Historia geológica Localidad Laguna de Negrillos

Laguna de Negrillos, entre agua y murallas

A doscientos metros del pueblo, la Laguna Jimena conserva una pista del paisaje que dio nombre a Laguna de Negrillos. Otras lagunas cercanas desaparecieron mientras la villa crecía; las murallas y el castillo cuentan otra transformación de este mismo territorio llano.

Las ruinas del castillo de Laguna de Negrillos dominan el espacio abierto del centro de la localidad.

Las ruinas del castillo de Laguna de Negrillos dominan el espacio abierto del centro de la localidad.

Foto: Pablohn6, CC BY-SA 4.0 — commons.wikimedia.org

El nombre de Laguna de Negrillos parece guardar una imagen anterior a las calles: agua detenida en una llanura. Hoy, la Laguna Jimena sigue siendo visible a unos doscientos metros del pueblo, mientras otras lagunas naturales próximas desaparecieron con la urbanización. A pocos pasos del centro, en cambio, las ruinas del castillo recuerdan una villa que fue tenencia, señorío y centro de poder en el Páramo Leonés. Agua, asentamiento y fortificación no forman una sola causa, pero sí una historia compartida: la de un lugar donde el paisaje cambió y las comunidades reorganizaron su vida sobre él.

Antes de la villa, una laguna en el nombre

En una referencia del siglo X aparece el término lacuna, asociado a una donación de Alfonso III. Es una mención geográfica: el nombre podía señalar el accidente del terreno antes de identificar con seguridad una población. A comienzos del siglo XI se menciona San Pedro de Negrillos; después, los documentos hablan de tenentes de Lacuna de Negrillis, delegados del poder regio. En 1188 figura la iglesia de Laguna entre las propiedades de la iglesia astorgana. El paisaje y el lugar habitado empiezan a quedar enlazados en los nombres escritos, aunque no todas esas primeras menciones describan ya una villa.

La prueba más clara de población llega en 1164. En una permuta de tierras del monasterio de San Pedro de Montes, Pedro Balzán aparece como tenente de Laguna de Negrillos. No es todavía la escena de un pueblo dibujado calle por calle, pero sí una señal firme de que aquí había una comunidad integrada en la organización política del reino. En las décadas siguientes aparecen otros tenentes, y Laguna gana peso como punto de referencia en el territorio. La llanura no es un fondo inmóvil: la atraviesan límites, derechos y relaciones entre localidades, y el nombre antiguo sigue haciendo memoria de sus rasgos geográficos.

La llanura reúne agua y caminos

Laguna de Negrillos se asienta en una zona predominantemente llana del Páramo, a unos 778 metros de altitud. El Regueral pasa por la localidad; los ríos Órbigo y Esla quedan cerca. La Laguna Jimena, descrita como una fuente natural, conserva a poca distancia una presencia de agua que contrasta con los campos de cultivo y con las otras lagunas ya desaparecidas. Los arroyos y sus valles arbolados aportan otra forma al paisaje abierto. Son rasgos distintos de un mismo término, no indicios de que el castillo se levantara junto a un lago ni de que el agua determinara su construcción.

El estudio geotécnico ofrece otra escala para mirar el suelo municipal. Clasifica un 72,28 % como «Gravas y Arenas compactas» y un 25,76 % como «Areniscas, Conglomerados y Flysch». Son categorías del estudio para el término, no una identificación de la piedra empleada en el castillo. También señala zonas donde predominan localmente arcillas expansivas, con peligrosidad moderada a alta en áreas con déficit anual de humedad. Las arcillas expansivas pueden cambiar de volumen al variar su humedad; por eso, el dato describe una condición del terreno que importa considerar, sin convertirla en una explicación de las murallas. El informe registra además movimientos actuales o potenciales, principalmente deslizamientos en formaciones blandas. Presenta posibilidades y sectores, no un episodio concreto ocurrido en la villa.

El fuero ordena la villa y su alfoz

En el siglo XII, Laguna ya aparece como una tenencia vinculada al poder regio. Más tarde, Alfonso IX impulsó la repoblación de estas tierras y el fortalecimiento político y militar de la Vía de la Plata. En ese contexto comenzó la construcción de las murallas y el castillo. En 1205 el rey concedió fuero a Laguna: un conjunto de normas para organizar la villa y su alfoz, es decir, el territorio dependiente de ella. El documento menciona la existencia de un castillo y sitúa la fortificación dentro de un cambio más amplio: una localidad que afianzaba su posición en la comarca.

El señorío de Laguna llegó a comprender trece aldeas. En la villa se celebraba un mercado semanal, cuya paz se protegía con una caución de setenta sueldos. Los habitantes de Laguna y del alfoz también tenían la obligación de mantener en buen estado el castillo y las murallas. No era una defensa separada de la vida diaria: la fortificación formaba parte de las tareas y obligaciones de la comunidad. En la llanura agrícola, el centro de poder reunía población, intercambio y gobierno. La huella de esa organización permanece en el recinto y en los restos que aún sobresalen sobre las construcciones actuales.

