Anna, la memoria bajo el agua
Bajo el lago de Anna se conserva un yacimiento meso-neolítico fechado entre el 6000 y el 5000 a. C. Al seguir el agua desde el acuífero del Macizo de Caroche hasta el río Sellent, aparece también la larga sucesión de huellas humanas de este paisaje.
Vista de Anna entre el caserío y el relieve rocoso que enmarca la localidad.
En Anna, el agua no es solo una presencia del paisaje: también cubre una parte de su pasado. Bajo las aguas del lago se encuentra un yacimiento meso-neolítico, fechado entre el 6000 y el 5000 a. C. A su alrededor, la comarca conserva rastros de otros grupos y épocas, desde los hallazgos paleolíticos de El Hondón hasta asentamientos de la Edad del Bronce. Hoy el municipio ocupa la parte más baja y ancha del Canal de Navarrés. Allí afloran aguas del acuífero del Macizo de Caroche, que recoge el río Sellent. Seguir ese recorrido permite enlazar una presencia natural actual con un archivo arqueológico repartido por lugares concretos, sin convertir siglos distintos en una sola historia.
El lago de Anna guarda una huella antigua
El yacimiento bajo el lago sitúa a Anna en una historia que se remonta varios milenios. Su datación, entre 6000 y 5000 antes de nuestra era, corresponde al Mesolítico-Neolítico. Lo que permite afirmar el dato es preciso: hay un yacimiento de esa época bajo las aguas. No describe por sí solo cómo era entonces la orilla, qué actividades se desarrollaban allí ni de qué manera quedó cubierto por el lago. Aun así, su posición tiene una fuerza especial: el agua que hoy da carácter al lugar está sobre una huella humana muy anterior a los documentos escritos.
El lago no está aislado del resto del paisaje acuático de Anna. La descripción geográfica del municipio destaca sus numerosas fuentes y la abundancia de agua, y sitúa sus afloramientos en relación con el acuífero del Macizo de Caroche y el río Sellent. Un acuífero es una formación subterránea capaz de almacenar y transmitir agua; cuando esta aflora, pasa a formar parte del paisaje visible. En Anna, el recorrido documentado va desde esos afloramientos hasta el río que los recoge. El lago y las fuentes son, así, parte de una localidad donde el agua aparece tanto en la superficie como en las evidencias enterradas.
El Rincón y la roca bajo la superficie
Debajo de esa geografía hay materiales muy distintos. La clasificación geotécnica del término municipal registra sobre todo calizas, dolomías y mármoles; incluye también yesos, anhidrita y sales, además de arenas finas y limos. La relación describe el territorio municipal, no la composición de cada edificio, cada orilla o cada yacimiento. Es una forma útil de reconocer que Anna no descansa sobre un único material uniforme. El estudio describe, además, formaciones generalmente impermeables o de permeabilidad muy baja, que pueden albergar acuíferos superficiales allí donde la alteración o la fisuración facilita el paso y la acumulación local del agua.
En el paraje de El Rincón, un sondeo identificado como 803 alcanzó 150 metros de profundidad y registró agua a 14,49 metros. Es una medida de un punto concreto, no una profundidad que pueda trasladarse a todo el municipio ni una explicación del origen del lago. Pero acerca al lector a una parte menos visible del relato: bajo la superficie, el agua puede aparecer a poca profundidad en un lugar donde la geología también incluye materiales de baja permeabilidad. La coexistencia de esas condiciones ayuda a entender por qué la circulación del agua en el terreno puede concentrarse localmente; no obliga a imaginar una única vía subterránea para todas las fuentes.
La presencia de calizas y dolomías tiene además una relación documentada con el comportamiento del terreno: el estudio geotécnico señala zonas carbonatadas con karstificación, es decir, afectadas por la disolución de la roca y la formación de conductos o huecos. También identifica zonas yesíferas con karstificación escasa o casi nula y posibles sistemas aislados. Son descripciones generales del término, no una atribución de cavidades concretas al lago o al yacimiento. En el paisaje de Anna, el agua y las rocas se encuentran en un escenario donde la permeabilidad cambia según los materiales y su estado. Ese contraste —roca que frena el paso y sectores donde el agua puede circular— da contexto a las surgencias que caracterizan el municipio.
El Hondón, La Muela y los primeros asentamientos
La historia humana local no comienza en el lago. En El Hondón se documentan hallazgos del Paleolítico superior, entre 20.000 y 10.000 años antes de Cristo. Mucho después, entre 3000 y 2000 a. C., hubo poblados al aire libre en El Rincón, La Muela y El Pantano. El registro añade enterramientos en cuevas cercanas. Son lugares y evidencias diferentes: unos señalan asentamientos, otros prácticas funerarias, y juntos muestran cómo el poblamiento dejó marcas repartidas por el término.
