Historia geológica Localidad Villaquilambre

Villaquilambre y la riada que sacó a la luz la villa romana de Navatejera

En Navatejera, la crecida que en 1885 dejó al descubierto mosaicos romanos conectó una villa olvidada con el paisaje cambiante de la vega del Torío. La geología ayuda a entender cómo se formó ese borde de valle, aunque no permite reconstruir por sí sola cada detalle de aquella inundación.

Plaza de las Eras (Villaquilambre, León)

Plaza de las Eras (Villaquilambre, León)

Foto: Zarateman, CC0 — commons.wikimedia.org

En Navatejera, el agua hizo en 1885 algo que no habían logrado siglos de abandono: dejó al descubierto pavimentos de una villa romana. La riada reveló mosaicos y restos antiguos en el borde de la vega del Torío, y dio comienzo a la investigación de uno de los yacimientos más reconocibles de Villaquilambre. ¿Qué relación guarda aquel hallazgo con el terreno que el río ha ido formando junto a la localidad?

Una vega construida por el Torío

Para responder hay que retroceder mucho más allá de Roma. El municipio ocupa parte de la cuenca del Duero, un amplio espacio donde se acumularon sedimentos continentales durante el Neógeno, el periodo que incluye el Mioceno y el Plioceno. En Villaquilambre, los documentos urbanísticos describen esos materiales antiguos como arcillas, margas y conglomerados, depositados y después modificados por la erosión. No era un fondo marino: era un paisaje terrestre que se fue rellenando con sedimentos, en una cuenca de tierras bajas comparable, en lo esencial, a las llanuras interiores que hoy reciben materiales de ríos y arroyos. El Plan Especial del río Torío distingue ese relleno terciario de los depósitos cuaternarios más jóvenes, relacionados con la erosión y el vaciado de la cuenca por la red fluvial.

Después, el Torío fue recortando esos terrenos blandos y dejando materiales propios de río. Las gravas y arenas de sus terrazas son como una versión cementada —o todavía suelta— de los cantos y bancos que las corrientes actuales desplazan durante las crecidas. En el fondo del valle, las capas más recientes incluyen limos y arcillas depositados cuando el agua se desborda y pierde velocidad. El informe municipal identifica los sedimentos del fondo de valle como holocenos; las terrazas fluviales, más elevadas, pertenecen al Pleistoceno. Dicho sin jerga: hay superficies que el río construyó en épocas distintas y que hoy quedan a diferentes alturas respecto al cauce.

La forma del municipio conserva esa historia. Según la descripción del Ayuntamiento, la vega del Torío concentra buena parte del poblamiento, mientras el territorio se extiende también por terrenos más elevados y suavemente ondulados. La llanura aluvial —el terreno próximo al cauce que el río puede cubrir cuando se sale de madre— no es una superficie inmóvil: es el espacio que el agua ha modelado y sigue condicionando. El IGME también registra, en el tramo final del Torío, escarpes de materiales neógenos en su margen izquierda; son otra expresión visible del contraste entre el valle excavado y los sedimentos más antiguos que lo flanquean. El inventario de Lugares de Interés Geológico del IGME sitúa ese tramo entre Villanueva del Árbol y León.

La villa en el borde del valle

La villa romana de Navatejera se levantó en ese paisaje de transición. El artículo municipal de Villaquilambre y el de Navatejera en Wikipedia la sitúan junto a la vega del Torío; esta última fuente vincula el descubrimiento de sus restos con una riada. La ubicación ayuda a comprender por qué el agua y el yacimiento se cruzan en el relato, pero no basta para afirmar que la villa se construyera exactamente sobre una terraza concreta ni para reconstruir el curso preciso de la inundación que la reveló.

La ocupación romana se prolongó durante siglos. El Ministerio de Cultura describe la villa como un asentamiento de época bajoimperial ocupado desde mediados del siglo II hasta, al menos, el siglo V. Sus mosaicos, estancias residenciales y espacios de uso productivo muestran que no era un edificio aislado sin relación con el territorio. Pero conviene separar lo documentado de lo que solo puede proponerse: el emplazamiento junto a una vega es compatible con una explotación rural que aprovechara el entorno, aunque las fuentes consultadas no permiten atribuir a un material geológico concreto la elección de cada actividad o parcela.

El río no solo proporcionaba un paisaje fértil; también podía convertirse en fuerza erosiva. En una llanura aluvial, una crecida remueve y redistribuye los sedimentos más sueltos. Si erosiona la cobertura que ocultaba restos próximos a la superficie, puede exponerlos. Ese mecanismo es una explicación geológica razonable del hallazgo asociado a la riada de 1885, no una reconstrucción demostrada de la cantidad de lluvia, la altura alcanzada por el agua o el punto exacto donde el cauce actuó. Es una diferencia importante: sabemos que la crecida reveló los restos; no sabemos, con las fuentes disponibles, el detalle de cada proceso que los dejó a la vista.

1885: mosaicos bajo el sedimento

El descubrimiento desencadenó nuevas preguntas. ¿Qué había aparecido bajo los terrenos de Navatejera: un pavimento suelto o parte de una residencia romana? Las excavaciones de finales del siglo XIX identificaron una villa y sacaron a la luz mosaicos. El Ministerio de Cultura recoge que el yacimiento fue objeto de campañas de excavación en las últimas décadas de ese siglo y el primer tercio del XX; para proteger los pavimentos se construyó una cubierta, un temprano proyecto de conservación y puesta en valor. El agua abrió la ventana; la arqueología empezó a reconstruir lo que había detrás.

La coincidencia entre un hallazgo arqueológico y una crecida no significa que el río “creara” el yacimiento, ni que la inundación preservara deliberadamente los mosaicos. Su papel fue más limitado y, a la vez, decisivo: remover parte del terreno que los cubría y hacer visible una estructura que llevaba siglos enterrada. El relato de la villa tiene así dos escalas. En la larga, el Torío excavó el valle y dejó terrazas, gravas, arenas y sedimentos de inundación. En la humana, una riada concreta convirtió un vestigio oculto en una excavación y, después, en un monumento protegido.

La historia no se cierra con las excavaciones antiguas. En septiembre de 2026, el Ministerio de Cultura anunció nuevos trabajos de documentación, análisis y excavación, destinados a conocer mejor la extensión y conservación del yacimiento. La intervención recuerda que bajo la superficie visible aún puede haber información pendiente, aunque no autoriza a anticipar qué se encontrará. La propia relación entre restos y terreno seguirá siendo una pregunta para la investigación arqueológica.

En Navatejera, la riada de 1885 no borró la villa: la descubrió. Cuando miras desde el borde de la vega hacia el Torío, ves un paisaje que el río ha rehecho durante milenios y que, por un instante, dejó asomar la vida romana que guardaba.

Fuentes: Wikipedia en español: Villaquilambre; Wikipedia en español: Navatejera; Ayuntamiento de Villaquilambre, Plan Especial Río Torío; Ayuntamiento de Villaquilambre, Villaquilambre en cifras; IGME, escarpes del río Torío; Ministerio de Cultura, campaña arqueológica anunciada el 9 de septiembre de 2026; Wikimedia Commons, villa romana de Navatejera.

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