Villanueva de Tapia, el territorio en entredicho
Durante siglos, las tierras que hoy rodean Villanueva de Tapia fueron pasto compartido y motivo de disputa entre Archidona e Iznájar. El nombre de El Entredicho conserva la memoria de ese acuerdo, en un paisaje cuyo sustrato y huellas de ocupación cuentan una historia más larga.
Vista general de Villanueva de Tapia, con la iglesia parroquial destacando entre las casas del casco urbano.
En Villanueva de Tapia, «El Entredicho» no es solo un nombre antiguo: sigue siendo una manera popular de llamar al pueblo. La palabra nació de una disputa por el territorio entre dos villas, pero también recuerda cómo se aprovechaba ese espacio: ganado en los pastos, bellotas en el monte y pequeñas hazas de labor. El paisaje no fue un decorado inmóvil. Sobre un sustrato de materiales diversos, distintas comunidades dejaron restos de viviendas, cerámica y construcciones. La historia que llega hasta el nombre actual avanza entre usos compartidos, lindes discutidas y un asentamiento que terminó contando con iglesia parroquial.
Archidona e Iznájar reclaman El Entredicho
El escenario se configuró tras la conquista cristiana de la zona. Iznájar fue tomada en 1410 y quedó bajo la jurisdicción de la Casa de Córdoba; Archidona pasó a manos cristianas en 1462. Desde finales del siglo XV, ambas villas fueron definiendo sus términos. Entre ellas quedó una extensión que las dos querían incorporar: tierras valoradas por sus pastos, su bosque mediterráneo y algunas parcelas de cultivo.
La disputa no impedía todo uso, pero sí obligaba a convivir con una frontera discutida. La salida fue compartir los aprovechamientos y evitar que el desacuerdo se resolviera a fuerza de imponer una sola linde. El nombre «Entredicho» refleja esa condición de terreno reclamado por dos concejos. En el siglo XVI, los conflictos sobre sus límites se encauzaban mediante acuerdos y pactos; la competencia no desapareció, pero el uso común permitió que los vecinos de ambas villas llevaran allí sus ganados.
La tierra de entonces tenía menos cultivos que hoy, según la descripción histórica del paisaje. Las parcelas abiertas aparecían como islotes entre zonas de bosque, donde predominaban las encinas y también crecían chaparros, quejigos y alcornoques. El clima se parecía al actual, aunque el siglo XVI conoció alternancias marcadas: años de sequía y hambre en el sur, seguidos de años muy lluviosos. Esa sucesión dibuja las condiciones de vida de la época, sin que convierta el tiempo atmosférico en causa documentada de la disputa por los términos.
Un sustrato de areniscas, conglomerados y calizas
Debajo de ese paisaje, el estudio geotécnico de Villanueva de Tapia distingue varios grupos de materiales a escala municipal. El 80,61 % corresponde a areniscas, conglomerados y flysch; el 11,85 %, a calizas, dolomías y mármoles. Las areniscas están formadas por granos cementados; los conglomerados, por fragmentos mayores unidos por una matriz. El flysch designa una sucesión de capas sedimentarias. Calizas y dolomías son rocas carbonatadas, mientras que el mármol es una roca transformada a partir de materiales carbonatados.
Esta clasificación ayuda a imaginar un territorio geológicamente variado, no una única piedra bajo cada calle. El inventario no asigna esos nombres a los muros romanos ni a los edificios del casco urbano. Allí donde sí se describe el material de una construcción, se habla de piedras locales o de bloques grandes y medianos, sin identificar su litología. En el Molino de los Galeotes, por ejemplo, las piedras están bien trabajadas y encuadradas, y se unen con mortero de cal; la construcción se identifica como hidráulica, pero no se le atribuye una época concreta. La geología municipal y las obras locales se encuentran en la materia, aunque no siempre pueda precisarse qué roca se empleó en cada una.
El Nacimiento guarda huellas romanas
Mucho antes de que el nombre de El Entredicho apareciera en las disputas de las villas, hubo ocupación romana cerca del actual casco urbano. El poblamiento imperial se situaba a ambos lados de la carretera MA-214, entre Archidona e Iznájar, muy cerca del lugar conocido como El Nacimiento. Allí se han localizado muros de los siglos I y II d. C., hechos con piedras locales bien escuadradas y unidas en seco o con barro. La forma regular de los bloques habla de trabajo constructivo; la descripción disponible no los identifica con una de las categorías geológicas municipales.
