Algímia d'Alfara, entre la cuesta y el río
El Palancia dibuja una llanura estrecha al este de Algímia d'Alfara; hacia el interior, el terreno sube por las laderas de la Calderona. Entre ambos paisajes, la comunidad del pueblo atravesó una ruptura que cambió su población y, con el tiempo, volvió a sostener su vida agrícola.
Algímia d'Alfara vista desde Torres Torres, con las casas del pueblo entre la ladera y los campos de la ribera.
El pueblo se alza a 173 metros sobre el nivel del mar, en la vertiente sur del Picaio. Basta seguir el término municipal hacia el este para encontrar otro mundo: la ribera del Palancia, que forma el límite con Sagunto y concentra los terrenos llanos. Algímia d'Alfara no se extiende sobre una superficie uniforme. Su historia transcurre entre una pendiente que asciende hacia la sierra y una franja de ribera donde el agua y los cultivos han sido parte de la vida local.
Del Picaio a la ribera del Palancia
El relieve hace visible esa transición. El Picaio alcanza 348 metros; El Rodeno, 401, y el Picaio Calvet llega a 451. Desde esas alturas, el término desciende hasta los 150 metros junto al Palancia. El núcleo urbano ocupa una posición intermedia, sobre la ladera, mientras que los llanos aparecen junto al río. Las ramblas de Arguinas y de la Jara, además de los barrancos de Ferrer y de las Murteres, completan una red de cauces que atraviesa o acompaña el paisaje municipal.
También bajo ese relieve hay variedad. A escala del término, el estudio geotécnico registra sobre todo calizas, dolomías y mármoles; incluye asimismo areniscas, conglomerados y flysch, además de gravas y arenas compactas, arenas finas, limos, arcillas y margas. Son materiales distintos, no una única «piedra» extendida por todas partes. La información describe el municipio en conjunto: permite reconocer un sustrato variado, pero no asignar una roca concreta a cada edificio o ladera. El contraste entre las vertientes y la llanura ribereña, en cambio, se reconoce claramente en la forma del término.
El agua acompaña esa geografía de más de una manera. El Palancia es el recurso hidráulico principal de la zona y algunos cultivos de la ribera reciben agua del río. El abastecimiento urbano de Algímia se nutre de la fuente del Conde y del pozo de la Foia. En otro punto, el sondeo llamado Pozo del Picayo alcanzó 115 metros y registró agua a 18 metros de profundidad. Ese dato corresponde a ese sondeo, pero da una medida concreta de la presencia de agua bajo el terreno algimiano.
Un litigio de riego ya nombraba las alquerías
La relación entre las comunidades de esta comarca y el agua aparece pronto en la historia escrita. El Ayuntamiento de Algímia recoge un documento de alrededor del año 1200 sobre un litigio por el agua de riego entre Torrox —la actual Torres Torres— y Càrcer. En el texto se mencionan dos alquerías al norte de Torrox que la historia local identifica como Algímia y Alfara. Una alquería era un asentamiento rural; aquí, los nombres aparecen dentro de un conflicto sobre el riego, no como protagonistas directos del pleito. La noticia sí sitúa a las dos poblaciones en un paisaje donde el aprovechamiento del agua ya importaba.
La agricultura siguió siendo una actividad fundamental a través de los siglos. El núcleo se formó en época andalusí, y el nombre Algímia deriva del árabe al-ǧāmiʿ, «la mezquita aljama». Tras la conquista cristiana, la población fue principalmente morisca. El paso del tiempo dejó también huellas de ocupaciones anteriores: en la partida de Jara se encontraron cerámicas ibéricas y lápidas romanas con inscripciones latinas; otros vestigios ibéricos aparecieron en la finca de la Vídua de Falcó. Los trabajos agrícolas destruyeron esos hallazgos, una pérdida que muestra cómo el mismo suelo que se cultiva puede conservar y, a la vez, borrar rastros del pasado.
