Benirredrà, la alquería bajo Falconera
En la vertiente de la Falconera, una alquería dependiente de Bairén atravesó cambios de jurisdicción y una ruptura demográfica que alteró quién vivía en ella. La llanura y el regadío del Vernisa forman el escenario local de esa historia.
Una plaza del núcleo de Benirredrà, abierta entre las fachadas del casco urbano.
Benirredrà ocupa un término pequeño, completamente rodeado por Gandia, en la comarca de la Safor. Su superficie es mayoritariamente llana, con pequeñas ondulaciones hacia el oeste, y se extiende por la vertiente oriental de la sierra de Falconera. En este paisaje, la historia del pueblo no empieza con un castillo dentro del núcleo, sino con una alquería vinculada a una fortaleza cercana: Bairén. La distancia entre el asentamiento y su centro de poder ayuda a entender el primer capítulo de Benirredrà: una comunidad local cuya jurisdicción y señorío cambiarían varias veces.
De la alquería de Bairén al señorío
La historia local sitúa el origen de Benirredrà en una alquería islámica dependiente del castillo de Bairén. Una alquería era un asentamiento rural; aquí, el dato marca el comienzo conocido de un lugar que más tarde aparece en los registros como señorío. La geografía actual ofrece un marco para seguir esa evolución: una llanura junto a la vertiente de una sierra y un término encajado en el de Gandia. No hace falta imaginar una fortaleza dentro del pueblo para reconocer la importancia que tuvo Bairén en su origen: la relación de dependencia está expresamente documentada.
En 1323, Jaime II concedió el señorío a su hijo Pere de Ribagorza. Catorce años después, en 1337, Pere lo cedió a Guillem de Gascó. Las fechas dibujan una primera cadena de cambios de titularidad, pero no una transformación del relieve: el mismo asentamiento rural pasó a manos distintas. Más tarde, la propiedad estuvo en poder de los condes de Cardona. En 1503 la vendieron a María Enríquez y de Luna, duquesa de Gandía. Benirredrà quedó así ligado a sucesivas casas señoriales, mientras la vida del lugar continuaba en una escala mucho más pequeña que la de quienes ejercían el poder.
Una jurisdicción compartida
Durante el siglo XIV, el gobierno de Benirredrà no estuvo reunido en una sola autoridad: la jurisdicción se compartió entre los jurados de la villa de Onteniente y el Capítulo de la Sede de Valencia. Ese reparto añade una tensión distinta a la sucesión de propietarios. Sobre un mismo pueblo actuaban dos poderes, y el señorío concedido por Jaime II no equivale, por sí solo, a un mando local único. La historia política del lugar avanzó entre concesiones y jurisdicciones compartidas; siglos después, Francesc Escrivá sería quien unificase el poder señorial.
La mezquita bajo la iglesia de 1535
En 1535 se construyó la iglesia parroquial de San Lorenzo Mártir sobre una antigua mezquita. La superposición está documentada y deja una huella concreta de cómo cambió el uso religioso del lugar: un edificio cristiano ocupó el emplazamiento de uno anterior. La fecha es anterior a la expulsión de los moriscos, que provocaría la crisis demográfica más severa descrita en la historia de Benirredrà. La iglesia y la alquería pertenecen a una misma historia local, pero no son la misma cosa: el dato de construcción habla del edificio y su emplazamiento, no identifica los materiales geológicos de sus muros.
La expulsión rompe la comunidad morisca
En el momento de la expulsión de los moriscos había en Benirredrà 60 familias moriscas. Ninguna de esas familias quedó, y la expulsión provocó una fuerte crisis demográfica y económica. La ruptura afectó a la comunidad que hasta entonces habitaba el pueblo. La historia distingue, además, a los cristianos nuevos que permanecieron: eran muy pocos y muy jóvenes, niños. Así, la salida de las familias moriscas no debe confundirse con la desaparición absoluta de toda presencia humana en el lugar.
Después, la antigua alquería fue repoblada, probablemente con inmigrantes genoveses, gandienses y mallorquines. La atribución es probable, no una lista segura de cada familia que llegó. Algunos de los nuevos habitantes cultivaban tierras de regadío, una actividad que enlaza el poblamiento con el paisaje agrícola de Benirredrà. No se trató de un regreso inmediato de la comunidad anterior: quienes se asentaron después formaban otra población, y los pocos cristianos nuevos que habían quedado eran niños. La ruptura fue demográfica y económica; la repoblación abrió una etapa distinta.
