Alanís, el agua entre las rocas
En la calle Angustia, una fuente se alzó junto a un manantial que abasteció durante siglos a la población cercana. Su historia conduce desde esa plaza hasta las rocas y las otras surgencias de Alanís, donde el agua encuentra caminos muy localizados.
La Fuente de Santa María ocupa un pequeño espacio abierto en la calle Angustia. Junto al manantial, abasteció durante siglos a la población cercana.
En la calle Angustia, el agua tiene dirección y memoria. La Fuente de Santa María se levantó junto a un manantial, en un pequeño ensanche que antes se llamó plaza de Santa María. Durante siglos, aquella surgencia abasteció a la población más próxima: no una corriente anónima en el paisaje, sino un punto concreto al que Alanís vinculó una obra, una imagen y una costumbre de aprovisionamiento. La fuente fue construida en tiempos de Carlos V y conserva su lugar en el casco urbano. Su historia comienza en la unión entre una salida de agua y una comunidad que organizó alrededor de ella un recurso cotidiano.
Alanís se encuentra en las estribaciones de Sierra Morena, en el norte de Sevilla. Ese marco serrano no es una sola roca uniforme. La clasificación geotécnica municipal agrupa pizarras y esquistos como categoría predominante, con el 61,66%; las calizas, dolomías y mármoles suman el 15,85%, y el granito, el gneis y otras rocas ígneas, el 6,16%. Son proporciones del municipio, no una identificación de la piedra bajo cada calle ni del manantial de Santa María. Sí dibujan un territorio de materiales distintos, un contexto para entender por qué el agua puede concentrarse en puntos concretos.
Alanís y las rocas que dejan pasar el agua
La diferencia importa porque el agua subterránea no atraviesa todos los materiales con la misma facilidad. El estudio geotécnico describe formaciones generalmente impermeables o de muy baja permeabilidad: en términos sencillos, el agua encuentra resistencia para atravesar la roca intacta. Pero la alteración y las fisuras pueden abrirle pasos. Allí pueden alojarse acuíferos superficiales, normalmente poco extensos y de baja productividad, aunque localmente importantes. No es una esponja continua bajo el municipio, sino un medio donde las grietas pueden marcar la diferencia.
Un sondeo incluido en los datos geotécnicos alcanzó 50 metros y registró agua a 8,3 metros. Esa lectura corresponde a un solo sondeo, no a una profundidad válida para todo Alanís ni a una medida del manantial de Santa María. Las formaciones carbonatadas —calizas, dolomías y mármoles— aparecen descritas como poco o casi nada karstificadas, aunque puede haber algún sistema aislado. La karstificación es la disolución progresiva de ciertas rocas por el agua; aquí no se documenta una red extensa, sino la posibilidad local de sistemas aislados. El marco explica cómo pueden darse circulaciones localizadas, pero no identifica el recorrido subterráneo concreto que alimenta esta fuente.
Santa María convierte un manantial en lugar
La respuesta de los habitantes fue fijar aquel punto en el espacio urbano. Junto al manantial se construyó un muro frontal en honor a la Virgen de las Angustias. La fuente no quedó descrita solo como una salida natural: se convirtió en un lugar reconocible, ligado a una plaza, una calle y una imagen. Durante siglos, su importancia fue práctica además de simbólica: la Fuente de Santa María fue la gran abastecedora de agua para la población más próxima.
Ese uso prolongado da al manantial un papel concreto en la historia de Alanís. En un municipio donde la permeabilidad puede ser baja y los acuíferos, cuando se alojan en materiales alterados o fracturados, tienden a ser limitados, una fuente próxima a las casas tenía un valor cotidiano. No hace falta imaginar una escasez particular para comprenderlo: basta con el dato de que la población se surtió históricamente allí. La roca ofrece el contexto general; la fuente señala el lugar donde el agua se hizo accesible y donde el uso humano dejó una estructura duradera.
El conjunto también guarda una fecha visible. En el muro se colocó un panel de cerámica sevillana con la imagen de Nuestra Señora de las Angustias, fechado en 1767. La obra construida en tiempos de Carlos V y el panel del siglo XVIII pertenecen a momentos distintos: la fuente fue adquiriendo capas de significado sin perder su vínculo con el manantial. La imagen convirtió el punto de abastecimiento en una referencia pública y devocional, y la cerámica fijó esa presencia en el frente de la fuente.
El azulejo de Nuestra Señora de las Angustias forma parte del conjunto de la fuente; la pieza está fechada en 1767.
La Fuente de Pilitas mantiene otra tarea
Santa María no es la única fuente que permite seguir la relación entre agua y vida local. Por el camino que conduce al camposanto está la Fuente de Pilitas, descrita como una antigua fuente árabe de ladrillo, acompañada por una alberca del mismo origen y estilo. Su emplazamiento y su aspecto la distinguen de la fuente urbana, pero ambas señalan puntos donde el agua se reunió con usos humanos concretos.
En Pilitas, la función no quedó únicamente en el recuerdo: la fuente y la alberca siguen sirviendo para regar las huertas cercanas y abrevar ganado. Esa continuidad permite ver otro desenlace para una estructura vinculada al agua. Santa María fue durante siglos una gran abastecedora de la población próxima y quedó como un conjunto monumental en la calle Angustia; Pilitas conserva además tareas de riego y abrevadero. En ambos casos, la relación entre el agua y el trabajo cotidiano se lee en construcciones distintas, dentro del mismo término municipal.
La calle Angustia conserva la huella del agua
La geología no convierte todas las fuentes en una misma historia. Las categorías municipales incluyen rocas de permeabilidad muy baja y otras formaciones en las que la alteración o las fracturas pueden facilitar acuíferos superficiales; los datos no asignan a Santa María una roca concreta ni describen su alimentación. Lo que sí puede seguirse es la secuencia local: un manantial junto a la plaza, una fuente levantada en tiempos de Carlos V, siglos de abastecimiento a la población cercana y un muro con una imagen cerámica fechada en 1767.
Al volver a la calle Angustia, la fuente reúne dos escalas. Bajo el casco urbano, Alanís se asienta sobre un mosaico de materiales cuyo comportamiento ayuda a explicar por qué el agua puede aparecer en lugares localizados. A ras de suelo, una comunidad hizo de uno de esos puntos una referencia de abastecimiento y levantó alrededor de él un lugar reconocible. La historia de Santa María desemboca en esa permanencia: el manantial está unido al recuerdo del agua que dio durante siglos, y su fuente conserva la forma construida de aquel vínculo.
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