Antella, el Júcar entre compuertas
En Antella, el Júcar se frena en un azud y parte de su caudal toma rumbo a la Acequia Real. Pero las crecidas también han obligado a cambiar de emplazamiento, reconstruir edificios y aceptar pérdidas.
Vista elevada del azud de Antella, el Júcar y las huertas de la Ribera.
El azud de Antella cuenta una historia de equilibrio difícil. El Júcar baja por el término y, junto al pueblo, una obra construida para derivar agua lo conduce también hacia los campos de riego. La misma corriente que hace posible ese aprovechamiento puede crecer hasta rebasar sus cauces y golpear las construcciones de la ribera. Durante siglos, los habitantes no han tenido que elegir entre un río útil y otro peligroso: han vivido con ambas caras del mismo río.
Xarquia cambia de lugar
La primera respuesta de la población ante esa fuerza fue apartarse. En los orígenes del término se encontraba el poblado de Xarquia. Las crecidas frecuentes del Júcar llevaron a abandonarlo y trasladar el asentamiento a un emplazamiento más elevado y seguro. El cambio no borró la relación con el agua; acercó a la comunidad a un lugar desde el que podía seguir viviendo junto al río sin permanecer en el antiguo sitio expuesto a sus avenidas.
Antella quedó en la margen izquierda del Júcar, en una comarca donde la franja ribereña contrasta con un término municipal muy accidentado y las estribaciones de la sierra de Tous. Esa diferencia entre la ribera y las alturas forma parte del escenario de la historia: junto al río se organiza el riego; al recordar Xarquia, aparece el coste de instalarse demasiado cerca de las crecidas. No hace falta imaginar una inundación concreta para entender la decisión: la repetición de las avenidas bastó para que el poblado cambiara de sitio.
Calizas y sedimentos bajo Antella
El terreno del municipio tampoco es una superficie uniforme. La clasificación geotécnica de Antella recoge, entre sus principales categorías, calizas, dolomías y mármoles, además de arenas finas y limos, gravas y arenas compactas. Las primeras son rocas; las arenas, los limos y las gravas son materiales sueltos o acumulaciones de granos de distinto tamaño. El estudio asigna a las categorías de calizas, dolomías y mármoles el 67,06 %; a las arenas finas y limos, el 15,23 %; y a las gravas y arenas compactas, el 6,44 %.
Esos porcentajes describen el término municipal, no identifican automáticamente el material bajo el azud, una casa o cada tramo de ribera. Sí ayudan a reconocer un paisaje de contrastes: rocas carbonatadas y materiales más sueltos aparecen en la clasificación local, mientras el Júcar atraviesa Antella y sostiene una estrecha franja ribereña. En un sondeo de Fuente Dulce, de 200 metros de profundidad, se registró agua a 39 metros. Esa medición añade una ventana al subsuelo, distinta de la corriente visible que ha marcado la historia del pueblo.
El azud abre un camino al agua
En 1239 comenzó a construirse el azud de Antella; las obras finalizaron en 1260. La presa no se planteó para hacer desaparecer el Júcar, sino para derivar parte de sus aguas hacia la Acequia Real. Su construcción convirtió la corriente en una herramienta de riego: una parte tomaba el canal y el agua sobrante seguía río abajo, pasando por encima del primer tramo o saliendo por los portillos.
El azud expresa el esfuerzo de permanecer junto al río sin depender solo de lo que este entregara de forma espontánea. La obra debía conducir agua a la acequia y, a la vez, dejar que continuara su curso. Es una negociación material: la construcción modifica el recorrido de una parte del caudal, pero no elimina las crecidas ni controla por completo el río. La historia posterior de Antella mostraría una y otra vez la diferencia entre regular agua para el riego y poder detener una avenida.
