Alfajarín, las peñas que guardan el Ebro
El castillo de Alfajarín ocupa un espolón rocoso sobre la ribera del Ebro, con el pueblo al pie de las peñas. La forma del terreno ayuda a entender por qué la fortaleza y la villa quedaron ligadas durante siglos.
Alfajarín visto desde el castillo: el caserío se extiende bajo las peñas, hacia las tierras bajas de la ribera.
El castillo de Alfajarín se alza al norte del pueblo, sobre un espolón rocoso que mira hacia la ribera del Ebro. Desde allí, las casas se extienden por el terreno más bajo; entre ambos queda hoy la autopista A-2. La fortaleza no se levantó en cualquier punto: los acantilados naturales defendían buena parte de su contorno y el río formaba parte del paisaje que debía vigilar. La peña ofrecía altura y protección, pero también imponía sus límites a quienes construían sobre ella. Esa relación entre relieve y defensa convirtió el castillo en referencia para el desarrollo de la villa.
Las dos peñas de Alfajarín
Una interpretación del nombre Alfajarín lo relaciona con la idea de «las dos peñas». La imagen encaja con dos elevaciones próximas: en una está el castillo y, junto a él, en la otra, el santuario de la Virgen de la Peña. El santuario es del siglo XVI, y ambos edificios conservan restos andalusíes. No hace falta que las dos alturas sean iguales para que la disposición se entienda: juntas dominan el borde del asentamiento y destacan sobre el terreno que desciende hacia el Ebro.
El municipio reúne paisajes muy distintos a ambos lados de la autovía. Al norte se extienden los Montes de Alfajarín, de relieve irregular y montañoso; al sur, la zona agrícola de la ribera, más baja y llana. El pueblo se encuentra a 199 metros sobre el nivel del mar, mientras que la parte meridional del término queda por debajo de los 200 metros. Ese contraste ayuda a situar la peña del castillo: no es una montaña aislada, sino un resalte dentro de una localidad tendida entre relieves ásperos y tierras de ribera.
Un sustrato de río, arenas y yesos
Alfajarín se asienta sobre depósitos cuaternarios del Ebro. Un depósito es material acumulado en el terreno; aquí, la descripción geográfica vincula esos materiales con el río. En el término municipal, el estudio geotécnico registra arenas finas y limos, gravas y arenas compactas, además de yesos, anhidrita y sales, entre otros grupos. Son nombres concretos para un subsuelo variado, no una única capa uniforme. La información describe el municipio: no permite identificar por sí sola qué material hay bajo el castillo ni de qué está hecha su fábrica.
La diferencia entre los materiales importa porque cada uno forma parte de un paisaje con comportamientos propios. El estudio señala formaciones yesíferas con karstificación moderada y sectores donde pueden aparecer hundimientos kársticos actuales o potenciales. En el yeso, el agua puede disolver la roca y abrir huecos; si el terreno pierde apoyo, la superficie puede hundirse. También recoge posibles movimientos en formaciones rocosas, principalmente desprendimientos. Son procesos reconocidos a escala municipal: no explican por sí solos la forma del espolón del castillo ni indican que allí haya ocurrido un hundimiento concreto.
El espolón se convierte en fortaleza
Sobre ese resalte, los constructores medievales encontraron un emplazamiento útil para una fortaleza defensiva y de vigilancia en la ribera del Ebro. La construcción del castillo se sitúa entre los siglos X y XI. Su planta irregular se aproxima a un pentágono y aprovecha el espolón rocoso. En vez de rodearlo de defensas idénticas por todos sus lados, la fortificación se apoyó en los acantilados naturales, salvo en los lados norte y este, donde se excavó un foso para proteger la entrada.
El acceso concentraba la defensa: un puente levadizo conducía a una entrada protegida por dos torres. Esa disposición hacía del relieve un aliado y, al mismo tiempo, obligaba a reforzar los puntos más accesibles. El castillo no es solo una construcción colocada sobre una peña; su forma responde a la diferencia entre los bordes naturalmente escarpados y los lados donde había que crear un obstáculo. La roca daba altura al recinto. El foso, el puente y las torres completaban una protección que el terreno, por sí solo, no ofrecía en todo el perímetro.