El detalle de las murallas permite acercarse a la fortaleza que fue reconstruida por Diego Fernández de Quiñones.

El detalle de las murallas permite acercarse a la fortaleza que fue reconstruida por Diego Fernández de Quiñones.

Foto: Adolfobrigido, CC BY-SA 4.0 — commons.wikimedia.org

El castillo cambia de manos y de función

El castillo se fecha entre los siglos XIII y XV, aunque ya se mencionaba en el fuero de 1205. Más adelante, Diego Fernández de Quiñones, nombrado delegado del rey en Laguna, se encargó de reedificarlo. La villa pasó a ser centro de las posesiones de los Condes de Luna en el Páramo y residencia habitual de estos. La reconstrucción le dio nuevo peso a la fortaleza, pero su historia no avanzó en línea recta: cuando en 1230 se unieron definitivamente los reinos de León y Castilla, Laguna perdió importancia estratégica. El cambio político no borró de inmediato el castillo; alteró el valor del lugar dentro del mapa del poder.

En 1303, la confirmación del fuero permite seguir el paso de la propiedad a manos particulares. A fines del siglo XIV, Pedro Suárez de Quiñones compró los derechos sobre Laguna a dos poseedoras, Leonor Fernández y Mari Gutiérrez de Quixada. Su testamento de 1388 aún recoge una deuda pendiente con Fernández: faltaban 25.000 maravedís. El detalle muestra que el señorío era también una propiedad que cambiaba de manos mediante acuerdos y pagos, además de un territorio administrado desde el castillo. La fortaleza permanecía como pieza central de ese dominio. En el siglo XVI, las murallas todavía estaban en pie y sus habitantes seguían obligados a conservarlas.

La explotación del monte abre otro conflicto

Siglos después, otra disputa enfrentó a la comunidad con las condiciones de uso de su entorno. Durante la Guerra de la Independencia, entre 1808 y 1814, se talaron encinas del monte de forma desmedida tras el paso y la ocupación de las tropas francesas. El monte había sido una reserva forestal cuya tala se regulaba desde hacía siglos. Tras la pérdida de árboles, el conde de Luna quiso limitar los derechos de explotación del Concejo de vecinos, una medida que perjudicaba especialmente al ganado de la comunidad. El concejo abonaba 4.000 reales cada seis años por los derechos de aprovechamiento de la leña.

La disputa no se resolvió en silencio. En 1818, el Concejo de vecinos presentó una demanda a instancias del corregidor de León contra la acotación propuesta. El episodio deja ver otro modo en que la vida local dependía del territorio: el monte proporcionaba leña y sostenía derechos de aprovechamiento, mientras la protección de las encinas imponía límites. No se trataba del mismo conflicto que siglos atrás había organizado la defensa de la villa, pero en ambos casos la comunidad debía responder a quién controlaba los recursos y qué obligaciones recaían sobre sus habitantes. La tala alteró el monte; la demanda registró la respuesta vecinal.

Lo que permanece entre la laguna y las ruinas

El paisaje actual reúne huellas de esas distintas épocas sin devolverlas a su estado antiguo. La agricultura ocupa un lugar destacado y en los campos se cultivan, entre otros productos, trigo, cebada, maíz, remolacha y patatas. La llanura verde de los cultivos y los valles arbolados de los arroyos forman parte de la imagen local que recoge el Ayuntamiento. La expansión urbana, por su parte, hizo desaparecer lagunas naturales próximas; la Laguna Jimena continúa visible. El nombre conserva así una referencia al agua, pero no significa que todas aquellas láminas de agua sigan en el paisaje.

El castillo también llegó transformado hasta el presente. Tras la pérdida de importancia estratégica, el cambio de propietarios y siglos de historia, permanecen sus ruinas, junto a otros elementos patrimoniales que recuerdan la antigua centralidad de la villa. La laguna superviviente y las torres no cuentan una misma causa: juntas muestran dos destinos locales, uno marcado por la desaparición de cuerpos de agua con la urbanización y otro por la persistencia parcial de una fortificación. En Laguna de Negrillos, la llanura no guarda intacto el pasado. Lo deja aparecer por fragmentos: en el nombre, en una fuente natural cercana y en los muros que aún dibujan el antiguo poder de la villa.

Tipos de terreno en Laguna de Negrillos

Suelos característicos de la zona, ordenados por relevancia.

  • Gravas y Arenas compactas
    Neutro

    Gravas y Arenas compactas

    Depósitos granulares de alta compacidad, típicamente asociados a terrazas fluviales antiguas (ríos Ebro, Duero, Tajo, Guadalquivir) y glacis pleistocenos. No tienen cohesión (no son arcillas) pero su

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  • Areniscas, Conglomerados y Flysch
    Advertencia

    Areniscas, Conglomerados y Flysch

    Rocas sedimentarias formadas por la cementación de fragmentos de otras rocas preexistentes. Incluyen areniscas (arena cementada), conglomerados (gravas cementadas) y la alternancia rítmica de arenisca

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