Astudillo, el laberinto bajo la villa
Bajo las calles de Astudillo se extiende una red de galerías de más de dos kilómetros, con pasadizos abovedados y una vida ligada al vino. Seguirla conduce desde el subsuelo construido hasta el paisaje de páramos, vegas y materiales diversos que marca el encuentro entre el Cerrato y Tierra de Campos.
Panorámica de Astudillo desde La Mota: las calles de la villa se recortan ante el paisaje abierto del término municipal.
La Astudillo que se ve desde La Mota tiene una segunda trama bajo los pies. No es una imagen figurada: bajo la villa se ha documentado una red de galerías que supera los dos kilómetros. Sus pasadizos de sillería, cubiertos por bóvedas de cañón o apuntadas, forman una arquitectura subterránea que acompaña a las calles medievales de arriba. El recorrido de esta historia lo protagoniza esa red, construida en un terreno que también ofrecía cuevas y bodegas, y transformada con el tiempo en espacio de crianza para los vinos locales.
La villa creció en dos niveles
Astudillo se asienta en un paisaje de transición. Al este de Palencia, el término municipal participa de los rasgos del Cerrato y de Tierra de Campos; sus llanuras se alternan con pendientes y páramos calcáreos. La localidad conserva una trama urbana medieval y, bajo ella, galerías que la información turística sitúa como posiblemente iniciadas en la Edad Media. Esa cautela importa: la red está documentada, pero su origen medieval se plantea como posibilidad, no como una fecha segura para cada tramo.
En superficie, la villa dejó otras señales de su crecimiento. Su repoblación medieval se sitúa en el último tercio del siglo IX, y Alfonso VII concedió a Astudillo los fueros de Castrojeriz en 1147. Más tarde se levantaron las murallas, de las que permanecen tramos y la puerta de San Martín; el castillo de La Mota ocupó un montículo que hoy queda dentro del casco urbano. El subsuelo no sustituyó a esa villa: añadió otro nivel de trabajo y de aprovechamiento, menos visible pero extenso.
Las galerías no se presentan como una sola obra con un único uso demostrado. El conjunto se describe como pasadizos de piedra con distintos tipos de bóveda, mientras que las bodegas tradicionales de La Mota y El Altillo constituyen espacios subterráneos reconocibles por separado. Junto a ambas, la tradición local ha aprovechado las galerías para criar tintos y claretes. En ese vínculo entre excavación, construcción y vino está el conflicto de la historia: abrir y utilizar el subsuelo sin perder el espacio que hace posible esa actividad.
El terreno cambia antes de llegar a la galería
Para entender el escenario hay que alejar un poco la mirada. En el término municipal predominan los terrenos calizos; también se describen materiales arcillosos y silíceos. Los páramos calcáreos forman una de las figuras características del paisaje cerrateño, mientras que hacia el sur gana presencia el carácter terracampino. En el municipio, las cotas van desde los 909 metros del pico de Pau hasta los 750 metros a orillas del Pisuerga: entre ambas alturas se ordenan lomas, superficies llanas y vegas.
La clasificación geotécnica interna distingue, a escala municipal, calizas, dolomías y mármoles (40,87 %), además de gravas y arenas compactas (35,39 %); también registra yesos, anhidrita y sales (12,30 %). Son familias de materiales distintas: las rocas carbonatadas incluyen calizas y dolomías, mientras que gravas y arenas son sedimentos, aquí descritos como compactos. Estos porcentajes caracterizan el conjunto estudiado, no identifican automáticamente el material de cada galería. El dato útil para esta historia es la variedad del sustrato: la villa se encuentra en un territorio donde conviven roca y sedimentos, no sobre una superficie uniforme.
El agua también dibuja el marco local. Arroyos como los de Pargoño, Palacios, Vallecedillo, Espinosilla y del Val alimentan cauces que desembocan en el Pisuerga; el río atraviesa la parte noreste del término. En sus vegas aparecen entornos de vegetación frondosa, distintos de los páramos abiertos. Este contraste ayuda a leer el territorio: una misma localidad enlaza alturas calcáreas, terrenos de transición y zonas próximas a corrientes de agua. Pero no permite atribuir a una roca concreta la forma de las galerías; la evidencia disponible describe su arquitectura y su uso, no el material geológico exacto de sus paredes.
