Arguedas, el cerro entre dos reinos
Sobre el casco de Arguedas se alza un cerro que sostuvo un castillo y contempló el valle del Ebro y el comienzo de las Bardenas. Su historia enlaza un relieve que permanece con una fortaleza disputada y, finalmente, demolida.
Vista panorámica de Arguedas, entre la llanura de la Ribera y los relieves que enmarcan la localidad.
El cerro conocido como Balconico de los Moros se levanta sobre Arguedas. En ese montículo se han encontrado restos romanos y, desde mediados del siglo IX, se tiene constancia de Arguedas y de su castillo sobre el cerro. La elevación no era un fondo lejano: formaba parte del lugar donde se asentó la villa y que, siglos después, quedaría en medio de cambios de poder. La fortaleza desapareció por orden de demolición; el relieve, en cambio, siguió marcando el paisaje.
Para entender ese escenario hay que mirar en dos direcciones. Al norte, el término asciende hacia la Sierra del Yugo, cuyo pico alcanza 497 metros; al sur, desciende hasta unos 260 metros, cerca del Ebro. El casco urbano se sitúa a 263 metros, junto al inicio de las Bardenas Reales y la orilla norte del río. Es un territorio de contrastes próximos: laderas y cerros, una parte llana y la gran referencia del valle.
De Castejón al Balconico de los Moros
La ocupación humana de esta comarca es anterior al castillo. En las Bardenas se han encontrado restos de poblados de alrededor de 4.500 a. C.; a pocos kilómetros de Arguedas, en el cerro de Castejón, se excavaron asentamientos de la Edad del Hierro. Son lugares distintos, aunque ayudan a dibujar una historia de ocupación antigua en el entorno. Junto a los poblados de Castejón apareció una necrópolis celta, donde se incineraba a los muertos.
Uno de esos poblados corresponde a la primera Edad del Hierro, hacia 1200 a. C. Sus habitantes levantaron cabañas de madera y barro; allí han aparecido cerámica, huesos de ganado y herramientas de hueso y asta. Otro asentamiento, de alrededor de 300 a. C., era una aldea sin fortificaciones, con viviendas rectangulares de adobe y cerámica celtibérica. Las excavaciones iniciales de estos poblados comenzaron en 1942. El cerro de Castejón conserva así huellas de formas de vida distintas, pero no debe confundirse con el montículo que domina la villa.
En el Balconico de los Moros, sobre Arguedas, los restos romanos incluyen vasijas, alguna moneda de Tiberio, una columna y pequeños ídolos de bronce. Se ha planteado que allí pudo existir una mansión romana, pero la propuesta no equivale a una identificación segura. La posición sobre el valle del Ebro y cerca del camino de acceso a las Bardenas se consideró propicia para los asentamientos. Cuando aparece el castillo medieval, el cerro ya ofrece una presencia destacada sobre la localidad.
Un sustrato variado bajo la villa
La clasificación geotécnica del término municipal registra materiales diversos: gravas y arenas compactas, yesos, anhidrita y sales, además de areniscas, conglomerados y flysch. También identifica arenas finas y limos, calizas, dolomías y mármoles. No se trata de una descripción de la roca concreta que hay bajo el castillo, sino de una imagen general del subsuelo municipal. Junto al paisaje de laderas, llano y río, muestra que Arguedas no descansa sobre un único material uniforme.
La categoría más extensa de esa clasificación es la de gravas y arenas compactas, que representa el 42,37 %; los yesos, la anhidrita y las sales suman el 13,64 %. La ficha también distingue masas de agua. Estas cifras describen las clases registradas para el municipio, no una composición única para cada barrio o para cada edificio. Sirven para poner nombre a la variedad del terreno que acompaña el tránsito desde la Sierra del Yugo hasta las zonas bajas próximas al Ebro.
En las formaciones yesíferas, el estudio señala karstificación moderada, a veces con formas importantes dispersas, y recoge la posibilidad de hundimientos kársticos actuales o potenciales. El karst se produce cuando la disolución transforma una roca soluble y puede abrir huecos; aquí la indicación se refiere a formaciones yesíferas del término, no a un hundimiento concreto del cerro. El dato añade una pieza a la lectura del sustrato: además de sus diferencias visibles de relieve, el subsuelo incluye materiales que pueden transformarse de manera distinta en contacto con el agua.
