Fuentidueña de Tajo, la torre y el valle
La Torre de los Piquillos domina una historia que empezó junto al castillo de la Alarilla y sigue teniendo al Tajo como referencia. Entre la altura de las fortalezas y la hondonada del río, el relieve y la vida del pueblo se encuentran sin confundirse.
La Torre de los Piquillos y las ruinas del castillo de Santiago, una de las huellas defensivas de Fuentidueña de Tajo.
En Fuentidueña de Tajo, la ruina de la Torre de los Piquillos conserva el perfil de una antigua fortaleza. Más abajo, el Tajo atraviesa el término y ocupa una profunda depresión. Entre ambos se despliega un paisaje de alturas distintas, y también una historia de asentamientos, conquistas y cambios de poder. El río no explica por sí solo cada decisión militar; sí forma parte del escenario local que permite entender por qué el relieve importa en este recorrido.
La historia medieval comenzó alrededor de otro castillo, el de la Alfariella o Alarilla, hoy desaparecido. Allí surgió un núcleo urbano durante la Alta Edad Media. Mucho después, la memoria de la fortaleza quedó repartida entre ruinas, nombres y una población que todavía vincula su identidad con Alarilla. Para seguir esa transformación hay que mirar primero el terreno: el valle del Tajo, sus escarpes y los materiales que caracterizan el municipio.
El Tajo dibuja la vega
El río atraviesa Fuentidueña y configura una depresión profunda. Esa diferencia de cotas se expresa en cifras muy concretas: el término tiene una altitud media de 562 metros y un mínimo de 467. Es la segunda altitud mínima más baja de la Comunidad de Madrid, después de Villa del Prado. No hace falta imaginar una pared continua para reconocer el contraste: la vega del río y los escarpes más elevados forman parte de paisajes distintos dentro del mismo municipio.
La geografía local distingue tres ecosistemas relacionados con ese relieve: el acuático del Tajo y los arroyos que desembocan en él, el de ribera y el estepario. En las orillas crecen sauces, álamos, fresnos y tarayes; cerca del agua aparecen carrizos, espadañas y juncos. En las zonas de vega, los cerros yesíferos y los valles entre cerros dominan espartos y tomillos, con encinas aisladas. El río, por tanto, no es solo una línea azul: forma parte de un mosaico de ambientes que cambia con la posición y la humedad.
Yesos bajo el paisaje
El estudio geotécnico municipal ofrece otra pieza para leer el terreno. En su clasificación, los yesos, la anhidrita y las sales constituyen el grupo más extendido, con un 55,09 %; también aparecen pizarras y esquistos, y calizas, dolomías y mármoles. El 31,46 % corresponde a la categoría de masa de agua. Son datos del término municipal: no permiten asignar automáticamente una roca concreta al castillo, a la iglesia o a cualquier edificio.
El yeso da lugar a una forma particular de transformación. Cuando el agua lo disuelve, puede abrir huecos y conductos en el subsuelo; a ese desarrollo de cavidades se le llama karstificación. El estudio describe formaciones yesíferas medianamente karstificadas, a veces con karsts importantes dispersos, y también zonas muy karstificadas en su conjunto. Por eso incluye los hundimientos kársticos yesíferos entre los procesos actuales o potenciales. Habla de condiciones reconocidas en el municipio, no de un hundimiento ocurrido bajo la torre.
El mismo estudio contempla otras condiciones posibles: arcillas expansivas en algunas zonas y movimientos del terreno como deslizamientos o desprendimientos. Esa variedad ayuda a entender que “el terreno” no es una base uniforme. Pero el hilo visible de esta historia no es un derrumbe: es el contraste entre un río que ocupa la parte baja, unas laderas y cerros que se elevan alrededor, y las fortalezas que aparecen en la historia local.
El puente sobre el Tajo ofrece otra perspectiva del río que atraviesa el término municipal.
La Alarilla reúne el primer núcleo
En la Alta Edad Media, el asentamiento de Fuentidueña se organizó en torno al castillo de la Alarilla. La fortaleza cobró importancia militar durante la dominación árabe. Ese dato convierte al castillo en protagonista de una primera etapa: no solo era una construcción aislada, sino el centro alrededor del cual surgió un núcleo urbano. El relieve del término ofrece el marco de esa historia, aunque las fuentes no atribuyen a una roca específica la elección del emplazamiento.
En 1085, Alfonso VI conquistó el castillo. La plaza pasó después por otra etapa decisiva: en 1212, tras la batalla de las Navas de Tolosa, Alfonso VIII la consolidó. Entre ambas fechas hay más de un siglo de cambios políticos y militares. La Alarilla no fue un decorado inmóvil; su importancia se midió por el control y la consolidación de una plaza dentro del avance de los reinos cristianos hacia el sur. La fortaleza que había reunido el primer núcleo quedó ligada a esa disputa.
La Torre de los Piquillos toma el relevo
En la Baja Edad Media, otro castillo destacó en la historia local: el de Santiago, dependiente de la Orden de Santiago. Hoy se conoce como Torre de los Piquillos. La documentación lo sitúa como enclave estratégico en el avance cristiano sobre Al-Ándalus. No es el castillo de la Alarilla con otro nombre, sino una fortaleza distinta que se incorpora a una secuencia de defensas y cambios de poder.
La diferencia importa también para leer el paisaje actual. La Alarilla ha desaparecido; el castillo de Santiago permanece en estado ruinoso, reconocible como recuerdo de la importancia defensiva de la población durante la Reconquista. La fotografía de la torre y las ruinas permite ver esa presencia en altura, mientras el valle del Tajo ofrece otro plano del municipio. La imagen actual reúne ambos elementos en la mirada, pero no demuestra que la fortaleza se construyera con yeso ni que los materiales municipales clasificados bajo la superficie afloren allí.
De Fuentidueña de Ocaña a la memoria del río
La plaza medieval cambió también de nombre y de organización. En 1328, la población, llamada entonces Fuentidueña de Ocaña por su vínculo jurisdiccional con el arciprestazgo de Ocaña, recibió fueros. El episodio marca un nuevo estado para la comunidad: junto a las fortalezas y a las campañas militares, aparecen formas de reconocimiento y organización local. La historia no se reduce a la vida de los castillos, aunque sus ruinas sean hoy una de sus huellas más visibles.
En la actualidad, el Tajo sigue atravesando el término, y el nombre de la Virgen de Alarilla permanece ligado a una de las celebraciones más singulares de la localidad: la Embarcación, que se celebra desde hace más de cien años. La fiesta fue declarada de Interés Turístico por la Comunidad de Madrid en 2001. El paisaje ya no se cuenta únicamente como escenario de fortalezas: el río participa también en una tradición que lleva el recuerdo de Alarilla hasta el presente.
Así se resuelve el recorrido: la primera fortaleza desapareció, otra quedó en ruinas y la población conservó sus nombres, su historia y su relación con el Tajo. La torre domina todavía el relato desde las alturas; abajo, la depresión del río revela el relieve que acompaña a Fuentidueña. Entre ambos planos, la historia medieval dejó de ser una disputa por una plaza y se convirtió en una huella que aún organiza la memoria del lugar.
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