Alforja, el paso y las murallas
A los pies de las montañas, Alforja conserva apenas tramos de la muralla del castillo que marcó su historia. El paso entre el Camp de Tarragona y las tierras del Priorat ayuda a situar una villa cuyo paisaje reúne materiales geológicos muy distintos.
La plaza del núcleo de Alforja, al pie de las montañas que enmarcan el paso.
En Alforja, del castillo que dominó la villa quedan hoy partes de sus murallas. La pequeña colina donde se alzaba todavía permite imaginar el antiguo núcleo alrededor de la iglesia de San Miguel, aunque no reconstruir desde sus restos todas las etapas de la fortificación. El pueblo está al pie de una zona montañosa, en un corredor que enlaza el Camp de Tarragona con el Priorat y las montañas de Prades. Esa posición acompaña la historia, pero no explica por sí sola cada asedio ni cada cambio de señor. Para seguir la huella del castillo hay que mirar, a la vez, el paso, los asentamientos y las disputas que convirtieron Alforja en un lugar de poder.
Alforja, una apertura entre comarcas
El nombre de Alforja podría proceder del árabe al-hurga, relacionado con una apertura o un paso de montaña. Es una explicación posible, no una certeza, pero encaja con la geografía descrita para la villa: un lugar al pie de las montañas y dentro de una vía de comunicación entre el entorno de Reus y el Campo de Tarragona, por un lado, y el Priorat y las montañas de Prades, por otro. El paisaje sitúa así a Alforja entre tierras distintas, sin convertirla en una frontera fija ni atribuir al relieve decisiones que tomaron sus habitantes y señores.
La presencia humana en el término es anterior a los documentos medievales. En el camino de las Huertas se han encontrado puntas de flecha de cocción y sepulcros neolíticos; en les Barqueres, restos de un antiguo poblado romano. La información local también relaciona una fortificación romana, de manera probable, con el origen del castillo posterior. Y sitúa el origen de la población en una antigua masía o alquería árabe vinculada a antiguas minas de plata. Son huellas de momentos diferentes, no una sola comunidad que permaneciera igual a lo largo del tiempo: cada una revela otro uso del lugar y otra forma de dejar marca en él.
Santa Maria y el castillo de los arzobispos
La Alforja medieval aparece en los documentos del siglo XII. Un pergamino de Ramon Berenguer IV la cita en 1152; dos años después, la villa y su iglesia aparecen en una bula dirigida al arzobispo de Tarragona. La carta de población, otorgada el 27 de junio de 1158 por el conde y el obispo Bernat Tort, dio forma a una nueva etapa de la comunidad. El lugar era conocido como Santa Maria del Valle de Alforja, aunque ya existían una iglesia y algún asentamiento. Ramon de Ganagot recibió el dominio, según referencias históricas, con derechos eclesiásticos reservados al arzobispo y a la casa condal.
La posesión del castillo quedó ligada a ese reparto de autoridad. En 1173 el arzobispo Guillem de Torroja concedió una nueva carta a los Ganagot, pero se reservó los derechos eclesiásticos, el castillo de Alforja y una propiedad dominial. La fortificación no era solo una presencia en la colina: formaba parte de las atribuciones que se negociaban entre señores. Tras la muerte de Pere de Arcs, sus señoríos pasaron a la comunidad del monasterio de Bonrepòs. En 1244, el monasterio decidió venderlos al arzobispo Pere de Albalat; desde entonces, Alforja quedó bajo la llamada baronía de Alforja y el castillo sirvió a menudo de residencia a los arzobispos.
La colina del castillo forma parte de un término municipal cuyo sustrato no se resume en una sola clase de roca. El estudio geotécnico registra areniscas, conglomerados y flysch; granito, gneis y otras rocas ígneas; gravas y arenas compactas; pizarras y esquistos; y yesos, anhidrita y sales. En su clasificación, las areniscas, los conglomerados y el flysch constituyen el grupo más extenso, con un 37,50 %; granito, gneis y rocas ígneas representan un 25 %. El inventario dibuja un terreno diverso, pero no una secuencia vertical única ni una identificación de la roca de las murallas. La historia del castillo transcurre en este paisaje montañoso; los datos disponibles no permiten adjudicarle un material concreto.
El rótulo del Coll d'Alforja señala el paso de montaña que enlaza el entorno del Camp de Tarragona con las tierras interiores.
Una baronía disputada en Alforja
La autoridad sobre la villa cambió de manos dentro de las familias señoriales. En 1194 Ramon cedió la mitad del término a su hija Romeva con motivo de su matrimonio con Bertran de Castellet. Tras enviudar, Romeva se casó en 1200 con Bernat de Arcs y las señorías de Alforja y els Arcs quedaron unidas. Su hijo Pere de Arcs no reconoció la fidelidad debida al arzobispo y protagonizó actos de guerra y pillaje en la región. Murió en 1243; al año siguiente, la venta de los señoríos al arzobispo cerró aquella etapa familiar y consolidó la baronía.
El dominio de Alforja abarcó en sus orígenes un término mucho mayor que el núcleo actual: llegaba hasta el límite con Cambrils e incluía, entre otros lugares, les Borges, Riudecols, Irles y Cortiella. En los siglos XIII y XIV la localidad conoció prosperidad económica y una comunidad judía activa, documentada entre 1283 y 1393. Pero el crecimiento no trajo seguridad permanente. En 1314, hombres de la baronía de Entenza atacaron Alforja porque creían que allí estaba encarcelado un hombre de Samuntà. Fueron rechazados y después asolaron el término; el arzobispo Guillem de Rocabertí los excomulgó. El episodio muestra cómo una disputa regional podía alcanzar la villa y extenderse más allá de sus murallas.
La falta de provisiones decide el asedio
En 1464, Alforja se pronunció contra el rey Joan II bajo el mando de Pere Conangles. La gente de la baronía de Escornalbou sitió la villa y la resistencia acabó cuando escasearon las provisiones: Alforja tuvo que rendirse. El resultado está documentado con una causa inmediata y concreta, la falta de alimentos. No hace falta atribuir el desenlace a la forma del terreno para entender lo que estaba en juego: la villa sostenía una posición política frente a la monarquía, pero no pudo prolongar la defensa sin abastecimiento. La colina y el castillo quedaron asociados a una larga historia de poder; en este episodio, la escasez decidió el final.
Mucho después, las guerras volvieron a poner a la población ante un cerco. En enero de 1837, el militar liberal Iriarte derrotó a los carlistas entre les Borges y Alforja y tomó cincuenta prisioneros; treinta y nueve fueron fusilados. En 1874, durante otra confrontación carlista, 150 hombres dirigidos por el cura de Flix sitiaron a las fuerzas liberales en el pueblo. Los defensores resistieron en la iglesia hasta la llegada de las tropas liberales de Moore, que sumaban mil hombres. Se rindieron después de recibir garantías de que salvarían la vida; al salir, fueron fusilados. El episodio tuvo un desenlace brutal: la iglesia había sido refugio durante el asedio, pero no protegió a quienes se entregaron.
La iglesia parroquial de San Miguel, edificio del siglo XVII, y su campanario neoclásico posterior siguen formando parte del núcleo urbano. Del castillo, en cambio, apenas subsisten partes de las murallas. La villa que en 1464 se rindió por falta de provisiones conservó su nombre y su emplazamiento, mientras la fortaleza perdió casi toda su presencia visible. En la colina quedan fragmentos; abajo, la iglesia recuerda otra defensa y otro final. El paso permanece como marco del paisaje, y las murallas, reducidas a restos, cuentan cuánto cambió el poder que una vez se disputó Alforja.
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