La imagen de las antiguas cuevas de Arguedas acerca al lector a otro rasgo visible del paisaje local. No es una prueba de que el castillo se levantara sobre el mismo material ni de que las cuevas tengan una edad determinada. Sirve, más modestamente, para situar la presencia de oquedades en el entorno y recordar que el cerro forma parte de un municipio con relieves y materiales variados.
Las antiguas cuevas de Arguedas muestran oquedades abiertas en el relieve local, cerca del paisaje de cerros que domina la villa.
El castillo cambia de manos
La historia del castillo entra en los documentos a mediados del siglo IX. En 1084, el rey Sancho Ramírez conquistó Arguedas junto con otros territorios del valle del Ebro que estaban bajo dominio musulmán. Nueve años después, en 1093, donó la iglesia de San Esteban Protomártir al monasterio de San Ponce de Torneras. El cerro y la villa aparecen así en un periodo de transformación política y religiosa, con la fortaleza como una referencia local dentro de un territorio disputado.
La frontera política volvió a moverse. Tras la separación de los reinos de Pamplona y Aragón en 1134, Tudela y su comarca quedaron vinculadas al reino de Pamplona. En 1172, Alfonso II de Aragón invadió la zona y anexionó la villa y el castillo a su reino; concedió a Arguedas tierras circundantes. Años más tarde, Sancho el Sabio reintegró la localidad al reino navarro. El castillo sobre el cerro atravesó esos cambios sin que el propio relieve se desplazara: su valor estaba ligado a un territorio cuyo control cambiaba de manos.
En el siglo XIII, la vida local también exigió acuerdos entre comunidades vecinas. En 1221, Arguedas, Valtierra y Cadreita formaron una hermandad para defenderse de quienes pudieran hacerles daño y establecer normas para el uso de los riegos. El agua entró en la organización compartida de las villas, al lado de la defensa y del aprovechamiento del territorio. En 1254, Arguedas recuperó el uso de diversas tierras en las Bardenas y el monte que los reyes Sancho el Fuerte y Teobaldo I habían sustraído a la villa.
San Esteban pierde su función militar
El castillo siguió siendo una pieza de poder. En 1456, Juan II donó Arguedas y su castillo a Martín de Peralta, canciller del reino y merino de la Ribera. Décadas después, en 1491, su hijo Martín renunció a esos derechos y Arguedas volvió al patrimonio real. La villa obtuvo entonces el privilegio de proponer tres candidatos a alcalde, de entre los cuales el rey elegía uno. La disputa por quién ejercía autoridad acabó, en este caso, con la recuperación de la villa para la Corona y una forma concreta de intervención municipal.
En 1512, durante la anexión de Navarra a Castilla, se ordenó destruir fortalezas y castillos navarros considerados de alto valor estratégico. El castillo de San Esteban de Arguedas fue uno de los afectados por la demolición. No fue el cerro el que desapareció, sino la fortaleza que lo coronaba. En 1514, Fernando el Católico confirmó ciertos privilegios de la villa; la comunidad siguió adelante bajo nuevas condiciones políticas, mientras el castillo dejaba de cumplir su papel en el paisaje.
Arguedas mantuvo también una relación duradera con las tierras de las Bardenas. En 1665 obtuvo el disfrute de la Bardena en las mismas condiciones que Tudela y pagó por ello 800 ducados. En el siglo XIX, la villa tenía fábricas de salitre, jabón y alfarería, además de un molino de aceite, otro harinero e industria doméstica de lienzos. Son actividades documentadas en la localidad, aunque no todas puedan atribuirse a un material concreto del cerro. La historia del pueblo se amplió más allá del control de la fortaleza.
El castillo de San Esteban acabó demolido; el cerro que lo sostuvo quedó incorporado a la silueta de Arguedas. Desde allí, la villa había estado vinculada al valle del Ebro, al acceso a las Bardenas y a un territorio de materiales variados. Hoy, la colina permite imaginar el papel que tuvo la fortaleza sin confundir la permanencia del relieve con la de sus muros. Lo que cambió fue el poder que se asentaba arriba; el cerro siguió allí.
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