Balazote, tres ventanas bajo la llanura
Balazote se extiende entre la llanura y el cauce del Don Juan, pero bajo esa superficie los sondeos encuentran gravas, arenas, yesos y calizas. Tres perforaciones permiten asomarse a un subsuelo diverso que acompaña al pueblo desde su paisaje hasta sus capas profundas.
Balazote visto desde una de sus calles de entrada: el casco urbano y las lomas próximas comparten la panorámica.
En Balazote, la primera impresión es de amplitud: el casco urbano se alza a 760 metros, en un término de relieve predominantemente llano. Basta mirar hacia el oeste para encontrar otra escala. El cerro de San Cristóbal alcanza 873 metros; hacia el río Don Juan, o río Jardín, el terreno desciende hasta los 730. Entre ambos extremos hay 143 metros de diferencia. El río cruza el municipio desde el exclave de El Jardín hacia el canal de la Lobera. La llanura, por tanto, no es una mesa sin variaciones: tiene una corriente que la atraviesa y cerros que rompen su perfil.
Del cerro San Cristóbal al río Don Juan
Ese paisaje visible es solo el comienzo. Una caracterización geotécnica del término municipal ordena los materiales del terreno en varias categorías. La más extensa corresponde a gravas y arenas compactas, con el 51,70 %. A continuación aparecen yesos, anhidrita y sales, con el 21,84 %, y calizas, dolomías y mármoles, con el 10,68 %. La clasificación también recoge arenas finas y limos, arcillas expansivas y arcillas con margas. Bajo el mismo municipio se reúnen, pues, materiales de tamaños y características distintos: desde fragmentos gruesos hasta sedimentos finos y rocas carbonatadas.
Las palabras describen diferencias concretas. La grava está formada por fragmentos mayores que los granos de arena; llamar compactas a gravas y arenas señala que esos materiales están apretados. Yeso, anhidrita y sales nombran otra familia de materiales, mientras que calizas, dolomías y mármoles identifican rocas carbonatadas. No hace falta convertir todo el término en una sola roca para reconocer el contraste: la superficie llana cubre un terreno variado. Esta clasificación municipal ofrece una imagen general, no una etiqueta que pueda asignarse automáticamente al subsuelo de cada parcela.
La diferencia importa en un municipio donde la agricultura es la actividad principal y el regadío tiene un peso destacado; el ajo es su cultivo más señalado. Balazote cuenta también con industrias relacionadas con la construcción y con manufacturas de carpintería y mueble. Son actividades distintas, pero todas pertenecen a un lugar concreto, con sus elevaciones, su cauce y sus materiales. La información del terreno no explica por sí sola cómo se cultiva ni qué hay bajo cada edificio; sí ayuda a entender que el suelo local no es una superficie uniforme.
En la vista de aproximación, las casas aparecen reunidas frente a las lomas y los campos. Esa imagen cotidiana permite volver a la pregunta que abre el paisaje: ¿qué hay debajo de una llanura que, al medirla, revela tantos materiales diferentes?
Una vista de aproximación a Balazote, con el caserío entre campos y una elevación arbolada en el paisaje.
Tres sondeos abren ventanas al subsuelo
La respuesta llega desde tres sondeos registrados por el IGME. No son tres tramos consecutivos de un mismo pozo, sino tres puntos distintos: Las Ideas, La Herrera 7 y Molino del Cubo. El más profundo, Las Ideas, alcanza 511,5 metros; La Herrera 7 llega a 142 metros y Molino del Cubo, a 160. Su profundidad media es de 271,2 metros. Cada perforación abre una ventana vertical en un punto concreto, y juntas acercan a Balazote una imagen más profunda que la del relieve visto desde la superficie.
