La Zubia guardó una villa romana y todavía conserva la trama de sus acequias
En El Laurel, una obra de cimentación devolvió a La Zubia una villa romana; en sus calles, las acequias aún cuentan otra forma de habitar el terreno. ¿Qué une aquellas casas con la historia del agua y con las rocas de la vega?
Vista parcial de Cumbres Verdes, uno de los núcleos de La Zubia, integrada en el paisaje de laderas del municipio.
En El Laurel, la tierra se abrió por una razón prosaica: había que cimentar una nave. Al preparar sus cimientos aparecieron los restos de una villa romana del siglo I. La obra destinada a levantar un edificio nuevo había tropezado con otro mundo: habitaciones, una almazara, un molino, un horno y, al menos, un enterramiento.
La escena da la medida de La Zubia. Aquí, el pasado no quedó apartado en un recinto arqueológico: algunos de sus vestigios aparecieron bajo el crecimiento del municipio, mientras otros sobreviven en calles, acequias y construcciones reutilizadas. ¿Cómo se enlazan una villa enterrada, las cuevas de los primeros asentamientos y la red de agua que cruzó la población? La respuesta empieza en un terreno donde la historia humana y la diversidad geológica comparten espacio, aunque no siempre pueda asignarse cada vestigio a una roca concreta.
El Laurel abrió una puerta hacia la villa romana
La excavación reveló dos ámbitos distintos. En la zona señorial había varias habitaciones con suelos de teselas, pequeñas piezas que componían pavimentos decorados. En el sector rústico, los restos de una almazara, un molino y un horno hablan de trabajo y producción. No era únicamente una residencia: la villa reunía espacios domésticos y actividades ligadas al campo.
Ese contraste ayuda a imaginar la vida que organizaba el lugar sin inventarle escenas. En una parte se caminaba sobre pavimentos cuidadosamente construidos; en otra se transformaban productos y se trabajaba junto a las instalaciones rurales. La presencia de un enterramiento completa el conjunto con una huella personal, aunque la información disponible no permite reconstruir quién fue enterrado allí ni cómo vivió.
El hallazgo importa también por su posición bajo el municipio actual. Las referencias arqueológicas anteriores son escasas y la historia local señala que el casco urbano se levantó y desarrolló sobre los restos de aquel asentamiento romano. Así, cuando recorres La Zubia, la ciudad visible no sustituye sin más a la antigua: se superpone a ella. El subsuelo conserva una parte de esa continuidad, descubierta precisamente cuando una cimentación moderna obligó a removerlo.
Otra pieza romana siguió un camino distinto. En la calle San Antón, un ara con inscripción latina fue reutilizada como base de la Cruz de San Antón, levantada en el siglo XVII. La inscripción quedó borrada, y la piedra pasó de monumento romano a soporte de una construcción posterior. Es una historia de transformación material: la roca que una época talló y marcó con letras terminó sosteniendo una cruz en el paisaje cotidiano.
Las cuevas del Moro retroceden más allá de Roma
Mucho antes de la villa, las cuevas del Moro, de la Higuerilla y de la Paloma aportan indicios de los primeros asentamientos reconocidos en la zona, vinculados a comunidades megalíticas. No hace falta imaginar una ciudad prehistórica para percibir el salto: allí donde siglos después hubo mosaicos, molinos y calles, la historia humana se remonta a un tiempo mucho más antiguo.
Las cuevas son, además, una presencia concreta en el paisaje de La Zubia. El estudio geotécnico registra formaciones carbonatadas —calizas, dolomías y mármoles— y señala que algunas de esas formaciones pueden presentar karstificación. Dicho sin jerga, el agua puede disolver lentamente ciertas rocas y abrir huecos, como una gota que, con tiempo suficiente, marca una superficie. Es razonable relacionar este tipo de terreno con la importancia de las cavidades en el entorno; no equivale, sin embargo, a afirmar que cada una de las cuevas citadas se formó de una manera idéntica.
El registro del subsuelo muestra también que La Zubia no se apoya en un único material. El estudio agrupa calizas, dolomías y mármoles; arenas finas y limos; yesos, anhidrita y sales; y arcillas y margas. Esa mezcla invita a cambiar de escala: de las habitaciones romanas y las cuevas se pasa a procesos que pertenecen a paisajes muy distintos y mucho más antiguos.
Las acequias hicieron del agua una obra compartida
La huella árabe más extensa de La Zubia no es una muralla, sino una doble red para conducir agua. La Acequia del Genital —nombre relacionado con el Genil— y la Acequia Gorda o de La Zubia organizaron el paso del agua por el municipio. Tres arcos árabes sobre el Barranquillo de la Negra, uno de los siete barrancos que atraviesan el pueblo, muestran cómo la conducción salvaba desniveles: pequeños acueductos tendidos allí donde el relieve interrumpía el camino.
