Gurrea de Gállego, bajo la arcilla
En las afueras de Gurrea, dos grupos de bodegas se hunden en cerros arcillosos: unas al este del Sotón y otras al oeste. Entre esas excavaciones y los sillares conservados de un antiguo puente, el terreno cuenta cómo el pueblo ha encontrado maneras distintas de habitarlo y atravesarlo.
La iglesia parroquial de San Nicolás de Bari forma parte del paisaje construido de Gurrea de Gállego.
El primer rastro no es una torre ni una muralla, sino una sucesión de huecos abiertos en cerros arcillosos. En Gurrea de Gállego hay dos conjuntos importantes de bodegas subterráneas: uno al este del pueblo, al otro lado del río Sotón, y otro al oeste. Las del sector oriental son más numerosas; varias están adosadas y forman un espacio parecido a una calle. No son cuevas naturales: están excavadas en taludes de poca altura, con pequeñas casetas de mampostería y tejados de teja sobre las entradas. La arcilla, cortada por manos humanas, define aquí una arquitectura que se mete en el cerro en vez de levantarse sobre él.
Entre el Gállego y el Sotón
Para entender por qué esas formas subterráneas destacan, conviene ampliar el mapa. El término de Gurrea se extiende por una llanura atravesada por el río Gállego y su afluente, el Sotón. El relieve, sin embargo, no es completamente uniforme: hacia el suroeste se levanta la sierra de las Pedrosas, que marca el límite con la provincia de Zaragoza. La altitud va desde los 300 metros junto al Gállego hasta los 662 en el suroeste; el núcleo se encuentra a 341 metros sobre el nivel del mar.
En ese paisaje, los ríos y los cerros ofrecen escenarios diferentes para la vida del pueblo. Las bodegas ocupan lomas arcillosas en los dos extremos de la población, separadas por el Sotón. Esa distribución permite reconocer una relación concreta con el relieve: las excavaciones aprovechan taludes bajos y convierten sus costados en espacios habitables. No conocemos aquí la fecha de construcción de cada bodega, así que no forman una secuencia fechada. Lo que sí muestran, reunidas en dos conjuntos, es que la arcilla no fue solo el suelo bajo los pies: también se convirtió en el material que se retiraba para abrir espacios bajo tierra.
El Sotón, paso y frontera
La relación más antigua que el relato local atribuye al cauce aparece con los romanos. Gurrea habría sido fundada con el nombre de Forum Gallorum como núcleo comercial a orillas del Sotón. Allí construyeron un puente; de aquella obra aún se conservan sillares a la entrada del pueblo. El río, por tanto, no queda como un simple trazo azul en el paisaje: está ligado a un asentamiento y a una construcción que ayudaba a cruzarlo.
El puente y las bodegas ofrecen dos respuestas muy distintas al terreno. En un caso, una obra de piedra salvaba el cauce; en el otro, la excavación penetraba en los cerros arcillosos. No hay que confundirlas ni suponer que pertenecen al mismo tiempo. La evidencia disponible no fecha las bodegas, mientras que el puente se vincula a la fundación romana. Juntas permiten seguir un hilo local más amplio: vivir en Gurrea ha implicado tanto relacionarse con el agua que atraviesa la llanura como trabajar los desniveles y materiales que rodean el núcleo.
Gurrea cambia de manos
Tras la etapa romana, la población estuvo ocupada por los musulmanes. En marzo de 1092, Gurrea fue escenario de un encuentro entre Sancho Ramírez, su hijo Pedro y el Cid Campeador, que había acudido en ayuda de Al-Musta'in II de Zaragoza. El acuerdo desembocó en una alianza de paz; más tarde, Sancho Ramírez conquistó Gurrea y Pedro quedó encargado de poblar el término. La villa pasó así por una negociación y un cambio de poder, pero siguió siendo un lugar habitado junto al Sotón.
