Chella encontró en El Abrullador el agua que convirtió secanos en huerta
En el siglo XVIII, El Abrullador cambió el destino de los campos de Chella: el secano empezó a ceder terreno a la huerta. ¿Qué camino subterráneo pudo llevar aquella agua hasta el pueblo?
Vista de Chella, con el caserío y la torre de la iglesia en primer plano.
En Chella, un manantial alteró el paisaje sin mover una sola montaña. El Abrullador apareció en la historia local como una nueva fuente de agua y, con ella, llegó una transformación de consecuencias visibles: tierras de secano empezaron a convertirse en huerta. No fue una conquista ni una orden señorial la que hizo brotar los cultivos; fue el agua, encontrada en un término montañoso donde el río Sellent y varios barrancos dibujan el terreno.
El manantial hizo retroceder al secano
La noticia del Abrullador pertenece al siglo XVIII, una época de crecimiento económico importante para Chella. La relación quedó anotada con sencillez y fuerza: el descubrimiento de aquel manantial permitió transformar secanos en huerta. En una localidad con un pequeño sector llano en el centro y relieves alrededor, ese cambio significaba poder disponer de agua para cultivar donde antes la agricultura dependía más directamente de la lluvia.
La fuente no cambió solo la forma de trabajar la tierra. También dio otra escala a una comunidad que ya había atravesado una ruptura profunda. En 1609, tras la orden de expulsión de los moriscos, Chella quedó totalmente abandonada; en 1611 se otorgó una nueva carta de población y llegaron nuevos pobladores. Décadas después, el hallazgo del manantial ofreció una oportunidad distinta: no repoblar el lugar, sino ampliar lo que sus campos podían producir.
El agua no borró el secano de un golpe. La transformación fue una mudanza del paisaje agrícola y de la economía local. En el censo de 1840 aparecen trigo, maíz y cebada, junto con la producción de aceite, vino y seda. Esos cultivos muestran una economía diversa, aunque no permiten atribuir cada producto a una parcela regada por El Abrullador. Lo que sí está documentado es el vínculo entre el manantial y la expansión de la huerta.
¿Por qué pudo importar tanto un nacimiento de agua en este lugar? La respuesta está, en parte, en la relación entre el relieve y las rocas del término. El río Sellent atraviesa Chella hacia el sureste y numerosos barrancos drenan sus laderas; el agua superficial y la subterránea forman parte de un paisaje quebrado, donde encontrar un punto de salida podía cambiar el uso de una tierra cercana.
El agua encontró una roca con caminos
La composición del terreno aporta una pista, aunque no una explicación definitiva del manantial concreto. La categoría dominante del estudio geotécnico reúne calizas, dolomías y mármoles y representa el 67,81 % de los materiales registrados. También aparecen yesos, anhidrita y sales. En términos generales, las calizas y dolomías se forman a partir de sedimentos carbonatados acumulados en mares poco profundos; son rocas que guardan una historia muy anterior a los campos y a las casas de Chella.
En las rocas carbonatadas, el agua puede ensanchar fisuras y abrir conductos: ese relieve de grietas y cavidades se llama karst, algo parecido a una red de pasajes que el agua va ampliando lentamente en la roca. La información geotécnica reconoce formaciones carbonatadas con karstificación variable y señala que, mediante alteración o fracturas, pueden albergar acuíferos superficiales. Así, el subsuelo local ofrece un mecanismo geológico verosímil para que el agua circule y reaparezca en un manantial.
Es probable, por tanto, que la geología carbonatada ayudara a conducir agua hasta una surgencia como El Abrullador. Pero esa conexión concreta es una interpretación razonada: los datos disponibles no trazan el recorrido subterráneo del manantial ni identifican su punto de alimentación. La idea importante no necesita adornos: en un terreno con rocas que pueden fracturarse y permitir circulación de agua, un nacimiento podía ser una pieza decisiva para llevar la huerta a tierras de secano.