En 1609, la ruptura de la expulsión
En 1609, la expulsión de los moriscos cambió de golpe la vida de Algímia. Antes de ese episodio, la población rondaba los 360 habitantes. La localidad quedó prácticamente despoblada, según la historia del Camino del Cid, y la crisis demográfica se prolongó durante décadas. El conflicto no fue una batalla por la pendiente o el río, sino una expulsión que quebró la continuidad de una comunidad asentada en este paisaje. En un pueblo cuya economía había tenido en la agricultura una base constante, perder población significaba también interrumpir el trabajo cotidiano que mantenía casas y campos.
Pero la ruptura no equivale a una desaparición total. Los archivos parroquiales registran trece bautismos en 1610, el año siguiente a la expulsión. La historia municipal interpreta ese dato como señal de que vecinos cristianos de Torres Torres poblaron Algímia y Alfara antes de que se firmara la carta de población. La cifra ofrece un rastro pequeño y preciso frente a la escala del cambio: al año siguiente ya hay nacimientos bautizados en los libros. No devuelve a la localidad a la situación anterior, pero sí marca que la vida local había empezado a recomponerse.
San Vicente Ferrer y las huellas de varias épocas
En el núcleo urbano, la iglesia de San Vicente Ferrer concentra otra parte de esa continuidad. La parroquia dependió de la de Torres Torres hasta 1574, y el templo actual se construyó en el último tercio del siglo XVI. La información turística valenciana señala que fue levantado sobre una antigua mezquita y que quedó muy reconstruido tras la Guerra Civil. Es, por tanto, un edificio con varias etapas, situado en un pueblo cuyo origen andalusí, etapa morisca y repoblación posterior forman parte de una historia más larga que cualquiera de sus fachadas por separado.
La plaza y la iglesia de San Vicente Ferrer, en el núcleo urbano de Algímia d'Alfara.
La recuperación llegó despacio
La reposición de habitantes no borró de inmediato las consecuencias de 1609. En 1713, más de un siglo después, Algímia tenía 230 habitantes: menos que los aproximadamente 360 anteriores a la expulsión. La población no recuperó su pulso hasta el siglo XVIII. Después, el crecimiento fue sostenido durante generaciones: alcanzó 590 habitantes en 1787, 826 en 1877 y 998 en 1910. No fue un regreso súbito, sino una recuperación que se mide en décadas. El pueblo volvió a crecer, mientras los nombres de sus calles, sus edificios y sus campos reunían huellas de distintos momentos.
El terreno ofrece el marco de esa reconstrucción, sin que sea necesario atribuirle por sí solo el cambio demográfico. Las laderas de la Calderona ocupan buena parte del término; la ribera conserva la principal franja llana. Más de una cuarta parte del municipio está cubierta de bosque, sobre todo pinares y monte bajo. En el paisaje también permanecen olivares, viñas y algarrobos, junto a cultivos de regadío. La convivencia de vertientes, monte y ribera ayuda a entender por qué Algímia no puede resumirse en un solo tipo de campo ni en una sola relación con el agua.
La ribera cambia de cultivo, no de importancia
En las últimas décadas, la agricultura algimiana se desplazó hacia el regadío y en detrimento del secano. De las 210 hectáreas de secano registradas en 1997 quedaban 171 en 2001. Ese mismo año se contabilizaban 63 hectáreas de naranjos y 395 de mandarinos; 85 hectáreas de mandarinos recibían agua del Palancia. Los cultivos principales también incluyen algarrobo, olivo y viña. Son cifras que muestran una transformación concreta del uso de la tierra: la ribera sigue siendo decisiva, pero los cultivos y la proporción entre secano y regadío han cambiado.
La historia de Algímia enlaza así dos persistencias distintas. Una es humana: tras la expulsión de 1609, los bautismos de 1610 y el crecimiento posterior muestran que la comunidad no desapareció y acabó recuperándose. La otra es territorial: la pendiente del Picaio, el mosaico de materiales del término y la llanura del Palancia siguen dando forma al lugar donde se asentaron las alquerías y donde los campos se transformaron. Desde la iglesia hasta la ribera, la huella visible no cuenta una sola época. Cuenta cómo un pueblo volvió a crecer entre la cuesta y el río.
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