según quienes lo amojonaron, era así desde tiempos de los moros. La coincidencia entre esos límites y un paisaje delimitado por arroyos no prueba que el agua fijara por sí sola cada frontera. Pero permite ver cómo las comunidades ordenaron durante siglos un territorio reconocible.

En esa Vega, la vida rural no fue una nota al pie de la antigüedad. Los cultivos hortofrutícolas tradicionales compartieron espacio con la vid, presente en la Vega Alta del Genil desde época romana según la historia local. Más tarde llegaron también el lino y el cáñamo, introducidos tras la repoblación de la Edad Moderna. Cambiaban las comunidades y los cultivos; el terreno seguía ofreciendo el marco de la Vega.

Andaraxemel y la Acequia Gorda, con la Vega en disputa

La llanura agrícola fue también escenario de conflictos. El 26 de enero de 1126, Maracena quedó devastada durante la campaña de Alfonso I el Batallador, según las crónicas árabes y aragonesas recogidas en la historia local. La geología no explica aquella destrucción: su relación con el relato es otra. Sitúa el episodio en un territorio concreto de la Vega, hecho de poblaciones, campos y caminos.

Tres siglos después, el 1 de julio de 1431, parte de la batalla de La Higueruela tuvo lugar en Andaraxemel, un pago de labranza de Maracena limítrofe con el de igual nombre de Peligros. El real del rey castellano Juan II se asentó en Maracena. El nombre del lugar y su condición de espacio de cultivo anclan la batalla en el paisaje cotidiano, no en un escenario abstracto. ¿Fue el suelo el motivo del combate? Las fuentes no permiten afirmarlo; sí documentan que los campos de la Vega quedaron dentro de su escenario.

En mayo de 1491, la Acequia Gorda, entre Maracena y Atarfe, quedó vinculada al comienzo de la conquista definitiva del territorio granadino por los Reyes Católicos. Allí murió Martín Vázquez de Arce, conocido como el Doncel de Sigüenza. Una acequia es una presencia humana que conduce el agua: junto a ella, la historia política vuelve a cruzarse con la gestión cotidiana del paisaje. El agua no dictó la guerra, pero la Vega fue el espacio donde esos acontecimientos dejaron sus nombres.

La Vega cambió de pobladores, no de escenario

Tras la toma castellana de Granada, la población de Maracena siguió siendo mayoritariamente morisca y de lengua árabe, hasta que la rebelión de las Alpujarras de 1568 terminó con la expulsión de los moriscos del reino granadino. La repoblación posterior trajo familias del norte de Castilla, La Rioja y Navarra. Con ellas cambiaron las formas de vida y se incorporaron nuevos cultivos, entre ellos el lino y el cáñamo.

La continuidad no significa que nada cambiara. A lo largo de los siglos, los habitantes trabajaron un término pequeño, modelaron terrazas y aprovecharon su vega; también vivieron episodios de destrucción, guerra y transformación social. La huella de Casería Titos da profundidad a esa historia: antes de las crónicas medievales, ya había aquí una comunidad vinculada a un paisaje agrario.

Por eso, la pregunta inicial tiene una respuesta hecha de dos tiempos. La villa romana de Casería Titos pertenece a la historia humana; los limos, las arenas finas y las arcillas de la Vega cuentan el trabajo del agua que configuró su escenario. Cuando cruces Maracena, piensa en esa superposición: una ciudad actual sobre un territorio cuya forma empezó mucho antes de que alguien dejara allí una teja o una inscripción.

Tipos de terreno en Maracena

Suelos característicos de la zona, ordenados por relevancia.

  • Arenas finas y limos
    Peligro

    Arenas finas y limos

    Suelos granulares finos a muy finos de compacidad media a floja. Típicos en llanuras de inundación y litorales. Aunque soportan viviendas ligeras, son suelos traicioneros ligados a procesos de agua: p

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  • Arcillas Expansivas Blancas/Blandas
    Peligro

    Arcillas Expansivas Blancas/Blandas

    Las grandes reinas de la patología en edificación civil de España. Se presentan frecuentemente en las tierras de barros cordobesas y badajoz, vegas del Guadalquivir (Mairena, Carmona), cuenca miocena

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