También cambia la posición del agua registrada en esos puntos. En Las Ideas aparece a 3 metros; en Molino del Cubo, a 15,7, y en La Herrera 7, a 37,2 metros. La media de los tres registros es 18,6 metros. La distancia entre esas mediciones es una pista importante: el agua no aparece a una profundidad idéntica en los tres sondeos. El dato acompaña al retrato de un subsuelo que varía de un lugar a otro, aunque los registros no convierten esos tres puntos en una descripción completa de cada rincón del municipio.
En superficie, el Don Juan conduce la mirada desde El Jardín hacia el canal de la Lobera, mientras San Cristóbal marca la cota más alta consignada para el término. En profundidad, los sondeos ponen nombres y medidas a otra dimensión del mismo paisaje. No cuentan una sucesión única que pueda trasladarse sin más de un punto a otro: muestran tres exploraciones separadas, con profundidades distintas y niveles de agua diferentes. Esa es la primera resolución del contraste entre la llanura que parece homogénea y el terreno que se deja medir por partes.
El registro sísmico incorporado al estudio ofrece otra señal, esta vez breve. Para los últimos 30 años y un umbral mínimo de magnitud 1,5, consta un evento: magnitud 1,7, registrado por el IGN el 3 de noviembre de 2025, a 3,9 kilómetros de profundidad. Es una cifra pequeña frente a la escala de las perforaciones, pero añade una fecha precisa a la historia reciente del subsuelo. La imagen local no se reduce al silencio ni a una gran sacudida: aquí, la información más extensa procede de los materiales y de los sondeos.
La Bicha guarda el rastro de otro tiempo
Balazote tiene también una huella humana que viajó lejos de su lugar de origen. Los restos arqueológicos del municipio remontan la historia de la población al menos 2.500 años, y entre ellos destaca la Bicha de Balazote, una escultura ibérica hallada en el término municipal y datada en el siglo VI antes de Cristo. Hoy está depositada en el Museo Arqueológico Nacional, en Madrid, desde 1910. La pieza ya no forma parte del paisaje cotidiano del pueblo, pero su nombre mantiene un vínculo directo con Balazote.
Mucho después de aquella época ibérica, los mosaicos romanos hallados en el municipio dejaron otra señal de ocupación. Se fechan en el periodo en que Balazote estaba situado en la Vía Heráclea. La escultura y los mosaicos no explican cómo se formaron las gravas, las arenas o las calizas; sí sitúan a las personas en este territorio a través de huellas distintas. Una es una figura singular que salió del municipio y permanece en Madrid; las otras son restos asociados a una vía de comunicación romana.
De Alcaraz a la Balazote actual
En los siglos posteriores, el control político de la comarca cambió de manos. Tras la conquista musulmana de 711, la zona perteneció al Califato de Córdoba y, más tarde, a los reinos de taifas y a los imperios almorávide y almohade. En 1213, Alfonso VIII conquistó Alcaraz, desde donde podía dominarse la comarca. Balazote fue primero una aldea dependiente de esa plaza; en 1310, Fernando IV la donó a la Orden de Santiago. En el siglo XV pasó a ser señorío de don Rodrigo Manrique, conde de Paredes de Nava.
Las fechas cuentan una sucesión de cambios de autoridad, no una transformación geológica concreta. Mientras las villas y los señoríos ordenaban el territorio, el relieve que hoy permite distinguir el cerro, la llanura y el río seguía siendo el escenario local. En época más reciente, la agricultura y el regadío han marcado la actividad económica, junto con las industrias de la construcción y las manufacturas. La Bicha, los mosaicos y las tres perforaciones pertenecen a relatos diferentes; juntos acercan tres escalas del lugar: las personas, la superficie y lo que se encuentra bajo ella.
Al volver mentalmente a la carretera de entrada, el pueblo vuelve a parecer recogido entre campos y lomas. Pero la vista ya no agota Balazote. Bajo esa superficie, los materiales se diversifican y tres sondeos registran profundidades y presencias de agua distintas. La llanura sigue siendo la imagen reconocible; las ventanas bajo ella muestran por qué el suelo del municipio tiene más de una historia.
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