Lubrín, la sierra en faena
A mediados del siglo XX, las minas de hierro y el cargadero de mineral de Lubrín llegaron a emplear a unas 500 personas. Bajo ese episodio de trabajo y cambio late una historia más larga: la de una localidad entre los campos, las rocas y las estribaciones de Filabres.
Lubrín desde El Castillo: las casas de la localidad ocupan el primer plano y las estribaciones de Filabres se extienden al fondo.
Entre 1953 y 1957, las minas de hierro de Lubrín y su cargadero de mineral llegaron a emplear a unas 500 personas. La cifra coloca a cientos de trabajadores en el centro de una historia que suele contarse desde el paisaje: las laderas, los campos y las casas de la cabecera. El trabajo minero no apareció en un territorio vacío. Lubrín ya vivía de cultivos y ganadería, y durante siglos había molido cereal y prensado aceitunas. Después, la extracción sumó otra manera de obtener recursos de la tierra. Para comprender ese cambio, hay que empezar por el escenario que lo hizo local: las estribaciones de la sierra de los Filabres.
Filabres dibuja el escenario
Lubrín pertenece al Levante Almeriense y se encuentra en las estribaciones de Filabres. El término municipal ocupa 138 kilómetros cuadrados y reúne una cabecera y numerosos núcleos de población. A esa escala amplia, el estudio geotécnico ofrece una imagen material del terreno: su clasificación asigna el 67,30 % a pizarras y esquistos, el 20,37 % a arenas finas y limos, y el 7,43 % a yesos, anhidrita y sales.
Los nombres describen materiales distintos: rocas como las pizarras y los esquistos, sedimentos como las arenas finas y los limos, y materiales evaporíticos como el yeso y la anhidrita. La clasificación permite reconocer un sustrato variado bajo el municipio, sin convertir un porcentaje territorial en la etiqueta de cada ladera o explotación. Para la historia de Lubrín importa esa diferencia de escala: el inventario describe el conjunto, mientras que la historia económica identifica por separado minas de hierro y canteras de mármol. La montaña es el escenario común; los materiales extraídos no son intercambiables.
En 1528 se reparten las tierras
Mucho antes de que la minería de hierro alcanzara la cifra de empleo del siglo XX, la vida local giraba en torno al cultivo. La nueva villa se fundó en 1528 y sus terrenos de secano y regadío se dividieron en parcelas equitativas, repartidas por sorteo entre los repobladores. La distinción entre secano y regadío formaba parte de la organización de la tierra: no era una sola extensión uniforme, sino parcelas destinadas a condiciones de cultivo diferentes. El reparto dio forma a una comunidad asentada en el trabajo agrícola, en un municipio extendido por lomas y barrancos de las estribaciones de Filabres.
El trigo y el olivo fueron los cultivos más significativos, junto con la vid y los garbanzos; también tenían peso la agricultura y la ganadería. La abundancia de cereal y aceituna sostuvo una infraestructura de transformación notable: Lubrín llegó a contar con tres almazaras, seis molinos harineros y cinco hornos de pan. Las almazaras prensaban la aceituna y los molinos convertían el grano en harina; los hornos completaban el recorrido del pan. No eran elementos aislados del paisaje económico, sino instalaciones vinculadas a productos cultivados en el municipio. A esa actividad se sumaban telares de lienzos, bayetas y cobertores.
Cultivos y arbolado en los alrededores de Lubrín. La vista acompaña el pasaje sobre la agricultura de secano y regadío y las almazaras y molinos locales.
La minería cambia la escala del trabajo
En el siglo XX, a ese mundo agrario se añadió la minería. Lubrín tuvo minas de hierro y un cargadero de mineral; entre 1953 y 1957, esas actividades llegaron a emplear a unas 500 personas. El cargadero da una pista sencilla sobre el alcance del trabajo: el mineral no solo se extraía, también se reunía para cargarlo. La actividad enlazaba así dos tareas, obtener el recurso y prepararlo para su transporte. El dato de empleo marca un cambio de escala respecto a los molinos y las almazaras, aunque el dossier no presenta ambos trabajos como rivales ni afirma que uno sustituyera al otro.
