Mairena del Alcor halló agua para sus primeros poblados en las laderas de los Alcores
En las laderas de los Alcores, los primeros asentamientos aprovecharon fuentes naturales que brotaban del terreno. Esa unión entre altura y agua ayuda a entender por qué el poblamiento de Mairena se aferró a un paisaje que también ofrecía una vega fértil.
Vista aérea de Mairena del Alcor y del paisaje agrícola que rodea el núcleo urbano.
En Mairena del Alcor, el terreno cambia de papel en pocos kilómetros: al norte se levanta el casco urbano y hacia el sur se abre la vega, que desciende hasta el Guadaíra. Ese escalón del paisaje no solo ordena la vista: en la Edad del Bronce, las fuentes que manaban por las laderas de los Alcores ayudaron a decidir dónde levantar cabañas. ¿Qué ofrecía aquel borde elevado que no daba la llanura por sí sola?
¿Qué ofrecía la ladera de los Alcores?
Los Alcores son una elevación de poca altura, con forma de meseta inclinada, que se alza en medio de la Depresión del Guadalquivir. Imagínate una mesa suavemente ladeada, no una cordillera: la diferencia de altura basta para separar el terreno alto de las tierras bajas que se extienden hacia el sur. En el término de Mairena, el casco urbano queda al norte; la vega ocupa buena parte del sur y llega hasta el río Guadaíra.
El relieve explica una parte de la historia; el agua, otra. Los restos arqueológicos de la comarca sitúan asentamientos de cabañas en las laderas de los Alcores durante la Edad del Bronce, unos 2000 años antes de Cristo. Sus habitantes aprovecharon las fuentes naturales que manaban allí. No es una escena inventada de una comunidad buscando agua: es una relación concreta entre el lugar de los asentamientos y los manantiales que recoge la historia local.
La geología municipal registrada hoy también ofrece pistas sobre el terreno. La categoría predominante en el resumen geotécnico es la de arenas finas y limos, con 64.03%; aparecen además calizas, dolomías y mármoles, con 18.05%. Las calizas y dolomías suelen formarse en fondos marinos poco profundos, como las plataformas cálidas que existen en algunos mares actuales. Son materiales distintos dentro de un paisaje que, en superficie, pasa de la elevación de los Alcores a la vega.
El agua no desaparece del relato al terminar la prehistoria. Dos sondeos registrados en el apéndice geotécnico encontraron agua a 27 y 28 metros de profundidad. Esos datos no identifican los manantiales antiguos, pero sí muestran que el agua subterránea forma parte también de la historia actual del municipio. Para quienes vivían en las laderas, las fuentes ofrecían algo inmediato y decisivo: agua al alcance del asentamiento.
De las cabañas a los campos de la vega
Mucho antes de que el castillo diera forma al núcleo medieval, la comarca ya estaba habitada. Los restos señalan ocupación desde el Paleolítico Final; más tarde, durante el Neolítico, se establecieron pequeños poblados vinculados a la explotación agrícola de la vega. También se han encontrado grandes tumbas megalíticas y cerámicas de vasos campaniformes. La secuencia no es solo una lista de épocas: muestra cómo el uso de un territorio con agua en las laderas y tierras de labor en las zonas bajas fue cambiando con sus habitantes.
En el primer milenio antes de Cristo, un tesoro hallado en Mairena —el llamado tesoro Andrés Morales— da testimonio de la presencia tartesia. Sus joyas de oro, de rica decoración orientalizante, son una huella material de aquella sociedad. La influencia de fenicios y griegos se refleja, según la historia local, en la agricultura, el comercio de metales, la cerámica y los restos funerarios. El paisaje productivo seguía siendo importante, pero la historia ya estaba conectada también con intercambios y contactos culturales.
En época romana se instalaron en la zona villas, cortijos y otras edificaciones rurales, integradas en el territorio de Irippo, situada en la Mesa de Gandul. Explotaban las fértiles tierras de la vega. Una de esas propiedades fue Mariana; la forma del nombre evolucionó, según el relato histórico, hacia Mairana y después, a través del árabe andalusí, Mairena. La tierra cultivada no solo alimentó a sus pobladores: también quedó inscrita en el nombre que ha llegado hasta hoy.
Durante las épocas visigoda y musulmana algunas de aquellas explotaciones continuaron activas. En época musulmana se estableció además una torre vigía sobre el alcor, que pudo formar parte de un sistema de vigilancia, defensa o comunicación en los Alcores. La altura que antes ofrecía fuentes en sus laderas aparece ahora también como un punto desde el que observar el territorio.
La torre y el castillo ocuparon el terreno elevado
En 1246, durante la campaña de Fernando III, las tierras de Mairena pasaron al poder castellano. La torre y la aldea de Luchena fueron donadas a la Orden de Calatrava por su participación en el cerco de Sevilla. La historia política cambió, pero el relieve seguía marcando los lugares habitados: la torre estaba sobre el alcor, y el castillo que se levantó después concentró a su alrededor una pequeña aldea.
La parte central del castillo se construyó a mediados del siglo XIV. Hacia 1470, Rodrigo Ponce de León amplió el conjunto con murallas exteriores, un foso y bocas de fuego. De esa etapa procede también el Arco, puerta que cerraba la población extendida sobre el alcor, a espaldas del castillo. ¿Por qué la villa se agrupó en ese punto? La documentación describe dónde se asentaron sus edificios, no una decisión explicada por sus constructores. Pero la posición elevada forma parte del escenario concreto en que se desarrolló ese núcleo medieval.
En el siglo XV, la población pudo alcanzar los 500 habitantes y se concentraba entre las actuales calles Real y Ancha. El núcleo de la iglesia parroquial, la ermita de San Sebastián y la casa palacio proceden también de aquella etapa. Mairena se consolidaba como enclave rural del cinturón de abastecimiento de Sevilla, con una economía orientada al trigo, el aceite y los productos hortofrutícolas. El caserío ocupaba el alto; el trabajo agrícola se extendía por la vega.
La vega sostuvo la vida más allá de la Edad Media
La relación entre altura y tierras de cultivo continuó en la Edad Moderna. Con el auge de Sevilla y el descubrimiento de América, Mairena creció y llegó a 1400 habitantes a finales del siglo XVI. Se potenció la producción de aceite y cereal, y se desarrolló la ganadería. Después, la crisis del siglo XVII y las primeras epidemias redujeron la población a 1000 habitantes, antes de una recuperación posterior.
Hoy puedes seguir el cambio de nivel en el propio término municipal: el núcleo urbano ocupa el norte y la vega se abre al sur. El arroyo Salado, casi siempre seco, atraviesa esa extensión; cuando llueve puede desbordarse, aunque discurre a unos cuatro kilómetros de la población. En la vega se cultivan cereales, legumbres y olivos, mientras el terreno desciende hacia el Guadaíra. No hace falta imaginar un paisaje remoto para reconocer el contraste que acompañó a los primeros pobladores: altura para asentarse, agua que surgía en las laderas y tierras bajas para cultivar.
Las fuentes de los Alcores no explican por sí solas cada capítulo de Mairena, pero sí ayudan a entender por qué aquellas laderas fueron elegidas para levantar cabañas mucho antes del castillo. Cuando mires el paso del casco urbano hacia la vega, verás algo más que un cambio de paisaje: la forma del terreno que acompañó a los primeros asentamientos y a una larga historia de cultivo.
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