Villaseca, volver a levantar la villa
En 1521, las tropas del obispo comunero Acuña quemaron buena parte de Villaseca y destruyeron el palacio de los Silva. Después, la villa volvió a levantarse: en su historia se cruzan edificios rehechos, materiales reutilizados y un subsuelo de composición diversa.
La Plaza Mayor de Villaseca de la Sagra, con el Ayuntamiento y el entorno del palacio de los Marqueses de Montemayor.
En la Plaza Mayor, el palacio de los Marqueses de Montemayor recuerda que la destrucción no fue el último capítulo de aquel episodio. El palacio primitivo cayó durante la guerra de las Comunidades; el que ocupa hoy su lugar fue reconstruido. En el patio rectangular destacan doce columnas sobre bases cuadradas, con capiteles renacentistas. La plaza, cuadrada y acompañada por antiguos balcones de madera, ofrece así una primera pista: Villaseca conserva edificios y espacios que atravesaron una historia de pérdidas y reconstrucciones.
De Aceca a los terrenos de Villaseca
El comienzo de esa historia local está ligado a la antigua Aceca. Tras la conquista de Toledo en 1085, habitantes de Aceca se asentaron en terrenos alejados de las condiciones malsanas del río Tajo y libres del dominio musulmán. En los siglos XII, XIII y XIV, Villaseca aparece mencionada como alquería de la comarca de La Sagra. El pueblo no surgió, por tanto, como un episodio aislado: fue tomando forma dentro de un territorio que ya tenía vínculos y caminos.
También el nombre guarda esa relación. La explicación recogida para Villaseca remite a «Villa d’Aceca» y, a su vez, al árabe as-Sikka, «el camino». No procede del latín sicca, «seca», aunque la semejanza pudo favorecer esa interpretación popular por la sequedad de la zona. Esa evocación del terreno convive con otro dato de escala distinta: en las dos últimas décadas del siglo XX, la precipitación media anual se cifró en 370 milímetros. El dato caracteriza ese periodo, no describe por sí solo cada año ni el clima de épocas anteriores.
1521: el golpe que cambió la villa
En 1521 llegó el episodio más brusco de la secuencia. Las tropas del obispo comunero Acuña atacaron Villaseca y quemaron buena parte de sus casas. También destruyeron el palacio del señor feudal Juan de Silva; después, el ataque alcanzó el castillo del Águila. No fue solo una fecha de guerra: casas y edificios quedaron dañados, y la continuidad de la vida local tuvo que abrirse paso entre las ruinas.
Terminada la revuelta, Carlos I ordenó que la parte quemada y destruida se levantara con materiales de la casa arruinada del capitán toledano Juan de Padilla. El rey había mandado demoler aquella casa en Toledo como castigo por la rebeldía de su propietario. Así, una demolición de la ciudad de Toledo proporcionó materiales para la reconstrucción en Villaseca. El palacio de los Silva también fue reconstruido con materiales de esa casa arruinada. El paisaje urbano que siguió al ataque no fue una simple vuelta al estado anterior: incorporó materiales procedentes de otro edificio y de otra ciudad.
Un término de calizas, yesos y gravas
La reconstrucción ocurrió en un municipio cuyo subsuelo no se reduce a un solo material. El desglose del estudio geotécnico registra una categoría de calizas, dolomías y mármoles que representa el 43,43 %; otra de masas de agua, el 39,49 %; gravas y arenas compactas, el 4,69 %; y areniscas, conglomerados y flysch, el 4,50 %. Son categorías referidas al término municipal, no una identificación automática de lo que hay bajo la Plaza Mayor o de la piedra empleada en cada edificio.
El mismo estudio señala formaciones yesíferas medianamente karstificadas, con karsts importantes dispersos en ocasiones, y áreas con hundimientos kársticos actuales o potenciales. La karstificación se relaciona con la disolución de materiales solubles como el yeso; aquí, el registro describe una condición del terreno en algunas zonas, no un hundimiento atribuido a la plaza ni a las obras del siglo XVI. También consigna arcillas expansivas: el riesgo se clasifica de bajo a moderado donde son subordinadas o no hay déficit anual de humedad, y de moderado a alto donde predominan localmente y existe ese déficit. No hay en estos datos una causa geológica para el ataque de 1521; sí un retrato del terreno diverso sobre el que se asentó la villa.
