Lloret de Vistalegre, la garriga compartida
Sa Comuna parece una extensión tranquila de pinar y garriga, pero su paisaje ha cambiado mientras seguía siendo un lugar común. En Lloret de Vistalegre, la historia de ese bosque enlaza el terreno, el trabajo agrícola y una decisión que dejó huella hasta hoy.
Vista aérea de Lloret de Vistalegre: el núcleo aparece entre parcelas y manchas de vegetación del paisaje rural.
En las afueras de Lloret de Vistalegre, sa Comuna abre una pausa entre el caserío y los campos: una garriga con pinar que ocupa 131 hectáreas y se extiende a una altura media de 135 metros. La superficie parece amplia y llana, aunque dos depresiones interrumpen esa continuidad: el Comellar del Ras y el Comellar des Carnatge, también llamado de sa Comuna. Bajo el bosque actual hay una historia de uso compartido que se remonta a siglos atrás. La comunidad aprovechó este espacio mientras la vegetación cambiaba bajo una acción humana continuada. El resultado no es un paisaje intacto ni un terreno abandonado: es una comuna que conserva su lugar en la vida de Lloret.
Manresa comparte su garriga
El origen de este espacio comunal se remonta al siglo XII, cuando formaba parte de la alquería de Manresa. La garriga común daba a sus habitantes un lugar para mantener animales: bueyes, mulas, cerdos, ovejas y pavos. No era solo un retazo de vegetación en las afueras, sino un recurso compartido por quienes vivían de la tierra. Esa relación entre pueblo y terreno antecede al nombre de Lloret y atraviesa distintas etapas de la historia local.
Tras la conquista cristiana, las alquerías de la zona fueron repartidas por Jaime I entre sus colaboradores, aunque el rey conservó los alodios. Una de aquellas propiedades, Benigalip, correspondió a Ponç Olzet y a cinco caballeros de Manresa, quienes le dieron el nombre de su ciudad de origen. Sa Comuna aparece así vinculada a una historia más amplia de alquerías y nuevos asentamientos, pero mantiene una característica singular: su uso común. El bosque y el pueblo no son dos historias separadas; la garriga formaba parte de los recursos que sostenían la vida rural.
Los materiales bajo el paisaje de Lloret
El estudio geotécnico del término municipal registra sobre todo calizas, dolomías y mármoles. También recoge arenas finas y limos, además de yesos, anhidrita y sales. Son grupos de materiales distintos: el listado diferencia rocas, sedimentos finos y otros materiales presentes en el marco geológico municipal. La clasificación ofrece un contexto para el terreno de Lloret, pero no convierte todos esos materiales en una única capa continua ni explica por sí sola cada forma del paisaje.
En sa Comuna, la forma descrita es una extensión mayoritariamente llana, cortada por dos depresiones con nombre propio. Esa descripción permite reconocer el relieve del paraje sin confundirlo con una explicación del origen de cada desnivel. La geología municipal y la historia de la comuna se acercan en un punto concreto: ambas pertenecen al mismo territorio, aunque la historia documentada del bosque se entiende sobre todo a través de sus usos y de los cambios de su cubierta vegetal. Aquí, el paisaje no se reduce a una lista de materiales ni a un solo episodio.
Sa Comuna cambia de cubierta
El aspecto actual del bosque conserva señales de transformación. La vegetación de sa Comuna es resultado de una acción humana importante y continuada; su comunidad más característica es la garriga, descrita como resultado de la degradación del encinar y acompañada por el pino, omnipresente en el paraje. El encinar no domina hoy la cubierta. En su lugar, el pinar y la garriga componen un mosaico vegetal que muestra cómo un espacio usado durante generaciones también fue cambiando de aspecto.
