Zafarraya, la llanura que se tragó un río
El río de la Madre cruza el polje de Zafarraya, pero sus aguas acaban desviándose bajo tierra. Para entender ese recorrido hay que seguir la historia de la depresión: desde las rocas apiladas y el mar que la invadió hasta los sumideros que hoy conducen el agua.
Vista de Zafarraya y del relieve que rodea el Llano, escenario del polje y de su drenaje kárstico.
El Llano de Zafarraya no es solo una superficie rodeada de montañas. Es una depresión cerrada, amplia y atravesada por aguas que encuentran caminos distintos: algunos visibles, otros abiertos bajo la roca. El polje mide unos diez kilómetros de largo y hasta 3,5 de ancho. En su centro, el río de la Madre cruza de este a oeste; en el subsuelo, el karst termina desviando sus aguas. Esa llanura es la huella actual de una historia hecha de rocas apiladas, sedimentos marinos, erosión y filtraciones.
El polje entre dos escamas
Un polje es una depresión grande y cerrada asociada a un relieve kárstico. El agua puede recorrerla por la superficie, pero también infiltrarse por las rocas y continuar bajo tierra. El de Zafarraya forma parte de una cuenca hidrográfica cerrada de 151 kilómetros cuadrados. Cerca del 65 % de esa cuenca está formado por materiales kársticos carbonatados de Sierra Gorda.
La depresión se inscribe en la escama de Zafarraya, una unidad de una estructura imbricada: varias escamas rocosas quedan dispuestas unas sobre otras. A un lado se levanta la vertiente sur de las calizas jurásicas del gran domo anticlinal de Sierra Gorda de Loja; al otro, las calizas jurásicas de la sierra de Alhama. La depresión queda limitada al este por una falla y, hacia el sur, por flyschs apoyados sobre la escama de Alhama. El llano ocupa así un lugar preciso entre piezas de roca con distinta posición.
Calizas, dolomías y otros materiales
En este paisaje, los carbonatos son esenciales para entender el recorrido del agua. La base del polje está constituida en su mayor proporción por materiales kársticos carbonatados de edad jurásica. El agua que se infiltra ejerce corrosión química y abrasión mecánica sobre esas rocas. Con el tiempo, el relieve kárstico se desarrolla también bajo la superficie y abre vías por las que el drenaje puede cambiar de rumbo.
El estudio geotécnico de Zafarraya clasifica el 78,63 % de los materiales del término municipal en la categoría de calizas, dolomías y mármoles. También recoge un 7,98 % de arcillas expansivas blancas o blandas y un 5,71 % de areniscas, conglomerados y flysch. Es una descripción municipal, no una identificación de la roca bajo cada edificio. Sí muestra que el paisaje local reúne materiales distintos, mientras que los carbonatos tienen un papel destacado en el funcionamiento hidrogeológico del polje.
El mar se retira por el Boquete
La estructura de escamas es antigua. Más tarde, durante el episodio que la descripción geológica denomina totoniense, un brazo de mar invadió la depresión y allí se depositaron molasas. Esos materiales quedaron fosilizados alrededor de los 1.200 metros y prolongaron un aplanamiento parcial sobre las calizas jurásicas de Sierra Gorda. La superficie actual conserva, por tanto, una etapa en la que el mar alcanzó este paisaje interior.
Cuando el mar se retiró, una red hidrográfica desmontó buena parte de las molasas. Esa red debía bordear la sierra de Alhama por la incisura del Boquete de Zafarraya, situada en Ventas de Zafarraya. El paso deja ver el trabajo de la erosión: el agua removió los materiales depositados y encontró una salida entre las sierras.
El Boquete de Zafarraya, paso entre relieves que forma parte de la historia de la erosión y el drenaje de la depresión.
Pero la superficie no era el único camino posible. Mientras los cursos fluviales erosionaban el relieve, el agua también se filtraba en los carbonatos y empezaba a organizar un drenaje subterráneo.
