Zegama, el paso entre dos vertientes
En Zegama, un valle y unas cumbres separadas por un gran desnivel comparten el mismo horizonte. Esa montaña caliza fue a la vez obstáculo, corredor y hogar de pastoreo: una geografía que obligó a buscar pasos y orientó la vida alrededor de ellos.
Una calle del núcleo de Zegama, con laderas arboladas al fondo. El pueblo ocupa la parte baja del fuerte desnivel de Aizkorri.
Desde el núcleo de Zegama, el valle del Oria queda a 296 metros sobre el nivel del mar; por encima, Aizkorri levanta cumbres que superan los 1.500. Urbía se abre a unos 1.000 metros, entre la población y las crestas. El salto de altura convierte un espacio cercano en varios mundos enlazados: valle, pradera de montaña y peñas. Quienes cruzaban este territorio tuvieron que buscar un paso; quienes vivían de sus pastos aprendieron a usar sus alturas. La montaña no cerró el camino, pero obligó a elegirlo.
Aizkorri pone el valle en desnivel
La sierra de Aizkorri se levanta sobre el valle del Oria y sobre el propio pueblo como un gran bloque calizo. El relieve municipal es abrupto: hay más de 700 metros de diferencia entre el núcleo urbano y las praderas de Urbía, y más de 1.200 hasta la máxima cota. La crestería presenta un acantilado y el desnivel se salva en poco más de tres kilómetros. No hace falta alejarse mucho para pasar de las casas a un paisaje de altura.
La montaña también reparte el agua. Zegama está en la divisoria entre la vertiente cantábrica y la mediterránea: el Oria nace en las estribaciones de Aizkorri y fluye hacia el norte, mientras que al sur las aguas alimentan las cuencas del Arga y del Zadorra, tributarias del Ebro. Una divisoria es la línea de relieve que separa cuencas; según en qué lado caiga, el agua emprende un camino distinto. En un municipio pequeño, la sierra decide dos destinos.
La caliza abre un mundo kárstico
El protagonismo de la caliza no se queda en la silueta de Aizkorri. La descripción geográfica de Zegama registra en este paraje un sistema kárstico con numerosas simas y cuevas. Un karst es un paisaje de cavidades y conductos que se forma cuando el agua disuelve poco a poco rocas carbonatadas, como la caliza. El agua puede infiltrarse por fisuras y ampliarlas con el tiempo; así, parte del relieve continúa bajo tierra, aunque desde el valle solo se vean las peñas.
La clasificación municipal del estudio geotécnico distingue calizas, dolomías y mármoles, además de areniscas, conglomerados y flysch. En las formaciones carbonatadas señala una karstificación mediana y la presencia ocasional de karsts importantes dispersos. Es una manera de describir un terreno variado: la caliza tiene un papel destacado en la sierra, pero no es el único material que aparece en el término. Las cuevas y simas dan una forma concreta a esa historia subterránea.
El relieve no solo cambia por disolución. El estudio también reconoce áreas con movimientos actuales o potenciales de tipo deslizamiento y desprendimiento. Son procesos distintos: en uno, materiales de una ladera pueden desplazarse; en el otro, bloques pueden separarse y caer. La caliza, las diferencias de altura y las laderas forman parte de un paisaje dinámico, no de un decorado inmóvil. No se atribuye aquí un desprendimiento concreto a un camino o a una fecha: lo documentado es la presencia de esos procesos en el municipio.
En la superficie, el cambio de altura se traduce en ambientes reconocibles. Las praderas de Urbía se abren entre peñas calizas y bosquecillos de hayas y espinos albares. Los arroyos descienden desde la montaña, y el Oria comienza aquí su recorrido hacia el Cantábrico.
Un arroyo atraviesa el entorno urbano de Zegama. En el municipio, los cursos de agua nacen en la montaña y se reparten entre dos vertientes.
La misma sierra que separa cuencas reúne, en pocos kilómetros, cursos de agua, pastos y crestas. El terreno impone contrastes; las rutas y los usos se acomodan a ellos.
Otsaurte y San Adrián, dos puertas
La historia de los desplazamientos por Zegama sigue ese relieve. El paso entre la Llanada Alavesa y la costa cantábrica atravesaba este entorno; por esta ruta los romanos construyeron la calzada que unía Briviesca con Pamplona, conocida como Ab Asturica Burdigalam. La ruta antigua se ha situado posiblemente por el puerto de Otsaurte. El camino no era una línea abstracta: dependía de encontrar un paso entre las alturas y continuar por el territorio que comunicaba las dos vertientes.
Más adelante se abrió otra vía por el túnel natural del paso de San Adrián, cuando Gipuzkoa ya formaba parte de Castilla. Por allí discurría el Camino Real que llegaba desde Vitoria y seguía hacia Segura; ese mismo corredor forma parte del ramal guipuzcoano del Camino de Santiago. La montaña ofrecía más de una puerta, y las rutas cambiaron. San Adrián no sustituyó la geografía: convirtió una abertura natural en un paso reconocido dentro de un itinerario de largo recorrido.
El paso también tuvo que protegerse. Sobre las peñas de Osaolaazpi, el castillo de Gazteluberri defendía la ruta. Su posición enlaza la historia del movimiento con la del relieve: la vía atravesaba una zona montañosa y el castillo se alzaba sobre sus peñas. En torno al Camino Real, diversas instalaciones —muchas eran ermitas— atendían y daban seguridad a quienes viajaban. Así, el corredor no era solo una manera de cruzar la sierra: tenía puntos de defensa y de acogida.
Urbía sostiene la vida de altura
El otro gran uso de la montaña no consistía en atravesarla, sino en permanecer en ella durante parte del año. Las praderas de Urbía ofrecen pastos excepcionales para la ganadería lanar, una actividad central en la economía local. Rebaños de ovejas latxas pastan entre las peñas calizas y los bosquecillos; los pastores se agrupan en pequeñas concentraciones de chabolas que les sirven de vivienda en los meses de verano. Las alturas que exigían encontrar pasos eran también espacios de trabajo.
Ese vínculo se entiende al mirar la forma del terreno: las praderas se abren en altura, separadas del núcleo urbano por más de 700 metros de desnivel. El queso de oveja latxa de la zona se integra en la denominación de origen Idiazábal. No hace falta atribuir a la roca una causa directa para cada práctica: basta con reconocer que las campas de Urbía proporcionan pastos y que el pastoreo ha sido una actividad muy intensa. El paisaje calizo y la vida ganadera comparten el mismo escenario.
El corredor sigue abierto
En 2006, la zona fue declarada parque natural. La protección mantiene en primer plano un territorio donde conviven las crestas calizas, las praderas de Urbía, las hayas y los cursos de agua. La vida del paso no quedó congelada en la calzada romana ni en el Camino Real. Zegama sigue conectada con el corredor principal de la provincia: por la N-I y el ferrocarril, y mediante la GI-2637, que enlaza con la N-I cerca de Idiazábal y hacia el sur por el puerto de Otzaurte.
El resultado de esta historia no es un único camino vencedor. La ruta romana, el posible paso antiguo por Otsaurte, el itinerario por San Adrián, los caminos de pastoreo y las comunicaciones actuales pertenecen a momentos distintos, pero todos hacen visible la importancia de atravesar y habitar este relieve. La montaña permanece como bloque calizo, divisoria de aguas y terreno de desniveles; los pasos y los usos humanos han ido cambiando a su alrededor. En Zegama, cruzar la sierra siempre significó elegir entre sus dos vertientes.
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