La ermita de las Angustias, en Villaseca de la Sagra, forma parte de las referencias religiosas de la localidad.
Santa Leocadia vuelve a levantarse
La iglesia de Santa Leocadia también fue asolada en 1521. Su reconstrucción llegó mucho después y avanzó por etapas. En 1654 se otorgó una escritura para «hacer la iglesia y la torre»; el 16 de septiembre de 1659, el párroco Bernabé Díaz Carreño puso la primera piedra. El proyecto fue de fray Lorenzo de San Nicolás y las obras las realizó Pedro Díaz Mejorada, de Añover de Tajo. La distancia entre el ataque y aquel gesto de 1659 muestra que rehacer el edificio fue una tarea prolongada, no una reparación inmediata.
La obra siguió durante el cambio de siglo. Entre 1701 y 1711 se levantó la Capilla Mayor, con ochenta mil reales de vellón concedidos por el Arzobispado de Toledo. Intervinieron los maestros de obra toledanos Pedro Jiménez de Venga, Juan Díaz Aldeano y José Pavón. En 1780, el Ayuntamiento solicitó que la iglesia se declarase parroquial bajo la advocación de Santa Leocadia; la petición fue concedida por el cardenal Francisco Lorenzana y Butrón. La iglesia, vacante desde 1521 según la historia local, recuperó así su condición parroquial.
En paralelo, la vida religiosa de Villaseca tomó otras formas. En 1576 estaba por terminar la ermita de la Vera Cruz; pronto creció la devoción a la imagen de Nuestra Señora de las Angustias, que con el tiempo se convirtió en patrona de la villa. Sus fiestas mayores se celebran el 8 de septiembre. En los siglos XVII y XVIII se levantaron también el hospital y la capilla de San Bernardo, junto con la iglesia parroquial, como parte del patrimonio religioso de la localidad.
La descripción de Santa Leocadia permite reconocer su fábrica sin confundirla con las categorías geológicas del municipio. El exterior es de aparejo de ladrillo, de composición simétrica; las paredes interiores combinan mampostería de canto y cal, y el edificio se alza sobre un zócalo de piedra. Su planta tiene forma de cruz latina, con tres naves; el crucero está coronado por una cúpula elíptica. Son materiales y rasgos arquitectónicos concretos, distintos de la clasificación general del subsuelo municipal.
Las huellas que permanecieron
La iglesia tuvo que afrontar nuevos daños. En 1832 se repararon las bóvedas, la armadura de la torre y los tejados, bajo la dirección del maestro de obras toledano Antolín Jiménez. Los altares que las cofradías habían incorporado durante el siglo XVIII fueron destruidos casi por completo durante la Guerra Civil, entre 1936 y 1939. En la reforma de 1971 se retiraron los restos de retablos que aún quedaban. La forma del edificio persistió, aunque su interior perdió buena parte de aquel adorno.
La plaza también siguió acogiendo la vida pública. Allí se celebró en agosto de 1808 una función en honor de Fernando VII; después llegaron proclamaciones de constituciones, fiestas, corridas y encierros, estos últimos hasta la década de 1970. La jota y las seguidillas acompañaron la rifa de las fiestas patronales. En la plaza están el Ayuntamiento y el palacio reconstruido; la iglesia, a su vez, conserva la huella de varias etapas de obra y reparación. La villa no recuperó intacta la imagen anterior a 1521. Se recompuso con edificios levantados de nuevo, con una iglesia que volvió a ser parroquia y con una plaza que siguió reuniendo a sus habitantes.
Al mirar hoy la Plaza Mayor, el palacio ya no representa la casa destruida de los Silva, sino la reconstrucción que la siguió. Y Santa Leocadia no es solo la iglesia atacada: es también la obra que volvió a empezar en 1659 y continuó durante generaciones. Entre ambas, Villaseca guarda el resultado visible de una villa que, tras la ruina, se levantó otra vez.
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