El Morell perdió campos ante la refinería en un paisaje de arcillas y margas
La refinería ocupó parte de las tierras de cultivo de El Morell y cambió el paisaje del municipio, asentado junto al Francolí. El hilo de esa transformación atraviesa caminos, asentamientos y el terreno que los sostiene.
La antigua muralla del Morell, una huella construida del núcleo histórico organizado alrededor del castillo.
El primer rastro de El Morell no conduce a una plaza, sino a la orilla derecha del Francolí. Allí, en la zona del municipio más próxima al río, aparecieron vestigios romanos: una villa situada dentro del complejo de Repsol Química y un miliario, la piedra que señalizaba la antigua vía entre Tarraco e Ilerda. ¿Qué había en este territorio antes del pueblo medieval? Al menos, una villa y un camino que enlazaba dos ciudades.
El Francolí ya guiaba el paso
La historia romana da al paisaje una primera escala humana. Una villa habla de ocupación; el miliario, de tránsito. No hace falta imaginar una ciudad romana bajo el núcleo actual: la evidencia sitúa esos restos en la franja municipal cercana al río. Pero el camino sí permite seguir una línea clara sobre el mapa: antes del castillo y de las plazas, este territorio formaba parte de una ruta entre Tarraco e Ilerda.
El Francolí no es un decorado añadido a esa historia. El Morell está en su orilla derecha, y los hallazgos romanos se concentran en la zona más próxima al cauce. La relación documentada entre el río y los restos es espacial; no permite atribuir al agua, por sí sola, la fundación posterior del pueblo. Aun así, cuando recorras el municipio, puedes leer la ribera como una puerta antigua de entrada y salida.
También hay una historia más profunda bajo ese paisaje. El estudio geotécnico municipal clasifica el terreno analizado como arcillas y margas sobreconsolidadas, es decir, duras. En lenguaje sencillo, las margas se asocian con fondos marinos poco profundos y tranquilos; las arcillas, con aguas quietas, como las de un lago. Es un paisaje remoto traducido a roca: sedimentos asentados en ambientes mucho más calmados que un río crecido.
La concesión de 1173 puso en marcha otro viaje
Siglos después de la ruta romana, el relato cambia de escala: ya no se trata de atravesar el territorio, sino de quedarse en él. En 1173, Guillem de Torroja, arzobispo de Tarragona, y Alfonso el Casto, rey de Aragón y conde de Barcelona, concedieron libre y franco un trozo de tierra del término del Codony a Berenguer dels Prats y a su mujer, Dolça, para que se establecieran y repoblaran el lugar. El origen documentado de Morell empieza con esa decisión.
La geografía local entró entonces en una historia de emplazamiento y defensa. A finales del siglo XII se construyó el primer castillo en el punto más alto, elegido por ser favorable para defenderse y permitir el desarrollo de un asentamiento alrededor. El edificio principal se encontraba más al norte que el castillo actual, en el lugar donde después quedó un jardín. El núcleo no nació extendido: comenzó concentrado junto a esa altura.
Cuatro casas alrededor del castillo
En la Edad Media, Morell era un conjunto pequeño: el castillo y cuatro casas a su alrededor, en el entorno de las actuales plazas de la iglesia y de la Font. El recuento de focs pasó de 8 en 1358 a 14 en 1497. La cifra no describe una expansión espectacular; muestra, precisamente, lo reducido que era aquel núcleo. El pueblo fue creciendo desde un centro reconocible, no ocupando de golpe toda la ribera.
La vida religiosa también tuvo que encontrar sitio en ese centro. Al principio, los actos se celebraban en el castillo o en una casa particular. En 1357, Eimeric des Prats obtuvo permiso del arzobispo de Tarragona para edificar una iglesia. No se conoce con exactitud cuándo terminó la obra, pero consta que existía antes de 1465. La iglesia actual de San Martín pertenece a otra etapa: se levantó sobre un templo anterior entre 1759 y 1765.
El castillo tampoco permaneció intacto. En el siglo XVIII, la familia Montoliu lo reconstruyó por completo porque el edificio anterior estaba prácticamente en ruinas; además, lo desplazó hacia el sur. En 1794 fue ampliado. Si miras la trama histórica de El Morell, aparecen así dos tiempos superpuestos: el primer castillo, que organizó el núcleo medieval, y las construcciones posteriores que renovaron ese centro.
Casa identificada como la del marqués de Vallgornera, vinculada al tejido de casas que acompañó la expansión del Morell.
La calle de Mestres alargó el pueblo
El Morell empezó a salir de su pequeño núcleo durante el siglo XVI. Al extinguirse el linaje de los Prats, el señorío pasó por herencia a los Terrer, y en esa misma centuria comenzó una expansión urbana considerable hacia las actuales calles Major y de Mestres. Entre 1550 y 1595 se vendieron ocho patios para construir casas; la mitad daba a la calle de la Bassa, hoy llamada de Mestres.
El cambio se puede seguir en nombres concretos. De aquella época destacan las casas Baldrich, de la que se conserva el arco de entrada en la calle Major, y Vallgornera, en la plaza. No eran solo nuevas fachadas: los patios vendidos se convertían en solares edificables y el asentamiento, antes apretado alrededor del castillo, encontraba nuevas calles por las que prolongarse.
La iglesia parroquial de San Martín, levantada sobre un templo anterior en el centro histórico del Morell.
Así se entiende la larga transformación del núcleo: primero, una concesión destinada a poblar; después, un castillo y unas pocas casas; más tarde, solares, viviendas y calles. El relieve proporcionó un punto alto para el primer castillo, mientras que el Francolí y sus inmediaciones guardan los rastros romanos más antiguos citados para el municipio. Son vínculos distintos, pero juntos cuentan cómo se fue ocupando un territorio concreto.
Cuando la refinería desplazó los campos
La última mudanza cambió la escala del paisaje. En la década de 1970 se instaló una refinería en el término municipal y se convirtió en la principal actividad económica de El Morell. Una parte importante de las tierras dedicadas al cultivo se perdió con esa construcción. La transformación ya no consistía en sumar patios a una calle: una instalación industrial alteraba el uso de suelo de una extensión mucho mayor.
La agricultura no desapareció por completo. Quedaron tierras donde se cultivan principalmente avellanos. Esa continuidad permite mirar el cambio sin reducirlo a un antes y un después absoluto: la industria ganó peso y ocupó parte del espacio agrícola, pero el cultivo siguió formando parte del término. El contraste se vuelve más nítido al recordar que el primer núcleo medieval cabía alrededor de un castillo y que, siglos más tarde, el paisaje local podía cambiar a una escala municipal.
¿Qué aporta la geología a ese recorrido? El perfil técnico describe arcillas y margas duras en el terreno estudiado; la explicación de esos materiales remite a aguas tranquilas, a fondos marinos someros y a sedimentos acumulados en ambientes calmos. Es la historia natural del soporte sobre el que se han sucedido la vía romana, el asentamiento medieval, las calles de expansión y los campos. No convierte a las rocas en causa de cada decisión humana: permite reconocer que todas esas etapas ocurrieron sobre un suelo con una historia mucho más antigua.
El Morell empezó a crecer cuando una concesión invitó a dos personas a repoblar una tierra del Codony; luego se extendió desde el castillo y, mucho después, cedió parte de sus campos a la industria. Al recorrer sus calles o acercarte al Francolí, el paisaje reúne esas escalas: el terreno sedimentario, la ruta romana y un pueblo que ha cambiado de forma sin borrar del todo sus huellas.
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