Treinta y siete años después de la expulsión, en Benirredrà había tan solo 30 familias. La cifra muestra cuánto tardó en recomponerse el poblamiento y deja ver que la recuperación no había devuelto el lugar al número de familias que tenía antes de la expulsión. La alquería siguió habitada, pero con una comunidad diferente y más pequeña según el recuento disponible. Ese resultado es el desenlace inmediato de la crisis: no la desaparición del asentamiento, sino su repoblación parcial tras una pérdida profunda.
Mucho después, otro edificio añadió una nueva capa a la historia del núcleo. El convento de las Esclavas del Sagrado Corazón se construyó en 1908; durante la Guerra Civil española se utilizó como hospital y actualmente forma parte del colegio de las Esclavas y se emplea para actos religiosos. Su iglesia neogótica destaca por las dos torres gemelas y el rosetón de la fachada.
La fachada neogótica de la iglesia del convento de las Esclavas, con sus torres gemelas. El convento, construido en 1908, suma otra etapa a la historia del núcleo.
La llanura bajo Benirredrà
La forma del término ayuda a situar estos episodios sin convertir el relieve en una causa que las fuentes no describen. Benirredrà es llano en casi toda su extensión y presenta ondulaciones pequeñas hacia el oeste; al este se encuentra la vertiente de la Falconera. En el paisaje municipal conviven, por tanto, una superficie de escaso relieve y el borde de una sierra. Esta descripción geográfica cuenta dónde se desarrolló la vida del pueblo, mientras que la historia de la alquería, sus autoridades y sus habitantes explica cómo cambió esa vida.
El estudio geotécnico de Benirredrà identifica, a escala municipal, calizas, dolomías y mármoles; arcillas expansivas blancas o blandas; y arenas finas y limos. No se trata de un único material que pueda atribuirse sin más a cada calle o edificio. La clasificación ofrece un retrato más variado del subsuelo del término: rocas carbonatadas en una categoría, materiales arcillosos en otra y sedimentos finos en una tercera. Las arcillas expansivas reciben ese nombre por su capacidad de cambiar de volumen con la humedad; la ficha las registra como una categoría municipal, no como una descripción de cada parcela.
El mismo estudio describe las formaciones carbonatadas como poco o casi nada karstificadas, aunque señala que puede existir algún sistema kárstico aislado localmente. La karstificación es la disolución de roca carbonatada por el agua, un proceso que puede abrir huecos y conductos. Aquí, la caracterización indica que ese modelado es escaso en el conjunto descrito y que los sistemas aislados no equivalen a un paisaje dominado por cavidades. Calizas, dolomías y mármoles forman parte del escenario geológico local; la información disponible no los asigna al emplazamiento de la iglesia ni a otro edificio concreto.
El Vernisa riega los campos
El agua aparece en la vida actual del pueblo con una función precisa: el regadío utiliza aguas del río Vernisa. En esas tierras se cultivan cítricos, hortalizas y frutales. La relación documentada entre río y cultivos ofrece una forma cercana de entender el paisaje habitado: junto a la llanura y las ondulaciones del término, el agua sostiene una actividad agrícola que sigue formando parte de la economía local. No hace falta atribuir al río la forma de cada terreno para reconocer su papel en los campos de Benirredrà.
El regadío también ayuda a volver a la alquería del comienzo. La historia registra que algunos habitantes de la repoblación cultivaban tierras regadas; hoy, el Vernisa sigue siendo la fuente de agua para cultivos del municipio. Entre ambos momentos hay siglos de cambios de población y de poder, no una continuidad demostrada de las mismas familias o parcelas. Lo que permanece en el relato es una relación local con la tierra cultivada y con el agua que la riega.
El señorío acaba, el pueblo permanece
A finales del siglo XVII, Francesc Escrivá unificó el poder señorial. A finales del XVIII, los Escrivá emparentaron con los condes de Rótova, y el señorío de Benirredrà permaneció bajo esa casa hasta la disolución de los señoríos en el siglo XIX. La prolongada cadena de titulares y jurisdicciones compartidas llegó así a un final institucional: el señorío dejó de organizar el dominio del lugar. No revirtió la expulsión ni devolvió a la comunidad morisca; resolvió otro conflicto, el del poder señorial fragmentado y heredado.
Benirredrà atravesó esa ruptura demográfica, recibió nuevos habitantes y pasó por varias casas señoriales antes de que se disolvieran los señoríos. Hoy sigue siendo un municipio de la Safor, rodeado por Gandia, con cultivos de regadío alimentados por el Vernisa; la población registrada para 2025 es de 1.576 habitantes. La alquería dependiente de Bairén ya no es el pequeño asentamiento que inició esta historia. Bajo la Falconera, la llanura conserva el escenario de sus cambios: la comunidad se transformó, el señorío terminó y el pueblo permaneció.
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