La fortaleza atravesó cambios de poder. Tras la ocupación de Zaragoza por Alfonso I en la Navidad de 1118, el castillo pasó a manos cristianas; después de la batalla de Fraga y de la muerte del rey en 1134, volvió al poder almorávide, y en 1141 fue reconquistado, según la cronología del castillo. En medio de esas disputas, la elevación que servía para vigilar la ribera siguió siendo una posición de valor. El terreno no decidió quién controlaba Alfajarín, pero sí ofrecía a cada poder una fortaleza desde la que defender y observar el entorno.
Muros y torre del castillo de Alfajarín sobre el espolón rocoso. La fortaleza aprovechó los acantilados naturales y reforzó los lados más accesibles.
Los Cornel refuerzan la villa
Con el tiempo, el castillo dejó de ser únicamente una plaza disputada y quedó integrado en el dominio señorial de Alfajarín. La villa fue de realengo —es decir, pertenecía al rey— hasta 1293, cuando Jaime II entregó el señorío a Pedro Cornel. La familia Cornel lo mantuvo durante generaciones y se encargó de fortificar la villa y reformar el castillo. Así, la defensa no se limitó a conservar una posición en altura: también implicó reforzar el núcleo que vivía a su amparo.
El relieve ayuda a leer esa relación sin convertirla en una explicación única. El núcleo urbano se desarrolló bajo la protección del castillo, según la historia local, mientras la fortaleza ocupaba el espolón separado del pueblo por el terreno y, hoy, por la autopista. En el castillo, los acantilados naturales resolvían parte de la defensa; en los lados expuestos, las obras humanas añadían foso, puente y torres. La comunidad y la peña no eran piezas independientes: la altura protegía la villa, y la villa daba sentido a la vigilancia de aquella altura.
El control señorial cambió de manos. En 1437 la Baronía dejó de pertenecer a los Cornel y pasó a Juan de Mur; en 1496 llegó a Ramón de Espés, cuya casa conservó el dominio hasta la desaparición de la Baronía en el siglo XIX. En la villa, la historia de esa autoridad quedó ligada a pleitos por las tierras y las cargas. El castillo y su entorno permanecieron como marco físico de una relación que no era solo militar: el poder sobre el territorio incluía también los recursos y las obligaciones de quienes lo habitaban.
De la baronía al municipio
Entre 1820 y 1830 se produjeron varias rebeliones contra los señores. Tras María del Rosario Wall, última señora territorial, desapareció la Baronía y Alfajarín pasó a ser un municipio independiente dentro de la jurisdicción de Zaragoza. Ese fue el desenlace de una larga historia de control señorial: la villa dejó de depender de la casa que había gobernado el territorio. El castillo, en cambio, no desapareció con la Baronía. Su silueta siguió sobre la peña, con muros y torres que conservan la huella de su función defensiva y de las reformas acumuladas.
También perdura otro resto que conecta el pueblo con sus antiguas defensas: la Portaza, en el extremo occidental. Fue una puerta fortificada y salida hacia Zaragoza, y es el único resto de las murallas medievales de la localidad. En el otro extremo de la historia material, la construcción de la autopista Zaragoza-Barcelona sacó a la luz restos de una villa romana que fue destruida; se recuperó la cabeza de una escultura de aire provinciano. La carretera cambió el paisaje y dejó al descubierto una huella antigua, aunque no la preservó entera.
Hoy, el castillo y la Virgen de la Peña siguen ocupando sus dos elevaciones; abajo, Alfajarín se abre hacia la ribera y las tierras más bajas. La villa ya no vive bajo el señorío de los Cornel ni depende de la Baronía, pero la relación entre las peñas y el pueblo sigue siendo visible. El espolón que ofreció altura y defensa continúa dando forma al horizonte local: la roca no gobernó Alfajarín, pero ayudó a elegir dónde se levantó su fortaleza y cómo se contó su historia.
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