Aspe puso el Tarafa a trabajar para que naciera la huerta
En las acequias Aljau y Fauquí todavía perduran los nombres de una decisión antigua: conducir el agua del Tarafa hacia las huertas. ¿Cómo pudo ese corredor fluvial sostener rutas, asentamientos y cultivos durante tantos siglos?
Fachada de la basílica de Nuestra Señora del Socorro, cuya obra se inició a finales del siglo XVII, después de la repoblación de Aspe.
En Aspe, el Tarafa entra en la historia como agua conducida, no como un simple borde del paisaje. ¿Qué hizo que este lugar reuniera caminos, pobladores y campos de cultivo? La respuesta empieza en el pasillo natural del Vinalopó, que enlaza el interior con la costa, y continúa en una tarea mucho más concreta: encauzar el agua que antes discurría libremente para regar las huertas.
El Vinalopó abrió una ruta hacia la costa
Un río también puede ser un camino. El corredor natural del Vinalopó comunicó desde antiguo el interior y la costa, y la situación de Aspe en ese paso influyó decisivamente en el origen de la población. No era solo una ventaja para viajar: el paisaje reunía un itinerario y un curso de agua, dos condiciones que ayudaron a hacer de este lugar un punto de encuentro.
La huella de esa función aparece en distintas épocas. El antiguo emplazamiento de Aspis fue una de las posadas de la Vía Augusta romana. La ruta no convierte por sí sola a Aspe en una ciudad romana, pero sí sitúa el asentamiento dentro de una vía de comunicación antigua. Para quien recorriera el corredor, el lugar formaba parte de un trayecto mayor, tendido entre el interior y el litoral.
Mucho antes de esa ruta, el territorio ya había atraído población. Los restos más antiguos mencionados en la historia local proceden del Paleolítico y se encontraron en el peñón de la Ofra, en la cueva del Rollo o del Sol. Más tarde, durante la Edad del Bronce, aumentó notablemente la densidad de población. Los hallazgos del Tabayá y del Murón de La Horna dan testimonio de esa presencia.
El relieve no es un decorado añadido a esa secuencia: el asentamiento paleolítico se localiza en un peñón y una cueva, mientras que el corredor del río articuló los desplazamientos. La evidencia permite reconocer una relación concreta entre el territorio y la ocupación humana: Aspe estaba en un paso natural, y sus primeros pobladores conocidos dejaron huellas en lugares identificables del municipio.
La Ofra y Tabayá guardan dos escalas de tiempo
En Aspe, una cueva y un poblado de la Edad del Bronce acercan dos maneras distintas de leer el paisaje. La Ofra remite a las primeras evidencias de presencia humana citadas para el municipio; Tabayá y el Murón de La Horna, a una etapa en la que la población se hizo más densa. No hace falta imaginar una continuidad sin interrupciones: son pruebas de ocupación en momentos diferentes, inscritas en el mismo territorio.
Tabayá vuelve a aparecer en la historia mucho después. Allí se han identificado restos de una vivienda tardorromana. En Vistalegre, por su parte, hay una necrópolis de época altomedieval con ajuares funerarios hallados en 63 tumbas. Son lugares y vestigios diferentes, pero ambos recuerdan que la vida en Aspe no dependió de un solo episodio ni de una sola cultura.
El corredor siguió conectando comunidades. En el siglo VIII, Aspe quedó integrado en la Cora de Tudmir, una provincia musulmana. En el siglo XI formó parte del reino taifa de Denia; entonces aparece el nombre «Asf», citado por el geógrafo árabe Al-Udri, en el itinerario entre Murcia y Valencia. La ruta seguía siendo importante, pero la relación con el agua iba a transformar también el paisaje habitado.
El Tarafa dejó de correr libremente
La transformación decisiva fue conducir el agua. En época árabe, los habitantes canalizaron el caudal del Tarafa hacia las huertas desde cotas más altas. El agua, que antes discurría libremente, quedó encauzada para el riego. Las acequias Aljau y Fauquí conservan los nombres de esa red y permiten reconocer en el paisaje actual una obra ligada a la agricultura.
¿Qué cambió al llevar el agua hacia los campos? La historia local señala el resultado: se creó una huerta fértil, regada por esas acequias. No se trata de atribuir al río cualquier cambio posterior, sino de seguir una relación documentada entre agua, riego y cultivo. El Tarafa aportaba el recurso; el encauzamiento lo acercaba a las tierras que debían producir.