El protagonista de este episodio es un colectivo: quienes trabajaron en la extracción y la carga del mineral. No conocemos aquí sus nombres ni la organización cotidiana de cada jornada, pero sí la dimensión que alcanzó su labor. Unas 500 personas empleadas durante aquellos años convierten la minería en una parte sustancial de la historia local, no en una anécdota junto a la agricultura. El terreno dejó de ser únicamente el soporte de parcelas y cultivos: también fue fuente de un recurso mineral y lugar de trabajo. La tensión del relato está en ese cambio de uso, de una economía vinculada sobre todo a cosechas a otra que incorporaba la extracción.
Rambla Aljibe lleva el mármol al relato
El hierro no fue el único material extraído. Las canteras de mármol dieron trabajo a unas 100 personas hasta finales de los años sesenta. En Rambla Aljibe se hizo conocido el mármol de El Tranco, en variedades blanca y verde. Aquí el lugar tiene nombre propio y la roca también: El Tranco identifica una modalidad de mármol asociada a una actividad que sostuvo empleo durante décadas. La historia local distingue este trabajo de las minas de hierro; no conviene fundir ambos en una sola explotación ni atribuir a cada una los materiales registrados para todo el municipio.
La clasificación geotécnica sitúa las pizarras y los esquistos como los materiales dominantes en el conjunto, pero las canteras mencionadas en la historia son de mármol y las minas, de hierro. Esta diferencia ayuda a leer correctamente el paisaje: el término municipal contiene categorías geológicas variadas y, en determinados lugares, hubo actividades extractivas identificadas por su recurso. Los datos disponibles no describen el origen geológico de cada material ni trazan cada frente de explotación; sí permiten seguir el paso de la roca local al trabajo. En El Tranco y Rambla Aljibe, el mármol dejó de ser solo una categoría del subsuelo y pasó a formar parte de la historia laboral de Lubrín.
La minería y las canteras no borraron la trayectoria agrícola. El trigo, el olivo, las almazaras y los molinos forman parte del mismo relato municipal que el hierro, el cargadero y el mármol. Son maneras distintas de trabajar un territorio de Filabres: unas transformaban cosechas; otras aprovechaban materiales del terreno. La documentación conserva cifras y periodos distintos para cada actividad: alrededor de 500 empleos en la minería del hierro entre 1953 y 1957, y unos 100 en las canteras de mármol hasta finales de los sesenta. Esa diferencia permite ver que no se trató de un único auge indistinto, sino de actividades con su propio recorrido.
Mientras esas economías se sucedían y coexistían, Lubrín también conoció la emigración. Desde los años cuarenta se mantuvo la salida de habitantes: entre los destinos citados figuran Estados Unidos, Argentina y Alemania; más tarde, y hasta hace poco, Cataluña. La historia no permite atribuir esa migración al cierre de una mina o de una cantera, pero sí muestra que el trabajo y la población cambiaban a ritmos distintos. En 2025, el municipio contaba con 1.434 habitantes repartidos en 21 núcleos o pedanías. La comunidad que permanece no se reduce a una cabecera ni a un solo oficio.
Desde El Castillo, Lubrín aparece rodeado por las formas de las estribaciones de Filabres. El primer plano recuerda el lugar donde se reunieron casas, parcelas y actividades; detrás queda un término municipal con pizarras y esquistos dominantes, sedimentos y materiales evaporíticos, además de una historia de cultivos, hierro y mármol. Las cifras de empleo acotan el capítulo minero y las fechas de las canteras, pero no borran su huella en el recorrido del pueblo: la sierra fue paisaje y, en distintos momentos, también lugar de trabajo.
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