Macastre, el pueblo que bajó del castillo
El castillo corona una pequeña colina y el casco antiguo se extiende por su ladera septentrional. Entre ambos se reconoce una historia de asentamientos, cambios de poder y un pueblo que fue creciendo más allá de su primer abrigo.
Macastre vista desde el Mirador del Castillo. El caserío ocupa el entorno del cerro y se abre hacia las lomas del término.
En Macastre, el castillo y el pueblo no ocupan el mismo lugar: uno permanece en lo alto; el otro se despliega al pie del cerro. La distancia entre ambos cuenta una transformación concreta. El núcleo primitivo se asentó en la ladera norte, junto a la fortaleza, y después de la conquista cristiana la población fue descendiendo hacia el llano. Hoy, las calles del casco antiguo aún dibujan esa relación entre altura y asentamiento, mientras el pueblo se alarga hacia barrios y vías posteriores.
Caerna y la Serratilla guardan huellas antiguas
Antes del castillo medieval, el cerro y sus alrededores ya habían conocido ocupación humana. Bajo las construcciones medievales de la fortaleza aparecieron fragmentos de cerámica ibérica. No son una historia completa por sí solos, pero sitúan actividad anterior en el mismo lugar donde más tarde se levantaría el recinto que domina Macastre.
Otras piezas acercan el relato a puntos distintos del término. En el barranco de Caerna se encontró un as sextantario, una moneda romano-republicana fechada en 268 a. C. En la Serratilla aparecieron restos de una posible villa rústica: tégulas —tejas romanas—, vasos comunes y una moneda del emperador Adriano, acuñada entre 117 y 139 d. C. Son indicios de épocas y lugares diferentes; juntos muestran que la presencia romana no se reduce a una única fortaleza en la cima.
El propio origen del castillo conserva esa sucesión. Su núcleo principal fue construido en época musulmana, hacia el siglo XI, sobre restos anteriores de origen romano que podrían remontarse hasta la Edad del Bronce. Los conquistadores cristianos modificaron después su aspecto. El cerro no tiene una sola época: en él se superponen vestigios de ocupaciones distintas, aunque no todos correspondan a una continuidad directa entre unas y otras.
Las lomas y los materiales bajo Macastre
El castillo se entiende también dentro de un relieve de pequeñas elevaciones y lomas. El término de Macastre, situado entre las cuencas del río Buñol y del río Magro, forma parte del sistema Ibérico. La descripción municipal caracteriza sus relieves como abruptos y constituidos por materiales cretácicos; hacia el sur, el terreno se vuelve más montañoso, con los contrafuertes de las sierras del Ave o de Dos Aguas. Al norte sobresale el cerro del Castillo, con la población a sus pies.
Para el conjunto del término, el estudio geotécnico agrupa materiales como calizas, dolomías y mármoles; también registra yesos, anhidrita y sales, además de arenas finas y limos. La agrupación carbonatada representa el 83,91 % de las categorías de su inventario; los yesos, la anhidrita y las sales, el 3,64 %, y las arenas finas y los limos, el 3,11 %. Es una descripción municipal: permite reconocer una base geológica variada, no identificar automáticamente la roca exacta bajo una muralla o una casa.
El mismo estudio distingue terrenos carbonatados con grados diferentes de karstificación. En palabras sencillas, la karstificación es la modificación de rocas solubles por el agua, que puede generar formas y huecos en el subsuelo. La clasificación incluye desde sectores poco o casi nada karstificados hasta formaciones carbonatadas muy karstificadas en conjunto. En dos sondeos recogidos por el estudio, Yátova 3 alcanzó 79 metros y registró agua a 2,5 metros; el sondeo Río Juanes llegó a 190 metros y registró agua a 15,5. Son observaciones de puntos concretos: ayudan a mostrar que el subsuelo y el agua no se describen con una sola profundidad para todo Macastre.
Desde el castillo, los tejados y la iglesia muestran cómo el núcleo habitado se extiende al pie de la altura.
El castillo convirtió la altura en centro
Hacia el siglo XI, la fortaleza musulmana ocupó la cima. Su núcleo principal quedó allí, en un cerro pequeño que domina la población. Más tarde, las obras cristianas dieron al castillo su imagen definitiva. Bajo esas construcciones se encontraban las cerámicas ibéricas y los restos anteriores que permiten mirar mucho más atrás que el recinto visible.
