Historia geológica Localidad La Haba

La Haba, huellas talladas en la roca

Las excavaciones de la EX-346 sacaron a la luz cimientos, espacios de producción y enterramientos junto a La Haba. En la roca trabajada se cruzan siglos de ocupación, y el camino moderno volvió a revelar parte de esa historia.

Vista panorámica de La Haba y de su entorno inmediato.

Vista panorámica de La Haba y de su entorno inmediato.

Foto: Kani, CC0 — commons.wikimedia.org

Al construirse la carretera EX-346, las excavaciones realizadas en su trazado descubrieron restos que cambiaron la escala de la historia local: no una única huella aislada, sino señales de ocupación en épocas distintas. Aparecieron cimentaciones, áreas de trabajo, enterramientos y estructuras domésticas. La carretera atravesaba un paisaje que ya había sido habitado y transformado mucho antes de que existiera el pueblo conocido hoy como La Haba.

La EX-346 abre una ventana al pasado

Los primeros restos fechados corresponden a la época romana altoimperial, entre los siglos I y II d. C. La excavación identificó cimentaciones de ese periodo y tres enterramientos por incineración. Son rastros diferentes de una misma presencia: unos hablan de construcciones; los otros, de prácticas funerarias. Juntos permiten situar actividad humana en la zona, aunque no convierten cada resto arqueológico en parte de un único edificio o de una sola comunidad.

La secuencia no se detiene ahí. Para los siglos III y IV d. C., la intervención documentó estructuras vinculadas a la producción industrial mediante decantación de arcillas. Decantar significa separar materiales dejando que las partículas se depositen: el nombre de la actividad señala un trabajo organizado con arcillas, no solo su presencia natural en el terreno. En el mismo horizonte se registró un área funeraria infantil dedicada a neonatos. La excavación contabilizó, además, un total de cuarenta y ocho enterramientos excavados en la roca; la información disponible no permite atribuir esa condición a todos ellos por igual.

El conjunto romano habla así de actividades distintas que ocuparon el territorio a lo largo del tiempo: cimentar, producir y enterrar. No es necesario suponer que todas ocurrieron en el mismo lugar exacto o al mismo tiempo para reconocer la amplitud de la huella. La propia síntesis arqueológica describe una presencia romana prolongada, dispersa en el tiempo. La roca trabajada forma parte de esa historia como soporte de sepulturas, mientras que las arcillas aparecen asociadas a una actividad productiva.

El sustrato que sostiene las huellas

El estudio geotécnico de La Haba clasifica el suelo del término municipal bajo la categoría «Calizas, Dolomías y Mármoles». Es una descripción general del municipio, no una identificación de la roca de cada tumba, cimiento o edificio. Las sepulturas excavadas demuestran que en los lugares estudiados se trabajó la roca, pero la clasificación municipal no permite asignarles una litología concreta. Mantener esa diferencia ayuda a leer el paisaje sin convertir un dato general en una afirmación sobre un punto determinado.

La relación entre piedra y localidad asoma incluso en las explicaciones propuestas para el nombre de La Haba. Una teoría lo vincula a las llamadas «habas» o «dientes de caballo», cristalizaciones de feldespato y cuarzo descritas como frecuentes en las rocas de la zona. Otra, considerada la más aceptada en la información disponible, relaciona «aba» con roca útil o cantera; también se menciona la posibilidad de que el nombre proceda de la leguminosa. Son propuestas distintas, no una única historia confirmada. En todo caso, la imagen de una roca aprovechable encaja con un hecho arqueológico concreto: aquí se excavaron enterramientos directamente en la piedra.

La iglesia parroquial de San Juan Bautista. En una de sus paredes se integró un fragmento de loseta utilizado como juego de mesa.

La iglesia parroquial de San Juan Bautista. En una de sus paredes se integró un fragmento de loseta utilizado como juego de mesa.

Foto: Adolfobrigido, CC BY-SA 4.0 — commons.wikimedia.org

La ermita y el Ortigas conservan otras señales

Fuera de las excavaciones de la carretera, la época romana también aparece en las inmediaciones de la ermita de Nuestra Señora de la Antigua. Allí se encuentran numerosas tumbas excavadas en roca y un ara romana que se utilizó como pila de agua bendita. El ara —un monumento de piedra de uso ritual— cambió de función y quedó incorporada a la vida religiosa de la ermita. El puente romano sobre el río Ortigas añade otra pieza al paisaje histórico: una obra asociada al cruce del cauce.