La vegetación forma distintos estratos. Entre los árboles aparecen pinos, cipreses, acebuches y algarrobos, junto a algunos grupos de encinas. Por debajo crecen lianas como el rotaboc, la vidalba y la aritja; más abajo, matapoll, mata, llampúdol y varias estepas. El estrato más cercano al suelo reúne fenazo, cebolla marina, orquídeas, esparragueras, cardos y setas. No es una masa uniforme: sus distintas alturas y especies dan cuerpo a la transformación vegetal que distingue a la comuna hoy.
Una panorámica más amplia del entorno de Lloret muestra el mosaico rural en el que se inserta la historia de sa Comuna.
Llorito crece entre alquerías y campos
Mientras la garriga común seguía formando parte del entorno rural, el núcleo de población fue creciendo. En el siglo XIV, Manresa empezó a establecerse y a destacar entre las alquerías vecinas; en el siglo XVI ya constaban veinte familias. El asentamiento creció con la instalación del convento de Nuestra Señora de Loreto, y el nombre de Manresa dio paso a Llorito. La localidad se extendía sobre una pequeña elevación, en el centro de una comarca donde la agricultura ha sido una actividad principal.
En el siglo XVIII, la población rondaba los quinientos habitantes. El paisaje de Lloret estaba marcado también por los molinos y los pozos, edificaciones habituales del municipio. Cereales, higos y hortalizas forman parte de una dedicación agrícola que continúa presente, junto con la ganadería. El contraste con sa Comuna es revelador: fuera del caserío, el espacio común conservaba su función, mientras alrededor los campos y el pueblo daban forma a una vida ligada al trabajo de la tierra.
Montserrat Fontanet escribe sobre el trabajo agrícola
En ese Lloret agrícola vivió Montserrat Fontanet, payés del siglo XVIII y autor de Arte de Conró, un tratado de consejos y técnicas para labrar la tierra que tuvo gran aceptación. Su obra pone palabras a una relación práctica con el suelo: trabajar los campos era una parte central de la vida local. La importancia del libro no reside en que explique el origen geológico de los materiales, sino en que conserva técnicas agrícolas asociadas a una comunidad cuya actividad dependía del territorio.
Fontanet también diseñó la canaleta de Masanella, una construcción hidráulica en la sierra de Tramuntana. Ese proyecto queda fuera del municipio, pero muestra el alcance de su experiencia como hombre de campo. En Lloret, el paisaje cotidiano se reconocía en los pozos, los molinos y los cultivos; sa Comuna añadía otro tipo de vínculo, el de un espacio común aprovechado para mantener ganado. El terreno ofrecía escenarios distintos para el trabajo, sin que uno de ellos explique automáticamente la forma o el origen del otro.
En 1927, sa Comuna entra en el catálogo
La historia del pueblo llegó a otro cambio en 1924, cuando culminó el largo proceso de separación municipal de Sinéu, iniciado en el siglo anterior. En aquel momento, Llorito alcanzó los 1.250 habitantes, su máximo hasta entonces. Con la independencia cambió también el topónimo: el municipio pasó a llamarse Lloret de Vistalegre. La vida de la localidad y la de su espacio común habían atravesado siglos de transformaciones, pero la comuna seguía siendo reconocible como parte del paisaje compartido.
Tres años después, en 1927, sa Comuna fue inscrita como monte de utilidad pública con el número 4 del catálogo. La inscripción dejó una huella administrativa duradera en un paraje cuyo origen comunal se remontaba a la alquería de Manresa. No lo apartó de la vida del pueblo: sa Comuna continuó siendo un lugar de reuniones, fiestas y romerías, y sus habitantes la conservan y protegen. El bosque transformado por la acción humana permaneció como espacio común.
Así se resuelve la historia de sa Comuna: no como un terreno detenido en el tiempo, sino como una garriga y un pinar que cambiaron mientras el vínculo colectivo perduraba. Bajo ese paisaje, Lloret reúne materiales geológicos diversos; sobre él, generaciones de habitantes han trabajado, usado y cuidado el territorio. Las dos depresiones siguen quebrando la llanura. Ahora también cuentan otra cosa: en medio de un paisaje transformado, la comuna mantuvo su condición de lugar compartido.
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