La Plaza Mayor reúne fachadas y soportales que muestran el uso de piedra y ladrillo en la arquitectura tradicional de Astudillo.
Piedra, ladrillo y una obra bajo tierra
La mezcla de materiales del paisaje reaparece, con otra escala, en la arquitectura de Astudillo. La arquitectura tradicional combina soluciones asociadas al Cerrato y a Tierra de Campos. En la Plaza Mayor y la calle Fernando Monedero hay casas con soportales de pilares y columnas de piedra; sobre ellos se levantan pisos de ladrillo, con balcones de forja y molduras de yeso. Algunas de esas viviendas parecen corresponder a los siglos XVIII y XIX. No son una prueba de cómo se construyeron las galerías, pero sí muestran que la villa trabajó con materiales y técnicas diferentes incluso dentro de una misma fachada.
Las casas solariegas hacen más visible la piedra labrada. Una gran casa de los condes de Castrojeriz y marqueses de Camarasa, en la Plaza Mayor, fue construida en el siglo XVIII con sillería de piedra caliza. La sillería es piedra cortada en bloques regulares, colocados para formar muros; en los pasadizos subterráneos también se describen piezas de sillería y bóvedas. Una bóveda de cañón cubre el paso con una superficie curva continua; la apuntada reúne dos arcos que se encuentran en una punta. En Astudillo, esa forma construida transforma un recorrido bajo tierra en una galería reconocible, no en un simple hueco.
La comparación permite apreciar la ambición de la obra sin adjudicarle una explicación que no está documentada. Arriba, los soportales abren un espacio de paso y actividad comercial; abajo, los pasadizos prolongan una arquitectura cubierta a lo largo del subsuelo. La piedra trabajada y la continuidad de las bóvedas son la huella visible de un espacio construido. No sabemos que todas las galerías se excavaran en la misma roca ni que respondieran a una única campaña; sí sabemos que la red tiene más de dos kilómetros documentados y que el subsuelo se convirtió en parte de la vida cotidiana de la villa.
El vino encontró su lugar bajo la villa
El uso que devuelve esas galerías a la vida local es el del vino. La información turística señala que los astudillanos han utilizado los pasadizos para criar tintos y claretes, y recuerda también las bodegas tradicionales excavadas en La Mota y El Altillo. El viñedo tuvo importancia en estas tierras hasta tiempos recientes. Así, la red subterránea no se entiende solo por su extensión: importa porque el espacio construido siguió teniendo una función vinculada a una actividad arraigada en la comarca.
En ese uso se cruzan las dos escalas de Astudillo. El relieve municipal alterna páramos y vegas; la población, en cambio, concentra casas, monumentos y accesos en una trama compacta. Las galerías llevan esa concentración hacia abajo. El vino ocupa un espacio protegido por la arquitectura subterránea, mientras que la superficie conserva señales de otras etapas: la muralla medieval, el castillo en La Mota, las iglesias y las casas de piedra y ladrillo. El subsuelo no explica por sí solo el origen de la villa, pero sí añade una pieza material a su historia y a la forma de aprovechar el lugar.
Lo que permanece en la Astudillo actual
El resultado no fue una ciudad abandonada bajo tierra, sino una red que sigue formando parte del patrimonio de Astudillo y un conjunto de bodegas tradicionales que conserva el recuerdo del viñedo. Las galerías, con más de dos kilómetros documentados, enlazan la historia urbana con la crianza de vinos; las bodegas de La Mota y El Altillo recuerdan otro modo de ocupar el subsuelo. Mientras tanto, en la superficie, la puerta de San Martín y los restos de muralla mantienen visible la antigua villa cerrada, y el montículo del castillo ha quedado incorporado al casco urbano.
Desde La Mota, la panorámica reúne tejados, calles y el paisaje abierto del municipio. Debajo de esa vista permanece la otra Astudillo: una obra de piedra y bóvedas puesta al servicio de usos que cambiaron con los siglos, pero no borraron su huella. El laberinto no es una leyenda escondida bajo la villa; es una parte construida de su historia.
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