El yacimiento reúne materiales de más de una etapa romana. A la fase altoimperial se asocian pequeños fragmentos de terra sigillata, una cerámica fina decorada con círculos, guirnaldas y motivos animales y humanos. La fase más representativa corresponde al siglo IV, en época bajoimperial, y contiene cerámicas africanas ornamentadas con palmetas, círculos concéntricos y dameros. Junto a las piezas de vajilla aparecen cerámica común, recipientes de cocina y grandes cacharros y ánforas. No es una sola huella aislada, sino un conjunto que deja ver actividades y objetos distintos a lo largo del tiempo.
También abundan los restos de construcción: tégulas, ladrillos macizos e imbrices, las piezas curvas que cubrían las juntas de las tejas. La cerámica común y los materiales constructivos se fabricaban en Villanueva de Tapia. Los fragmentos calcinados de tégulas y ladrillos indican que hubo un horno cercano. Algunos conocedores del terreno situaban la posible ubicación un poco más arriba de la zona excavada; esa localización se conserva como posibilidad, no como emplazamiento confirmado. La fabricación local añade una acción concreta a la historia: aquí no solo se usaban materiales, también se producían.
Del yacimiento al núcleo del Entredicho
El casco urbano conserva señales de otra etapa. En el mismo yacimiento romano se ha definido un horizonte cultural medieval y una hilada de piedra que podría corresponder a una estructura de vivienda. El catálogo arqueológico provincial recoge además dos necrópolis medievales. En la avenida de la Constitución apareció un esqueleto humano sin ajuar ni cerámica asociada, considerado posiblemente medieval. Son indicios distintos, no una escena única, pero sitúan presencia humana en momentos posteriores a la ocupación romana.
La iglesia parroquial en la plaza de Villanueva de Tapia. La construcción de una iglesia en 1618 marca un hito en la consolidación del asentamiento del Entredicho.
La iglesia parroquial se construyó en 1618. Ese dato marca un hito reconocible para la historia local: a finales del siglo XVI, el Entredicho todavía era descrito como una dehesa, mientras la construcción de la iglesia permite pensar que ya existía un núcleo de población asentada. La huella medieval y la presencia de arrendatarios vinculados a labores agrícolas y ganaderas apoyan esa interpretación. El paso de un espacio de aprovechamiento rural a un lugar con un centro religioso no borró el pasado de uso compartido; le dio un nuevo punto de referencia.
La arqueología también muestra que la ocupación no se limita al centro actual. En Hoyo de Cabello aparecieron tégulas, imbrices y cerámica romana común, y el yacimiento se adscribió a ese período; se ha planteado que pudiera tratarse de una necrópolis. En Las Laderas del Aseo se han encontrado tégulas, ladrillos, imbrices, sigillata y cerámica común romana. El Molino de los Galeotes añade otra clase de rastro, una obra hidráulica de piedras trabajadas y mortero. Cada lugar ofrece una pieza diferente del mosaico local, sin que todos tengan la misma cronología ni la misma función documentada.
Los acuerdos dejaron paso a un pueblo
Mientras se configuraba ese asentamiento, el uso de los pastos siguió siendo un asunto compartido. Los concejos nombraban comisionados para arrendar tierras por uno o varios años y para organizar el remate de la bellota; el dinero obtenido se repartía entre las dos villas. Las actas de Archidona de 1591 y 1598 registran esas gestiones. El monte, los pastos y los cultivos no eran solo partes del paisaje: eran recursos que debían administrarse entre comunidades con pretensiones enfrentadas.
Una declaración de 1610 permite oír el recuerdo de quienes habían conocido ese sistema. Bartolomé García Repullo, vecino de Rute y labrador en Cuevas Altas, tenía más de ochenta años. Dijo que, desde hacía unos setenta años aproximadamente y hasta 1602, el término se había tenido por común de Archidona e Iznájar, y que los vecinos de ambas villas pastaban allí sus ganados. Veinticuatro labradores más corroboraron el antiguo nombre y explicaron que las villas, para evitar diferencias, habían convenido en pastarlo en comunidad. El testimonio fija el desenlace de esa etapa compartida hasta 1602, aunque no cuenta por sí solo cómo se resolvieron después todas las cuestiones de lindes.
Al llegar 1618, el Entredicho ya tenía una iglesia parroquial y un núcleo asentado era una interpretación respaldada por las huellas medievales y por la actividad rural descrita. El espacio no dejó de ser territorio disputado en la memoria, pero su historia ya no puede contarse solo como una frontera entre dos villas. La cerámica romana, la posible vivienda medieval, las obras de piedra y la iglesia registran usos sucesivos de un mismo término. El nombre sobrevivió a los acuerdos: todavía hoy, El Entredicho recuerda cómo dos comunidades compartieron durante generaciones una tierra que ambas reclamaban.
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