En la Edad del Bronce Valenciano hubo un poblado en el Puntal del Casino. La sucesión no es una línea continua de habitantes que permaneciera en el mismo sitio: cada periodo aparece asociado a sus propios enclaves. El agua abundante y el relieve ofrecen el marco local, mientras los nombres de los lugares permiten seguir las huellas sin confundirlas. El yacimiento bajo el lago, los poblados de La Muela y El Rincón, y el asentamiento del Puntal del Casino forman parte de un paisaje habitado en momentos distintos. No conocemos aquí los detalles cotidianos de cada comunidad; sí podemos reconocer el resultado que dejaron: una geografía arqueológica extensa, no concentrada en un solo punto.
Una tapa de alcantarillado en Anna, detalle de la infraestructura urbana actual del municipio.
De Tiboles a La Moleta: huellas desiguales
La etapa ibérica ofrece escasos materiales en la zona de Tiboles, entre aproximadamente el 500 a. C. y el cambio de era. La presencia romana, en cambio, está documentada con mayor intensidad: se conocen restos de una villa en La Moleta y otra en la Casa Guillén. El contraste importa porque evita convertir la historia en una ocupación uniforme. Hay periodos con pocas evidencias y otros con varios restos identificados; cada sitio suma una pieza distinta a la trayectoria local.
También aparecen una necrópolis de inhumación excavada en el Altico de la Hoyeta y restos tardorromanos en Cantalobos. Una necrópolis es un espacio funerario; en este caso, la forma de enterramiento indicada es la inhumación. El paisaje no conserva solamente lugares donde se vivía, sino también huellas de cómo se enterraba a los muertos y de la presencia romana tardía. Para el lector de Anna, la escala es cercana: El Hondón, el lago, el Puntal del Casino, Tiboles, La Moleta y Cantalobos no son nombres intercambiables, sino puntos donde la arqueología distingue tiempos y tipos de rastro.
Anna llega a los documentos en 1244
La localidad tal como se conoce actualmente tiene un origen anterior a la etapa musulmana, pero las primeras referencias documentales citadas son de mediados del siglo XIII. El 22 de septiembre de 1244, Jaime I donó la villa de Anna a la Orden de Santiago como recompensa por la ayuda prestada en el cerco de Biar. El salto desde las evidencias arqueológicas hasta el documento cambia la clase de huella: ya no se trata de un yacimiento o de restos materiales, sino de una villa nombrada en una donación.
La historia posterior tampoco fue quieta. En 1332 se rebeló la aljama sarracena de Anna, tras el embargo de ciertos bienes por el comendador Montalbán. Alfonso el Benigno absolvió después a los sarracenos con el propósito de frenar la despoblación que sufría el lugar. En 1604 Felipe III creó el condado de Anna para Fernando Pujades y Borja; tras la expulsión de los moriscos en 1609, la villa fue repoblada por cristianos de Enguera y de otros lugares. En 1762, a petición de sus habitantes, Anna quedó incorporada a la Corona y se libró del vasallaje del conde. Las decisiones de poder y los cambios de población marcaron la villa; el paisaje de agua y los asentamientos anteriores permanecieron como otro registro de su historia.
Yanna, entre las fuentes y el río Sellent
La explicación del topónimo reúne esa relación visible con el agua. La fuente consultada vincula el nombre de Anna con «Yanna», de raíz árabe, y recoge una acepción relacionada con huerto o jardín. La abundancia de fuentes forma parte, todavía, de la descripción del municipio. No hace falta hacer de un nombre la causa de toda una historia: basta reconocer que agua y lugar aparecen unidos en la forma de nombrar Anna y en su geografía, donde los afloramientos del acuífero del Macizo de Caroche son recogidos por el Sellent.
Ese recorrido tiene ahora un desenlace reconocible, aunque no sea un final cerrado: el agua aflora, el río la reúne y el lago conserva bajo su superficie un yacimiento de hace miles de años. A su alrededor, El Hondón, La Muela, el Puntal del Casino y los sitios de época romana mantienen sus propias huellas, sin confundirse entre sí. La historia de Anna no acaba en una sola comunidad ni en un único asentamiento. Bajo el agua del lago, el paisaje actual y una de sus evidencias humanas más antiguas comparten el mismo lugar.
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