Abla hizo de la pizarra una muralla antes de Roma
*En el Peñón de Las Juntas, un recinto fortificado y su necrópolis enlazan la Edad del Cobre con el paisaje que todavía rodea Abla. La pizarra que predomina en el terreno aparece también en las murallas y viviendas: una roca convertida en arquitectura.*
Panorámica de Abla, localidad donde el Peñón de Las Juntas conserva un asentamiento de la Edad del Cobre.
En el Peñón de Las Juntas, la pizarra no es solo el fondo oscuro de un paisaje: forma parte de las ruinas de un asentamiento fortificado y de las viviendas que se conservan allí. El lugar pertenece a la Edad del Cobre y sus restos se sitúan entre el 2500 y el 2000 a. C. La pregunta que plantea esa coincidencia es sencilla: ¿cómo acabó una roca del territorio convertida en parte de la vida cotidiana de quienes habitaron Abla?
La muralla empezó en el terreno
La respuesta visible está en las piedras. En el Peñón se conservan restos de muralla y de viviendas construidas con pizarra mediante la técnica de piedra seca: las piezas se disponían sin argamasa. La necrópolis, asociada al asentamiento, cuenta con trece tumbas de tipo tholos; algunas mantienen un buen estado de conservación. El lugar reúne así dos gestos distintos, proteger a los vivos y disponer el espacio funerario, dentro de un mismo conjunto arqueológico.
La pizarra aparece también en las tumbas: se utilizaron lajas para delimitar sus estructuras. Una laja es una pieza plana de roca, y aquí esa forma concreta importa. La piedra no se quedó en el subsuelo: fue escogida, colocada y ajustada para hacer muros y marcar sepulturas. La evidencia arqueológica permite seguir el material desde la roca hasta la obra, aunque no documenta cada decisión de quienes la levantaron.
El asentamiento pertenece a la cultura de Los Millares, y sus restos abarcan aproximadamente cinco siglos, entre el 2500 y el 2000 antes de nuestra era. No hace falta imaginar una escena inventada para advertir el cambio de escala: en el mismo lugar se reconocen la fortificación, las viviendas y la necrópolis. La piedra organizó espacios diferentes. Y, en la pizarra colocada en seco, el paisaje pasó a ser también construcción.
Una roca antigua aprende a servir
La coincidencia entre el material de las ruinas y el predominio de pizarras y esquistos en la clasificación geotécnica de Abla refuerza el vínculo entre el terreno y la historia del Peñón. Esa clasificación atribuye a pizarras y esquistos el 94.93% de los materiales considerados. No significa que cada muro proceda de un punto concreto del municipio; sí muestra que esas rocas caracterizan ampliamente el subsuelo local.
La pizarra pertenece a un grupo de rocas antiguas transformadas por presión y calor. Dicho sin jerga: materiales que tuvieron otra forma fueron modificados profundamente dentro de la Tierra, hasta adquirir la estructura que hoy reconocemos. La roca no nació como una pared; los procesos geológicos la hicieron, y las personas la aprovecharon en piezas que podían formar parte de una obra. Es una historia de transformaciones a escalas muy distintas.
Es razonable deducir que disponer de pizarra en el entorno facilitó su empleo en la construcción del Peñón. La relación entre la roca y las estructuras está documentada; el origen exacto de cada laja, no. Esa cautela no debilita la escena principal: las viviendas, la muralla y las tumbas muestran que la piedra tuvo un uso concreto en el asentamiento. Cuando mires una ladera de Abla, puedes pensar en esa larga diferencia entre una roca formada por procesos profundos y una laja puesta por manos humanas.
El relato no se detuvo en la Edad del Cobre
El Peñón guarda otra capa de ocupación: en el lugar se han encontrado restos de una presencia islámica posterior. Así, el mismo enclave enlaza la arquitectura de la Edad del Cobre con una etapa mucho más tardía, sin que las evidencias disponibles permitan convertir esas ocupaciones en una continuidad ininterrumpida. El relieve permaneció; los usos humanos cambiaron.
Abla también conserva un mausoleo romano de época altoimperial. Es una torre funeraria, de planta cuadrada sobre una plataforma rectangular, con una bóveda de arista y dos espacios diferenciados: una cámara destinada al culto y un nicho. Su presencia añade otra manera de construir y recordar a los muertos a una localidad donde las tumbas del Peñón ya habían dejado una huella muy anterior.
La historia escrita sitúa a Abla en la Bastetania: Claudio Ptolomeo la mencionó como un núcleo importante de esa región. La misma tradición cristiana atribuye a San Segundo una sede episcopal en la localidad durante el siglo I; conviene entenderlo como tradición, no como una prueba arqueológica equivalente a las estructuras conservadas. Para el lector, el contraste resulta elocuente: la memoria del lugar llega por testimonios distintos, desde las piedras de un asentamiento prehistórico hasta relatos sobre sus primeros siglos históricos.
Una localidad entre dos sierras
La posición de Abla ayuda a entender por qué su paisaje cambia con rapidez al recorrer el término. El municipio se extiende desde las estribaciones de Sierra Nevada hacia la sierra de los Filabres; dentro de sus límites, la altitud va de 750 metros junto al río Nacimiento a 1990 metros en el noroeste, en la sierra de Baza. El pueblo se encuentra a 853 metros. No es una descripción abstracta: es el marco montañoso en el que se conserva el Peñón de Las Juntas.
Los ríos Nacimiento y Abrucena discurren por el término municipal, pero la historia que cuenta el Peñón no depende de convertirlos en protagonistas. Aquí la conexión más firme es otra: una localidad de terreno predominantemente pizarroso conserva un asentamiento cuyas murallas, viviendas y tumbas emplearon pizarra.
Abla frente a Sierra Nevada, en el paisaje montañoso que enmarca el término municipal.
La geología ofrece la materia; la arqueología permite ver algunos de los usos que tuvo.
La piedra todavía enlaza dos tiempos
La historia de Abla no cabe en un solo periodo. La rendición de la localidad a los Reyes Católicos por Cid Hiaya, el 29 de diciembre de 1489, pertenece a una etapa histórica muy posterior a las tumbas del Peñón. No hay que unir ambos episodios por una causa que las fuentes no documentan. Sí pueden leerse dentro de un mismo paisaje: un territorio montañoso habitado en épocas distintas y marcado, en uno de sus yacimientos más antiguos, por la elección de la piedra.
Ese vínculo tiene una medida concreta y una imagen reconocible. La pizarra figura entre las rocas predominantes del subsuelo municipal y, en el Peñón, aparece convertida en lajas, viviendas y muros de piedra seca. La geología no permite reconstruir por sí sola la vida de aquellas comunidades; las ruinas sí muestran cómo una parte de su entorno entró en la arquitectura y en los ritos funerarios.
Así se responde a la pregunta del comienzo: la pizarra llegó a ser parte de la vida del asentamiento porque las personas la transformaron en estructuras que todavía pueden reconocerse. En Abla, una ladera no es solo relieve: puede guardar la huella de una roca antigua convertida en refugio y memoria.
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