Dueñas, la fortaleza que bajó del cerro
En Dueñas, el Pico de El Castillo conserva el nombre de una fortaleza que ya no está. Sus piedras cambiaron de destino en el siglo XIX, mientras la villa seguía creciendo entre el cerro y el paso del Pisuerga.
El grabado de Dueñas publicado en 1808 muestra la villa al pie del cerro y la fortaleza que dominaba su perfil.
Desde el Pico de El Castillo, Dueñas parece desplegarse en una pendiente que baja hacia el Pisuerga. La fortaleza que dio nombre al cerro desapareció en el siglo XIX; sus piedras acabaron en otra obra, el Canal de Castilla. Quedó el nombre, quedó la forma del relieve y quedó una pregunta que el paisaje ayuda a responder: ¿por qué levantaron aquí una plaza fortificada?
La respuesta empieza por dos rasgos muy visibles. La villa se asienta en las faldas de un cerro y se encuentra junto a uno de los principales vados del Pisuerga. Un vado es un lugar por donde se puede cruzar un río; en Dueñas, ese paso convirtió la posición del pueblo en un punto estratégico del Duero medio. El cerro y el río no cuentan por sí solos toda la historia, pero sitúan sus piezas sobre el terreno.
El Pico de El Castillo vigila el paso
La fortaleza ocupaba la cima del cerro que hoy conocemos como Pico de El Castillo, a 852 metros de altitud. Desde allí, el asentamiento quedaba ligado a una elevación concreta, mientras el Pisuerga abría el valle a sus pies. En el término municipal, el relieve alcanza los 871 metros en un cerro próximo y desciende hasta los 700 metros junto al río. Entre esos niveles hay una diferencia de 171 metros: un paisaje de alturas y fondos de valle, no una llanura uniforme.
A finales del siglo IX, Alfonso III el Magno repobló la villa como plaza fortificada en uno de los vados principales del río, dentro de la línea defensiva del Duero medio. El paso y la fortaleza aparecen unidos en esa fundación: el río era una vía que había que cruzar y el cerro ofrecía el emplazamiento de la plaza. No hace falta imaginar muros, guardias o combates concretos para entender qué estaba en juego: asegurar un lugar de paso en una posición estratégica.
La geografía de Dueñas rebasa ese único cerro. El municipio comprende los valles del Carrión y del Pisuerga, además de páramos y oteros dispersos propios de El Cerrato; la localidad se encuentra en la frontera entre esta comarca y Tierra de Campos. En ese mosaico, el Pisuerga da escala al episodio de la fortaleza: el vado explica la importancia del lugar, mientras el cerro identifica el punto elevado en torno al que se asentó la villa.
Una villa con huellas de muchas épocas
El término municipal reúne yacimientos arqueológicos prehistóricos, celtibéricos, romanos y visigodos. Son huellas de distintas épocas, no una prueba de que la misma comunidad habitara sin interrupción el cerro. La repoblación de finales del siglo IX marca otro capítulo, reconocible por la plaza fortificada y su relación con el paso del Pisuerga. Así, el paisaje conserva una historia larga, pero cada etapa debe leerse con su propio alcance.
Con el tiempo, Dueñas fue también villa realenga, es decir, perteneciente al patrimonio del rey. La Corona tuvo allí propiedades como un palacio, una bodega y un monte, y la villa ocupó un lugar destacado como cruce de caminos y parada de la itinerante corte castellana en el camino real de Burgos. El vado seguía siendo una referencia del emplazamiento; los caminos ampliaban esa posición más allá del entorno inmediato del río.
Qué materiales hay bajo Dueñas
El relieve se apoya en un sustrato variado. La clasificación geotécnica del término asigna un 60,26 % a calizas, dolomías y mármoles; un 21,23 % a gravas y arenas compactas, y un 5,71 % a yesos, anhidrita y sales. Las calizas, dolomías y mármoles son materiales carbonatados; las gravas y arenas compactas son sedimentos de grano grueso. La clasificación describe el conjunto municipal: no permite afirmar qué material hay bajo la fortaleza ni de qué roca estaban hechas sus piedras.
También señala que las formaciones yesíferas y carbonatadas están poco o casi nada karstificadas, aunque pueden presentar algún sistema aislado. La karstificación es la disolución lenta de rocas solubles por el agua, capaz de abrir conductos o huecos. Aquí, el dato pone una medida concreta a ese proceso: no se describe como una transformación generalizada del municipio. Para entender el episodio de la fortaleza, lo más firme sigue siendo la relación entre el cerro, el vado y el valle.
En las afueras altas de Dueñas hay además cuevas y bodegas subterráneas, parte reconocible de su arquitectura popular. Esas construcciones muestran otro modo de ocupar las laderas: en vez de alzarse sobre ellas, se hunden en el terreno. La presencia de bodegas no identifica por sí sola el tipo de roca excavado en cada lugar, pero sí acerca el relato al paisaje que aún acompaña a la villa.
Una bodega en las zonas altas de las afueras de Dueñas, parte de las construcciones subterráneas que forman parte de la arquitectura popular de la villa.
Del realengo a la resistencia señorial
En el siglo XV, Juan II cedió Dueñas a los Acuña, condes de Buendía, que la hicieron cabeza de sus estados señoriales. La villa alcanzó entonces años de especial esplendor y acogió acontecimientos importantes. Pero el cambio de señor no fue una transición aceptada sin resistencia: los habitantes se opusieron tenazmente a la señorialización. El conflicto enfrentó la condición realenga que la villa había tenido con el nuevo poder señorial, sin borrar la importancia estratégica que había dado valor al lugar.
La oposición no impidió que Dueñas conservara ese estatus durante el Antiguo Régimen. La salida llegó en el siglo XIX, cuando las medidas liberales abolieron el régimen señorial y la villa se constituyó como ayuntamiento constitucional en 1835. El desenlace fue político y dejó una nueva forma de gobierno local; no cambió la posición del pueblo entre el cerro, los caminos y el Pisuerga.
Las piedras del castillo toman otro camino
En ese mismo siglo XIX, la fortaleza de la cima desapareció. Sus piedras se utilizaron en la construcción del Canal de Castilla. El cerro perdió así el edificio que le había dado nombre, mientras sus materiales pasaban a formar parte de una obra distinta. Es el cambio más visible en la historia del Pico de El Castillo: la fortaleza dejó de dominar la cima, pero su piedra no quedó fuera de la historia de Dueñas.
El final de la fortaleza no borró el emplazamiento que había hecho posible la plaza. El pueblo sigue asentado en las faldas del cerro; el Pisuerga continúa dando forma al valle y el nombre del pico conserva la memoria del edificio desaparecido. Al pie de la altura, las bodegas subterráneas ofrecen otra huella de cómo se ha ocupado este relieve. Donde antes se reconocía una fortaleza, hoy queda el cerro: una presencia hecha de terreno, nombre y piedra reutilizada.
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