Los documentos medievales dejan nuevas marcas en el mapa. En 1099, Pedro I entregó al monasterio de Montearagón la iglesia de «Gorreia». En 1134, Alfonso I otorgó Gurrea y su castillo a Ximén Pérez de Murillo, como recompensa por sus servicios en la batalla de Fraga; de esa concesión arrancó la baronía de Gurrea. La población quedó vinculada a la familia Gurrea y, en 1280 y 1366, pasó respectivamente a Jimeno López y Lope de Gurrea. Son cambios de dominio, no cambios demostrados en la forma del relieve. Pero sitúan en el mismo territorio una continuidad reveladora: entre el río, el núcleo y sus alturas se organizaron sucesivamente el comercio, la población y el poder.
San Nicolás conserva una huella medieval
Una parte de esa larga duración se ve en la iglesia parroquial de San Nicolás de Bari. El templo es originalmente tardorrománico, de finales del siglo XII o comienzos del XIII. De esa etapa permanecen el hastial occidental —la fachada que cierra la nave— con su portada, y el primer tramo de la torre. La entrada se organiza en tres arquivoltas, arcos concéntricos que enmarcan el acceso; la exterior está decorada con grandes puntas de diamante.
La iglesia aporta una huella construida, distinta de la que dejan las bodegas excavadas. Allí la roca y la mampostería aparecen como obra levantada; en los cerros, el espacio nace al retirar material. No se puede identificar por una lista general de terrenos qué piedra se utilizó en la iglesia, ni atribuirle un origen geológico concreto. Sí se puede reconocer la diferencia entre las maneras de dar forma al lugar: construir una portada visible y abrir cavidades en taludes arcillosos. El paisaje de Gurrea conserva ambas acciones, aunque pertenecen a historias y escalas distintas.
La portada de San Nicolás conserva una huella tardorrománica de finales del siglo XII o comienzos del XIII.
Un término hecho de materiales distintos
El estudio geotécnico describe para el término municipal un mosaico de materiales: calizas, dolomías y mármoles; arenas finas y limos; areniscas, conglomerados y flysch; gravas y arenas compactas; y yesos, anhidrita y sales. También reconoce arcillas en su clasificación de expansividad. Esa variedad permite poner nombre al sustrato de Gurrea sin convertirlo en una sola roca uniforme. La relación con las bodegas es más concreta y más acotada: la descripción local las sitúa en cerros arcillosos, pero la clasificación municipal no señala cuál de sus unidades corresponde a cada excavación.
El mismo estudio considera que, en algunas zonas del término, puede haber expansividad de arcillas y hundimientos kársticos potenciales en formaciones yesíferas. «Potencial» importa: describe procesos posibles en el ámbito municipal, no un daño observado en las bodegas ni una causa de su trazado. En esta historia, el cambio comprobable es el trabajo humano sobre taludes bajos de arcilla. Allí donde el cauce organiza un paso y la llanura ofrece un relieve predominantemente llano, esos cerros proporcionan otro tipo de espacio: uno excavado. El terreno aparece así no como fondo inmóvil, sino como una condición material que distintas generaciones han transformado de maneras documentadas.
Dos maneras de permanecer en el terreno
En 1845, Pascual Madoz registró en Gurrea una tienda de comestibles, una carnicería, una taberna y un molino harinero. Esas referencias añaden vida cotidiana a la historia del asentamiento, aunque no permiten atribuir el molino al Sotón ni relacionar los negocios con las bodegas. La secuencia local deja, en cambio, una imagen clara: un núcleo que la historia sitúa junto al río; sillares que recuerdan un puente romano; una iglesia con elementos medievales; y cerros arcillosos abiertos en dos conjuntos subterráneos.
El resultado no es que el agua o la arcilla hayan dictado por sí solas la historia de Gurrea. El río fue escenario de un puente y de un asentamiento; la arcilla fue excavada para formar bodegas. Entre ambos, el pueblo atravesó cambios de dominio y dejó edificios y espacios que aún se reconocen. Al mirar los cerros del este y del oeste, la palabra «subterráneo» adquiere un sentido preciso: no es una leyenda escondida bajo la llanura, sino una obra hecha dentro de ella. Y, en la entrada del pueblo, los sillares conservados recuerdan la otra respuesta: cruzar el río levantando un paso.
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