La roca tampoco funciona como una esponja uniforme. El estudio describe formaciones generalmente impermeables o de permeabilidad muy baja, que pueden alojar acuíferos superficiales allí donde la alteración o las fracturas abren paso al agua. Esa combinación ayuda a entender por qué el recurso no se reparte por igual en todo el término: el agua puede quedar condicionada por discontinuidades locales y emerger solo en determinados lugares. El Abrullador fue importante precisamente porque el agua apareció donde podía aprovecharse.
Los jardines de la fuente de Chella muestran la presencia del agua en el paisaje cotidiano del pueblo.
Las covachas estaban antes que el pueblo
La relación de Chella con el terreno es más antigua que la agricultura documentada. En las covachas del barranco del Lobo se han recogido sílex y cerámicas que muestran ocupación desde el Mesolítico hasta los comienzos de la Edad de los Metales; también se conocen restos del Eneolítico. No es una cronología de la formación de las rocas, sino la huella de personas que vivieron en este paisaje mucho antes de que existieran la plaza de la iglesia Vieja o el nombre de El Abrullador en la historia agrícola.
El registro continúa en otros lugares del término. En los Secanos Altos aparecieron abundantes cerámicas ibéricas, con decoración geométrica pintada y fragmentos de vasos de barniz negro. Cerca se encuentran dos losas que parecen restos de los umbrales de una casa romana. Y en una ladera de la Peña del Turco hay dieciséis covachas artificiales, recintos excavados cuya cronología se desconoce. Son episodios distintos, pero comparten un escenario: barrancos, laderas y abrigos que han servido de referencia en la vida del lugar.
La Chella actual tiene su origen en una alquería musulmana situada en el espacio de la actual plaza de la iglesia Vieja. Allí se conserva parte del muro de la mezquita, con una hornacina que alberga la Virgen de Gracia. En la parte alta, los restos del castillo musulmán permanecen en el barrio de la Peña. El núcleo fue creciendo desde su casco medieval; el paisaje no dictó por sí solo esa historia, pero sus laderas y pasos forman el marco físico que una comunidad habitó, recorrió y transformó.
Cuando miras Chella desde sus calles, la huella del agua no se limita a una fecha en una crónica. La población se extiende en un término montañoso, drenado por el Sellent y por barrancos como el del Abrullador. La fuente y la huerta pertenecen a la historia humana; las rocas, las fracturas y la circulación subterránea aportan una explicación geológica plausible de por qué el agua pudo convertirse en una oportunidad concreta.
El temblor rehízo la iglesia
El siglo XVIII dejó en Chella otro episodio en el que la tierra intervino de forma directa. El terremoto del 23 de marzo de 1748 afectó a varios pueblos de la zona y destruyó la iglesia vieja de Chella. El daño aceleró la construcción de una nueva iglesia, levantada en 1763 con planta de cruz latina y estilo neoclásico. Su campanario tiene las esquinas orientadas a los puntos cardinales y conserva la campana María de Gracia, fechada en 1789.
La secuencia reúne dos fuerzas muy diferentes. Una surgencia de agua impulsó un cambio agrícola; un terremoto obligó a reconstruir un edificio central de la vida local. En el primer caso, la geología ofreció una posibilidad que el aprovechamiento humano convirtió en huerta. En el segundo, el movimiento sísmico dejó una consecuencia material que todavía se reconoce en la iglesia nueva. No hace falta confundir ambos procesos para ver cuánto pueden pesar en la historia de un pueblo.
El Abrullador cambió Chella porque hizo disponible agua allí donde la agricultura era de secano; la roca carbonatada permite proponer cómo pudo circular, sin convertir esa hipótesis en un recorrido demostrado. Cuando vuelvas a mirar el pueblo, piensa en la huerta que nació de una surgencia y en las fracturas silenciosas que pudieron guiarla.
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