Villar del Rey, el Zapatón bajo la presa
Entre las sierras de Las Cañadas y Peña del Águila, el Zapatón pasó de ser un río que había que regular a sostener una obra pensada para la creciente demanda de Badajoz. La historia de la presa también transcurre sobre un término de pizarras, esquistos y otros materiales muy distintos.
Vista de Villar del Rey, con las lomas del entorno detrás del caserío.
El Zapatón atraviesa una historia de dos escalas. En Villar del Rey, su curso queda enmarcado por las sierras de Las Cañadas y Peña del Águila; río abajo, su caudal se convirtió en una cuestión de abastecimiento para Badajoz. A finales del siglo XIX y comienzos del XX, la Sociedad de Aguas de Gévora se propuso regularlo en la zona de Peña del Águila. El paisaje no era un decorado: allí se levantó una presa que debía responder a las necesidades de una ciudad de unos 30.000 habitantes.
Peña del Águila levanta el primer muro
La obra tuvo un resultado concreto: en 1903 terminó la construcción del muro que formó el embalse de Peña del Águila. Su capacidad, 18 hectómetros cúbicos, se consideraba suficiente para abastecer a Badajoz en aquella época. La escala importa. No se trataba de una reserva sin límite, sino de una cantidad calculada para una ciudad cuyo tamaño y demanda de agua eran muy distintos de los que tendría después.
El río Zapatón quedó así incorporado a una solución de ingeniería: regular su caudal mediante una presa y almacenar agua para llevarla a la capital provincial. El nombre de Peña del Águila sitúa la obra en un paisaje reconocible de Villar del Rey, entre dos sierras. La documentación relaciona el embalse con ese emplazamiento y con el río; no atribuye a una roca concreta la forma o la construcción del muro. Lo que sí permite ver es el cambio de escala: el curso de agua local pasó a formar parte de una infraestructura destinada a atender a una población urbana.
Un término hecho de materiales distintos
Para entender el escenario hay que ampliar la mirada más allá del agua embalsada. El estudio geotécnico de Villar del Rey clasifica el 55,08 % del término como pizarras y esquistos. Otra categoría, de areniscas, conglomerados y flysch, representa el 16,49 %; las arenas finas y los limos, el 7,14 %, y el grupo de granito, gneis y rocas ígneas, el 3,52 %. No es un suelo uniforme: bajo el mismo municipio aparecen varios grupos de materiales.
Los nombres describen las rocas y sedimentos recogidos en esa clasificación, pero no autorizan a atribuirles una edad o un origen concreto que aquí no está documentado. La presencia municipal de canteras de pizarra y granito aporta una relación directa entre esos materiales y el trabajo sobre el terreno: al menos dos de las rocas nombradas forman parte de los recursos explotados en el término. Esa relación ayuda a imaginar un paisaje de composición variada, aunque no permite asegurar que la presa se construyera con piedra extraída allí.
La ficha geotécnica caracteriza la permeabilidad del terreno como generalmente baja o muy baja. Explica que estas formaciones pueden albergar acuíferos superficiales allí donde la alteración o la fracturación permite acumular agua, por lo común de extensión y productividad reducidas, aunque con posible interés local. Es una diferencia importante respecto al embalse: el agua subterránea descrita en esa clasificación no equivale a una reserva del tamaño de Peña del Águila. La presa aparece en la historia como una solución de almacenamiento sobre el Zapatón, no como una consecuencia demostrada de la composición del subsuelo.
Las cañadas también buscan agua
Mucho antes de que el embalse organizara el caudal para una ciudad, los caminos pecuarios dibujaban otra relación entre la gente, los animales y el agua. La Cañada Real Sancha Brava entra en el término desde Badajoz por el Puente de los Cinco Ojos, sobre el arroyo del Fresno, y atraviesa el casco urbano. Su recorrido pasa por las calles de las Crucitas y San Simón, la plaza de la Concordia, la calle Las Pizarras y la calle de la Iglesia, antes de dirigirse hacia las huertas y la dehesa de La Tablada.
En el Valle Ladrián, el itinerario llega a un pozo y a un terreno señalado como abrevadero y lugar de descanso del ganado. Otra vía, el Cordel del Vado de Verano, parte del pueblo y termina en el Zapatón, donde también se documenta un terreno para abrevadero. Así, el agua aparece en dos escenas distintas: almacenada en una presa para abastecer Badajoz y localizada a lo largo de rutas ganaderas mediante pozos, fuentes y puntos de abrevada. Son usos documentados del territorio, no pruebas de que esas vías alimentaran el embalse.
La relación entre caminos y lugares concretos da escala humana al término. La Cañada Real Sancha Brava recorre unos 14 kilómetros dentro del municipio y tiene una anchura de 75,22 metros. El Cordel del Vado de Verano mide unos 2.200 metros en Villar del Rey y alcanza 37,60 metros de anchura. Sus trazados enlazan el pueblo con huertas, dehesas, arroyos y puntos de agua. El paisaje que rodea Peña del Águila no se entiende solo desde la gran obra: también está recorrido por rutas que conectaban el ganado con los recursos del camino.
De 18 a 130 hectómetros cúbicos
El equilibrio calculado en 1903 no duró para siempre. En 1980, Badajoz había alcanzado los 120.000 habitantes: cuatro veces los aproximadamente 30.000 citados para la época en que se consideró suficiente la primera capacidad. Los 18 hectómetros cúbicos del embalse se quedaban cortos ante la demanda de agua potable de una ciudad que había crecido con rapidez. El conflicto no era entre el río y las sierras, sino entre una infraestructura dimensionada para un momento y unas necesidades urbanas posteriores.
La respuesta planteada fue ampliar la escala de almacenamiento en el mismo río. Se proyectó y aprobó construir una nueva presa unos 150 metros aguas abajo de la anterior, con un volumen calculado de 130 hectómetros cúbicos: más de siete veces los 18 del primer embalse. La proximidad de las dos obras concentra la historia en un tramo breve del Zapatón. La solución propuesta no buscaba otro río, sino aumentar la capacidad disponible junto a la presa existente.
La secuencia tiene un desenlace histórico preciso: el primer muro quedó terminado en 1903 y, cuando la demanda de Badajoz superó la capacidad que entonces parecía suficiente, se aprobó el proyecto de una obra mayor en el mismo curso. El relato documentado llega hasta esa decisión y esas dimensiones. En él, el protagonista es el Zapatón, sometido a una regulación cada vez más ambiciosa; el obstáculo, el crecimiento de la demanda; y el resultado, el paso de un embalse de 18 a un proyecto de 130 hectómetros cúbicos.
En Villar del Rey, la presa sigue teniendo como marco las sierras y un término donde pizarras, esquistos, areniscas, conglomerados, arenas y granito componen un mosaico geológico. A su alrededor, los caminos pecuarios conservan otra escala del agua: la fuente, el pozo y el abrevadero. El Zapatón reúne esas dos historias, la del agua que acompaña los recorridos locales y la del río convertido en reserva para una ciudad que creció más deprisa que su primera presa.
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