Las compuertas regulan la Acequia Real
En 1732 se levantó por primera vez la Casa de las Compuertas, junto al azud y sobre un puente de piedra de tres arcos. En su interior quedaron alojadas tres compuertas: al levantarlas, dejaban pasar agua del Júcar a la Acequia Real y permitían regular cuánto entraba. Dos pertenecían a la comunidad de regantes y correspondían al riego antiguo; la tercera, algo mayor, era propiedad del duque de Híjar. Cada una se correspondía con uno de los arcos.
La escala de la obra se entiende mejor al imaginar su tarea diaria, no solo su volumen. Los tableros se subían mediante mecanismos de espiral para contener el agua, hacerla retroceder hacia la acequia y graduar la cantidad que se dejaba entrar. En la parte alta, una galería servía de mirador y una bandera avisaba a los trabajadores del campo cuándo empezar o terminar las labores. El azud captaba el caudal; las compuertas lo afinaban para el uso agrícola.
Las crecidas ponen a prueba la ribera
La corriente también exigía reparaciones y cautela. Una inscripción recuerda que en 1835 se hizo una obra sólida en el azud de los caudales de la Real Acequia de Alzira. Aquella mejora quedó inscrita en piedra, pero no convirtió la ribera en un lugar inmune a las inundaciones. Durante el siglo XIX, las crecidas graves del Júcar afectaron a Antella y marcaron tanto su trazado como su economía.
En ese paisaje, la vieja solución de Xarquia y la infraestructura de riego responden a problemas distintos. Trasladar el asentamiento permitía alejarlo de un emplazamiento castigado por las crecidas; construir el azud y las compuertas permitía aprovechar parte del agua. Ninguna intervención anulaba la fuerza del río. La comunidad podía encauzar una parte de su caudal en condiciones ordinarias, pero las avenidas seguían teniendo capacidad para cambiar la vida de la ribera y dañar las obras.
La riada de 1982 deja una marca
El 20 de octubre de 1982, una riada llegó hasta las casas de Antella. Una placa cerámica conserva la memoria de hasta dónde alcanzó el agua: la frase en valenciano que lleva inscrita señala que allí llegó la riada de aquel día. La marca fija una experiencia en una pared y la vuelve legible mucho después de que bajara el caudal. Para el pueblo, el río dejó de ser solo el canal regulado por el azud: volvió a presentarse como una fuerza capaz de entrar en el espacio construido.
Una placa cerámica recuerda hasta dónde llegó el agua el 20 de octubre de 1982.
El golpe tuvo consecuencias diferentes para dos edificios vinculados al sistema de riego. La Casa de las Compuertas fue reconstruida por completo, procurando respetar en lo posible la estructura que tenía antes de la riada. La Casa de la Comunidad o de Regantes, en cambio, quedó arrasada hasta sus fundamentos por la corriente y no volvió a levantarse. La explicación que se recoge es cauta: tal vez había perdido la función para la que se construyó. Una obra regresó; la otra quedó como pérdida.
El río sigue en la vida de Antella
El azud y la acequia permanecen ligados al riego de Antella, destinado casi por completo al cultivo de naranjas y kakis. El agua subterránea también se aprovecha mediante motores de extracción, aunque ese uso no debe confundirse con la captación del Júcar en el azud. Cada vía recuerda que el agua local no tiene una sola forma: está en el río, en los canales que la distribuyen y en el subsuelo que registra el sondeo de Fuente Dulce.
La Maerà, celebrada en Antella desde 2012, recupera la conducción fluvial de troncos por el Júcar, una tradición descrita como milenaria y reconocida por la UNESCO como patrimonio cultural inmaterial de la humanidad desde 2022. Hoy, esa práctica se suma a la memoria de las crecidas y a la ingeniería del azud. El río sigue su curso; la población ya no ocupa Xarquia, la Casa de las Compuertas fue reconstruida y la Casa de Regantes no volvió. Frente al Júcar, Antella conserva sus compuertas y también la señal de hasta dónde llegó el agua.
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