La geología pone el escenario; la acequia revela la decisión humana. El entorno se describe como parte de la Vega Sur, próximo a Sierra Nevada y rodeado de tierras fértiles. En ese paisaje, conducir el agua exigió conocer pendientes y pasos, mantener recorridos y crear infraestructuras. El dossier no permite trazar el origen exacto de cada acequia hasta una fuente concreta; sí permite ver que el agua fue organizada como una red y que esa red dejó obras reconocibles en el tejido de La Zubia.
También el nombre de la calle Chorreras guarda memoria de esa relación con el desnivel. Cerca de allí quedan las ruinas del Molino de Cantares. El nombre de la calle recuerda los chorros que salvaban un cambio de nivel; el molino, por su parte, señala una infraestructura ligada al aprovechamiento del agua. Al unir ambas referencias, el recorrido deja de ser una lista de restos: se convierte en una pista para leer cómo la población se adaptó a un terreno con barrancos y pendientes.
En las calles hubo aljibes, y la Alberca Grande, construida en el siglo XVI en pleno centro, servía como depósito permanente. La red de agua no terminaba en el campo: alcanzaba también los espacios habitados y las reservas del municipio. Si pasas por el centro, el nombre de Alberca Grande ofrece una pista directa sobre esa infraestructura. No era solo una palabra para un estanque; era una pieza de una cultura material que necesitaba guardar y distribuir el agua.
Los baños árabes de los siglos XII y XIII, en la Casa del Miedo de la calle Baño, añaden otra escala a esa historia. Sus dos habitaciones abovedadas corresponden a una cámara tibia y una sala de baño caliente. Acequias, arcos, molinos, aljibes y baños describen usos diferentes, pero relacionados, del agua: llevarla, salvar desniveles, aprovechar su paso, almacenarla y emplearla en la vida cotidiana.
Caliza, yeso y limo cuentan historias distintas
¿Qué dice el suelo sobre el paisaje donde se construyeron esas redes? En los datos geotécnicos de La Zubia, el grupo de calizas, dolomías y mármoles representa el 34,00 %; las arenas finas y los limos, el 32,15 %; los yesos, la anhidrita y las sales, el 22,13 %; y las arcillas y margas duras, el 11,16 %. No es una sola superficie uniforme: aparecen rocas y sedimentos con comportamientos y orígenes generales distintos.
Las calizas y dolomías suelen formarse en mares poco profundos, donde se acumula material carbonatado; los yesos y la anhidrita se asocian habitualmente a aguas que se evaporan en lagunas cerradas. Las arcillas pueden depositarse en aguas tranquilas, y las margas, en fondos marinos poco profundos y fangosos. Son claves de lectura para esos materiales, no una cronología completa del municipio ni una prueba de que cada roca local se formara exactamente en el mismo ambiente.
Las arenas finas y los limos, por su parte, añaden materiales de grano pequeño al conjunto. La información disponible no fija aquí su edad ni permite asignarles un único origen. Pero su presencia junto a rocas carbonatadas, evaporitas y materiales arcillosos deja una imagen geológica clara: el terreno de La Zubia reúne piezas distintas, y el agua ha sido una de las fuerzas que las personas aprendieron a conducir en el paisaje.
La relación entre suelo e historia se percibe también en la agricultura. Hubo albercas para cocer cáñamo por la vega; su cultivo alcanzó una producción anual documentada de hasta 10 000 arrobas, equivalentes a 110 000 kilogramos. En 1862, con motivo de la visita de Isabel II, se levantó un arco del triunfo hecho con cáñamo, testimonio de la importancia del cultivo. La infraestructura del agua y la actividad agrícola forman así una historia local concreta, aunque no sea posible atribuir cada cosecha a un material geológico particular.
La Encina del parque de la Encina, declarada monumento vegetal y con más de 700 años, aporta otra medida del tiempo en el paisaje. No explica por sí sola la historia de las acequias, pero permite mirar la escala humana desde una vida que atraviesa generaciones. En La Zubia, las cuevas, la villa de El Laurel y las conducciones de agua no cuentan una única época: muestran cómo distintos habitantes ocuparon un terreno diverso y dejaron marcas que todavía se reconocen.
La villa apareció cuando una cimentación volvió a abrir el suelo; las acequias, en cambio, permanecieron a la vista en arcos, molinos y depósitos. ¿Qué une ambos relatos? La Zubia creció sobre un paisaje geológico variado y lo convirtió en lugar de residencia, trabajo y circulación del agua. La próxima vez que cruces el Barranquillo de la Negra o pases por la calle Baño, verás no solo un pueblo junto a la vega, sino una historia construida a ras de roca y agua.
Calle Matadero, en La Zubia: una vista del tejido urbano actual que da contexto a una historia donde las obras de cimentación sacaron a la luz vestigios anteriores.
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