El castillo no era solo una construcción aislada. En el Llibre del Repartiment, Macastre aparece descrita como «castra sive villas»: fortaleza o población. Esa fórmula señala la unión entre el recinto y el asentamiento, y ayuda a imaginar el núcleo antiguo como una fortaleza-poblado. Sus calles iniciales se extendían por la ladera septentrional; el área primitiva queda delimitada por la calle del Molino y la plaza de la iglesia al norte, y por la avenida del Bolot al este.
La historia del lugar también pasó por disputas de jurisdicción. En 1238, el territorio fue concedido a Rodrigo de Lizana, quien lo traspasó tres años después a la Orden del Hospital. Jaime I volvió a asumir la propiedad y en 1260 la donó a Berenguela Fernández y a su hijo Pedro; en 1276 devolvió la villa y el castillo a Rodrigo, que cedió de nuevo sus derechos a la Orden en 1279. Cambiaban los titulares del poder, pero la fortaleza seguía dominando el mismo cerro.
La población descendió a la ladera
Tras la conquista cristiana, según la reconstrucción histórica disponible, Macastre permaneció musulmana en su totalidad y no hubo una repoblación cristiana inmediata. El descenso del núcleo desde la fortaleza hacia el pie del cerro se sitúa después de la conquista. No fue una mudanza hacia un terreno abstracto: el asentamiento se extendió por la ladera norte, donde se formó el primer núcleo que aún puede reconocerse en la trama de calles.
Durante siglos, Macastre pasó por distintos señores. En 1413 volvió a la Corona tras la confiscación de los bienes y señoríos del conde de Urgell; dos años después, Fernando de Antequera otorgó los pueblos de la Hoya a Álvaro de Ávila. La sucesión de autoridades modificó quién ejercía el poder, mientras la relación espacial entre castillo y pueblo permanecía como el rasgo más visible del asentamiento. La fortaleza y la población habían quedado ligadas, aunque ya no ocuparan exactamente el mismo punto de la colina.
1611: una nueva población vuelve a Macastre
En 1602, Macastre contaba con alrededor de un centenar de casas de moriscos; para 1600 se calcula una población de unos 260 habitantes. Tras su expulsión, la localidad recibió carta puebla el 10 de noviembre de 1611 y fue repoblada por Hipólita Centelles, esposa y procuradora de Gaspar Mercader i Carroz. El cambio fue profundo: el lugar tuvo que iniciar otra etapa de población después de la expulsión.
Las cifras posteriores muestran una recuperación paulatina, no instantánea. Macastre no volvió a alcanzar su población anterior hasta principios del siglo XVIII. En 1714 tenía 252 habitantes; en 1787, 660, y en 1877, 805. El antiguo centro junto al castillo siguió siendo el núcleo de referencia, mientras las generaciones posteriores ampliaban el pueblo sobre el terreno disponible. Así se resolvió aquel episodio de pérdida y repoblación: volvió a haber una comunidad estable y el asentamiento continuó, aunque la composición de sus habitantes hubiera cambiado.
De la ladera a las calles nuevas
En el siglo XIX y a comienzos del XX, Macastre creció hacia el este, donde se encuentra la plaza de los Árboles, y hacia el norte, siguiendo la carretera de Buñol. En la década de 1960 se extendió también al oeste, con las calles de Blasco Ibáñez y de la Paz. El resultado es un casco urbano alargado y estrecho: el pueblo nacido junto al castillo dejó de caber solo en su ladera inicial.
El paisaje local reúne también otras formas de aprovechar el agua. El azud del Partidor, sobre el río Juanes, deriva agua a la acequia de Macastre, que la conduce hasta la balsa del Molino, antiguo molino del Tío José. La huerta de regadío ocupa 102 hectáreas. Desde 1955, la Cooperativa Agrícola Santa Bárbara comercializa algarroba y almendra y elabora aceite. El agua y el trabajo agrícola se incorporan así a la historia del término sin borrar el papel del relieve: el pueblo se alzó junto a la fortaleza, descendió por la ladera y, después, se prolongó en nuevas direcciones.
El desenlace no fue el abandono del cerro, sino el crecimiento más allá de él. El castillo sigue arriba; las calles antiguas enlazan la altura con la población extendida a su alrededor. En Macastre, bajar del castillo no significó dejar atrás la colina: significó hacer de su pie el comienzo de un pueblo más amplio.
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