El río de la Madre cambia de ruta
La transformación decisiva ocurrió bajo el llano. Las aguas infiltradas desde las áreas que aportaban molasas ejercieron corrosión química y abrasión mecánica en los materiales carbonatados. El endokarst —la parte subterránea del relieve kárstico— llegó a desviar las aguas de la depresión y, de manera destacada, las del río de la Madre. El río atraviesa el polje de este a oeste, pero la circulación del agua no se agota en el cauce visible.
En la parte occidental, los sumideros del Porteño y del Cortijo Sabanillas coinciden con la zona más baja de tres cuencas: la del río de la Madre, la del arroyo Hediondo y la cuenca sur del pico Montoso. Un sumidero es el punto donde el agua superficial se incorpora al drenaje subterráneo. Los bordes del acuífero están sellados por materiales de baja permeabilidad, mientras que el macizo carbonatado ofrece vías para la filtración. Así, la depresión recoge agua y el karst la conduce hacia abajo: el río encuentra bajo el llano una continuación que no se ve desde la superficie.
El Boquete, corredor de muchas épocas
El mismo paso que forma parte de la historia del drenaje aparece ligado a la presencia humana. En la cueva del Boquete de Zafarraya se hallaron restos neandertales conocidos como el Hombre de Zafarraya, datados en unos 30.000 años. En el segundo milenio antes de Cristo se asentó en el Llano la cultura de El Argar, con poblados situados en lugares de fácil defensa. Más tarde hubo campamentos fenicios y romanos. A mediados del siglo VIII llegaron los musulmanes de la mano del príncipe omeya Abderramán I.
En siglos posteriores, el territorio fue paso obligado de tropas y caravanas en el camino hacia Vélez, Alhama y Loja. No se trata de una sola comunidad atravesando el tiempo sin cambios, sino de distintas épocas que dejan Zafarraya en una ruta entre lugares. La cueva, el llano y el Boquete pertenecen a una misma geografía, aunque cada grupo encontrara su propio motivo para ocuparla o cruzarla.
En 1813, Zafarraya se constituyó en villa independiente y poco después en municipio. La nueva situación abrió enfrentamientos con Alhama de Granada por el aprovechamiento de Júrtiga y de la sierra de Loja, que finalmente quedaron en manos de Zafarraya. En 1871 se alcanzó el primer acuerdo para deslindar ambos municipios. Las montañas que delimitan la depresión también formaron parte de una disputa por el territorio y sus recursos.
1884: Zafarraya vuelve a levantarse
El día de Navidad de 1884, un terremoto tuvo su epicentro entre Ventas de Zafarraya y Arenas del Rey. El municipio sufrió 25 muertes y 75 heridos; el 30 % de los edificios se derrumbó. La antigua iglesia quedó destruida por completo.
Ruinas de la antigua iglesia de Zafarraya, destruida durante el terremoto de 1884.
El golpe convirtió las calles y los edificios en una tarea urgente: había que reconstruir un lugar en el que una parte importante de las construcciones había desaparecido.
Zafarraya se reedificó en un 80 % siguiendo planos de urbanistas, con calles rectas y ordenadas. A finales del siglo XIX, el general Narváez mandó construir la iglesia actual. También se levantó el pilar de Zafarraya tras los terremotos de 1884: servía para abastecerse de agua y como punto de encuentro de quienes acudían con cántaros para las tareas domésticas. La localidad rehízo sus espacios comunes y dejó en pie otra forma de memoria, además de las rocas y la cueva.
El río de la Madre sigue atravesando el polje, pero su recorrido superficial es solo una parte de la historia. El agua que se filtra y desaparece en los sumideros continúa por las rocas carbonatadas; en el pueblo, el pilar recuerda la importancia cotidiana de disponer de agua. Sobre una depresión transformada por el mar, la erosión y el karst, Zafarraya volvió a ordenar sus calles y a levantar sus edificios.
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