En la iglesia de San Juan Bautista se documentó, además, un fragmento de loseta integrado en una pared y utilizado como juego de mesa. También apareció una inscripción romana formando parte de uno de los alzados de la ermita. Son objetos que llegaron hasta construcciones posteriores, con usos nuevos o como elementos incorporados a sus muros. El pasado no se conserva aquí en una sola pieza intacta: reaparece en piedras y objetos que cambiaron de lugar o de función.

Del siglo V al Cerro de la Horca

La excavación de la EX-346 encontró también un asentamiento prolongado entre los siglos V y VII d. C. Entre sus restos había estructuras domésticas, funerarias y de producción, incluido un horno para cocer cerámica. La vida del lugar, por tanto, no queda limitada a la época romana de los primeros hallazgos: nuevas construcciones y actividades están documentadas en los siglos posteriores. El horno da una forma concreta a esa continuidad de ocupación, aunque no permita reconstruir por sí solo quién lo utilizó o cuánto tiempo funcionó.

Otros rastros amplían el recorrido. Un hallazgo accidental cerca del actual cementerio sacó a la luz un ajuar catalogado como hispano-visigodo. En el Cerro de la Horca, la memoria de la excavación recoge numerosos silos y un muro de cimentación de amplias dimensiones. Los silos servían para almacenar; el muro señala una estructura construida. Puestos en relación con cautela, estos elementos muestran que la zona siguió siendo ocupada y organizada en épocas posteriores, sin que cada hallazgo deba confundirse con los demás.

Magacela ordena el territorio

En el siglo XIII cambia el marco político de La Serena. Las fuerzas cristianas, bajo el mando de Fernando III, conquistaron Magacela en los primeros años de la década de 1230. En 1234, la villa y su castillo fueron donados a la Orden de Alcántara para su administración. Magacela pasó a ser un centro de referencia territorial; La Haba quedó como aldea dependiente de su comunidad de villa y tierra. La arqueología permite seguir la ocupación del entorno, mientras que los documentos medievales empiezan a mostrar bajo qué autoridad se organizaba.

No se conoce la fecha exacta de fundación de la aldea. La información histórica sitúa la formación del núcleo de La Haba entre finales del siglo XIII y el siglo XIV; en todo caso, consta que ya estaba poblado en 1383, según una referencia encontrada en el Libro de la Montería de Alfonso XI. Esa fecha ofrece un punto firme dentro de un proceso más amplio: tras siglos de huellas humanas en la zona, La Haba aparece como comunidad reconocible dentro del territorio articulado alrededor de Magacela.

La Haba reclama una voz propia

La relación con las villas vecinas fue cambiando. Villanueva de la Serena, conocida como Aldeanueva en el siglo XIV, quedó vinculada a Magacela tras una disputa entre Medellín y la Orden de Alcántara. En 1504, las competencias gubernativas, civiles y eclesiásticas pasaron de Magacela a Villanueva, que se convirtió en cabecera del partido; La Haba pasó entonces a depender de esta última. El cambio de autoridad modificó la organización del territorio sin borrar el nombre ni la vida del lugar.

En 1553, Alonso Miguel, vecino de La Haba y representante del concejo y de sus habitantes, inició los trámites para solicitar el título de villa y separarse de las autoridades de Villanueva. La petición describía una dependencia que pesaba en asuntos cotidianos: el alcalde local tenía jurisdicción civil limitada a cien maravedís y carecía de jurisdicción criminal. Para acudir a juicio, los vecinos debían desplazarse a Villanueva; el escrito afirmaba que esos gastos impedían a veces a pobres y viudas reclamar justicia o defenderse. La dependencia de La Haba respecto de Villanueva se mantuvo hasta 1554. La secuencia deja constancia tanto de la reclamación como del marco político que la precedió.

La historia que abrió la EX-346 no es la de una población que permaneciera idéntica durante siglos. Es la de un territorio con huellas romanas, actividad en los siglos V al VII, restos posteriores y una aldea documentada en la Edad Media, mientras sus vínculos políticos cambiaban. La roca guarda tumbas; los muros y objetos muestran reutilizaciones; los documentos fijan nombres y dependencias. Bajo la carretera y alrededor de La Haba, esas piezas distintas cuentan una historia de ocupación prolongada, no de continuidad ininterrumpida.

Tipos de terreno en La Haba

Suelos característicos de la zona, ordenados por relevancia.

  • Calizas, Dolomías y Mármoles
    Advertencia

    Calizas, Dolomías y Mármoles

    Rocas sedimentarias carbonatadas (y sus equivalentes metamórficos) de componente rígida. Típicas de los macizos montañosos de la Cordillera Cantábrica, Pirineos, Cordilleras Béticas y Baleares. Aunque

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