Alange, la torre que quedó en la Culebra
En Alange, el Cerro de la Culebra sostiene la silueta de una fortaleza musulmana que cambió de manos y acabó abandonada. A su alrededor, el término reúne aguas termales y materiales muy distintos: un paisaje donde la altura y el agua dejaron huellas diferentes.
Alange, entre el relieve del Cerro de la Culebra y las aguas del embalse.
Desde el casco de Alange, la mirada sube hacia el Cerro de la Culebra. Allí, en una altura que domina la comarca del río Matachel, la torre del homenaje conserva la silueta de un castillo musulmán del siglo IX. El cerro sigue ocupando el mismo lugar; la fortaleza, en cambio, atravesó cambios de poder y terminó abandonada. De aquel recorrido permanece una torre que se divisa desde muchos kilómetros.
El Cerro de la Culebra domina el Matachel
Los musulmanes construyeron el castillo en el siglo IX. Su emplazamiento se relacionaba con el control del paso de la Vía de la Plata, una ruta cuyo tránsito daba importancia estratégica a esta posición. La fortaleza no era solo un edificio sobre una elevación: su lugar en el paisaje formaba parte de su función. Desde el Cerro de la Culebra dominaba la comarca del Matachel y su presencia podía reconocerse a gran distancia.
La torre del homenaje que aún destaca en el perfil está construida en mampostería y ladrillo. La mampostería utiliza piezas de piedra en la fábrica del muro; el ladrillo añade otro material visible en la torre. Son datos de la construcción que ha llegado hasta hoy, no una identificación de la roca concreta del cerro. En Alange, la historia del castillo se puede seguir en esa combinación: una posición elevada escogida para una fortaleza y una torre que todavía señala dónde estuvo su centro.
Materiales distintos bajo Alange
El terreno del municipio no se resume en una sola clase de sustrato. La clasificación geotécnica de Alange asigna un 28,43 % a gravas y arenas compactas y un 17,88 % a pizarras y esquistos. También distingue masas de agua, con un 15,46 %, y arcillas y margas sobreconsolidadas duras, con un 9,42 %. Son materiales de naturaleza diferente: unas categorías nombran sedimentos, otras rocas y otra el agua que forma parte del territorio.
La misma clasificación incluye areniscas, conglomerados y flysch (5,51 %), arenas finas y limos (4,89 %), y granito, gneis y rocas ígneas (2,64 %). Así aparece, a escala del término municipal, un mosaico de materiales y no una única superficie uniforme. El Cerro de la Culebra se reconoce en el paisaje por su relieve y el castillo por su fábrica de mampostería y ladrillo; la clasificación geotécnica, por su parte, describe los materiales del municipio. Esta diferencia de escalas permite situar la fortaleza en su paisaje sin atribuirle una roca que no está identificada.
El castillo de Alange corona el Cerro de la Culebra, la altura que domina la comarca del Matachel.
De la batalla de 1230 al cambio de 1243
En 1230, Alange aparece en otro episodio de conflicto. Las fuerzas musulmanas sufrieron una derrota completa y huyeron perseguidas por los leoneses; Ibn Hud resultó herido. La narración histórica sitúa la persecución hacia Badajoz, en el lugar llamado Valle de la Matanza. El castillo no necesita convertirse en escenario probado de cada combate para entender el cambio de época: su emplazamiento formaba parte de una comarca atravesada por disputas por el territorio y sus pasos.
Trece años después, el destino de la fortaleza sí queda señalado con claridad. Tras conquistar Alange, Fernando III donó el castillo a la Orden de Santiago, en 1243. Cambió así la autoridad a la que pertenecía: la fortaleza musulmana pasó a manos de una orden militar cristiana. El cerro permaneció, pero la institución que ocupaba el castillo ya era otra. La historia de la torre se prolongó durante siglos como parte de un lugar cuyo valor se vinculaba al control del paso de la Vía de la Plata.
El agua abre otra historia en Alange
La altura no fue la única característica del entorno que atrajo construcciones duraderas. En Alange, las aguas termales dieron origen a una estación romana levantada en época de Trajano. La presencia humana en la zona era anterior, pero de aquella estación se conservan restos arqueológicos, entre ellos dos termas restauradas, una para hombres y otra para mujeres. Aquí la arquitectura se organiza alrededor del agua, no de la vigilancia de un paso.
El edificio romano rectangular alojaba dos cámaras circulares iguales, a las que se accedía por una escalera inclinada de piedra. En el centro de las cámaras estaban las piscinas circulares; arriba, las bóvedas semiesféricas se abrían con claraboyas centrales. La disposición convierte el baño en una arquitectura hecha para contener y encauzar el agua termal. Con reformas en los siglos XVIII y XIX, las termas siguen integradas en un balneario en explotación. Frente al castillo abandonado, esta construcción mantuvo un uso que ha continuado hasta el presente.
A finales del siglo III, la familia de los Serénanos llegó desde Capadocia y se instaló en Emérita. Con ellos viajaba Varinia Serena, que padecía una dolencia relacionada con el aparato femenino. Según el relato asociado a las termas, mejoró al sumergirse en las aguas y su padre hizo levantar una estatua a la diosa Juno en la estación termal. El episodio añade una historia familiar a la del edificio: el manantial no era solo un elemento de la arquitectura, sino el motivo de una visita y de una ofrenda.
La torre queda sobre la Culebra
Hacia mediados del siglo XVI, el castillo fue abandonado. No se registra aquí una nueva etapa de ocupación que prolongue su función militar; sí permanece la torre del homenaje, visible desde lejos. En la villa queda también la Casa de la Encomienda, que fue vivienda del comendador: aunque perdió su estructura original, conserva un gran patio, algunos restos de columnas y capiteles, y un escudo. Para construirla se empleó mampostería, debido a la escasez de cantería en aquellos momentos.
El agua también ha cambiado qué huellas pueden verse: algunos yacimientos arqueológicos del municipio quedaron bajo las aguas del embalse, mientras otros restos rescatados se encuentran en el Museo Arqueológico Provincial de Badajoz. Alange conserva así rastros de distintas maneras de ocupar el territorio, desde la fortaleza en el cerro hasta las termas junto al agua.
El castillo dejó de estar habitado hacia mediados del siglo XVI, pero la torre no desapareció con su abandono. Desde el Cerro de la Culebra sigue dibujando sobre Alange el perfil de una fortaleza construida para dominar un paso. La altura quedó; cambió el poder que la ocupaba, y quedó también la torre para contarlo.
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