También se fundó el Aspe nuevo, mientras el asentamiento antiguo quedó conocido durante siglos como «El Azp Viejo». Los topónimos y las acequias conservan así dos rastros distintos: el de una población que se desplazó y el de una infraestructura que organizó el uso del agua. Si hoy sigues esos nombres, recorres una historia en la que el río dejó de ser solo parte de la ruta y pasó a trabajar dentro de la huerta.
La geografía y la intervención humana se encuentran aquí sin necesidad de convertir una en explicación total de la otra. El Vinalopó ofrecía el paso natural; el Tarafa aportaba agua; las acequias la distribuían. Esa combinación ayuda a entender por qué Aspe fue a la vez lugar de tránsito y asentamiento agrícola, aunque cada uno de esos rasgos tenga su propia historia.
La huerta tuvo que volver a empezar
En 1250, aproximadamente, Aspe fue conquistada para la Corona de Castilla tras los acuerdos asociados al Tratado de Almizra. En el siglo XI la localidad había aparecido como parte de una ruta entre Murcia y Valencia; siglos después, el cambio de dominio político no borró ni el corredor ni la importancia de las tierras de cultivo. El agua seguía siendo un recurso esencial para la vida agraria.
La ruptura más brusca llegó en 1609, cuando fueron expulsados 1.800 vecinos moriscos. Quedaron poco más de 250 cristianos y las labores agrícolas se paralizaron, junto con buena parte de las actividades económicas. La cifra importa por su consecuencia local: no fue únicamente un cambio de población, sino un golpe a una economía que dependía del trabajo de la tierra.
La respuesta institucional llegó con la Carta Puebla, fechada el 22 de mayo de 1611. El duque de Maqueda ofreció lotes de tierras a los nuevos pobladores. Aspe recibió habitantes procedentes sobre todo de Torrijos, además de personas de localidades valencianas y murcianas. La repoblación volvió a vincular el destino de las familias con las parcelas y el trabajo agrícola, aunque no borró de inmediato la interrupción provocada por la expulsión.
La recuperación también dejó una huella en el centro urbano. La casa consistorial terminó de construirse en 1641 y la obra de la iglesia parroquial comenzó a finales del siglo XVII; la casa señorial promovió y financió esos edificios y otros espacios destacados. La basílica que hoy se alza en Aspe pertenece a esa historia posterior a la repoblación: una señal arquitectónica de una comunidad que volvió a organizarse después de una fractura profunda.
Las rocas añaden otra escala al relato
El registro geotécnico municipal añade una mirada material al paisaje actual. Clasifica como predominantes las arenas finas y los limos, con un 62.50 %; agrupa areniscas, conglomerados y flysch en un 21.96 %; y señala un 2.74 % de calizas, dolomías y mármoles. Son categorías distintas: las areniscas son arenas consolidadas, los conglomerados reúnen cantos cementados y el flysch consiste en capas alternas de arena y arcilla.
Estos materiales no deben confundirse con una descripción de cada huerta o acequia. Sí muestran que el terreno de Aspe reúne depósitos finos y conjuntos de rocas sedimentarias, junto con formaciones carbonatadas. Una arena fina y un limo tienen granos de tamaño distinto; una caliza, en cambio, es una roca consolidada. Para seguir la historia local basta con tener presente esa variedad y no atribuir a un único tipo de terreno todo lo que ocurrió junto al río.
Lo que une la geología y la historia humana con mayor claridad es el corredor del Vinalopó y el curso del Tarafa: el primero articuló comunicaciones y asentamientos; el segundo fue encauzado para regar. La evidencia local concreta está en los hallazgos de la Ofra, Tabayá y Vistalegre, en la antigua ruta romana y en los nombres de las acequias. Así, el paisaje no explica por sí solo cada episodio, pero sí permite reconocer el escenario físico en que ocurrieron.
El Tarafa ayudó a sostener el paso y la huerta porque ofrecía agua que pudo ser conducida hasta los campos. Cuando vuelvas a cruzar Aspe, el corredor fluvial puede leerse como algo más que un rasgo del paisaje: el hilo que enlaza los primeros asentamientos conocidos, las acequias y la reconstrucción de la vida agrícola tras 1609.
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