Villanueva de Gállego: la villa nueva que nació de las avenidas y creció con la huerta
Las avenidas del Gállego no solo dejan barro en la huerta: obligan a la población a levantar una villa nueva. Bajo los campos de Villanueva de Gállego se combinan sedimentos permeables y agua, una base física capaz de alimentar acequias, cultivos y oficios, pero también de recordar que vivir junto a un río siempre exige negociar con su fuerza.
Campos irrigados de Villanueva de Gállego, el paisaje donde el agua se convierte en cultivo.
## El lugar donde el río deja sitio y lo quita Si miras desde una parcela de cultivo irrigado, el horizonte de Villanueva de Gállego parece hecho para que las líneas continúen: campos, caminos, árboles aislados y construcciones lejanas. Esa amplitud puede dar la impresión de que el pueblo simplemente se asentó donde había espacio. Su nombre cuenta algo menos cómodo. Antes de ser una villa nueva, la ribera tuvo que convivir con las avenidas del Gállego. El cauce puede quedar fuera de la vista entre las parcelas, pero aparece en la forma de ocupar el territorio. El relato histórico sitúa una posible zona de poblamiento primitivo cerca del actual Soto de la Virgen, junto al río. La palabra «posible» importa: no se trata de convertir una hipótesis arqueológica en una certeza. Lo que sí está documentado es una presencia humana prolongada en el tramo inferior del Gállego. Hay constancia de villas romanas al menos desde el siglo III, mosaicos junto a la torre de Guallart y restos de esa época repartidos por toda la huerta. La distribución de esos vestigios ayuda a leer el paisaje como un corredor habitado y no como una simple extensión agrícola. El agua ofrece una condición básica para cultivar y permanecer, mientras que una llanura de ribera permite organizar parcelas y desplazamientos con menos esfuerzo que una pendiente. Eso no demuestra que cada asentamiento se eligiera exclusivamente por el suelo o por el río, pero sí hace razonable entender el cauce como una de las condiciones materiales que sostienen la continuidad del poblamiento. El subsuelo refuerza esa lectura. El reparto técnico disponible identifica un 38.04% de gravas y arenas compactas y un 18.10% de arenas finas y limos; juntas, esas dos categorías representan el 56.14% de los materiales registrados. No equivalen por sí solas a una columna estratigráfica ni permiten dibujar la antigua orilla parcela por parcela, pero describen un terreno en el que conviven materiales gruesos y finos, con comportamientos distintos ante el agua. Las gravas y arenas dejan circular el agua con mayor facilidad; los limos y las arenas finas frenan y retienen de otra manera esa circulación. La caracterización también identifica una masa de agua que representa el 8.25% del reparto y clasifica la permeabilidad como de clase 1, con acuíferos generalmente extensos, muy permeables y productivos. No significa que los romanos o los agricultores medievales se abastecieran necesariamente de aguas subterráneas: la evidencia histórica apunta sobre todo al río, al azud y al canal. Sí ayuda a entender que Villanueva no se levanta sobre un terreno indiferente al agua. Aquí el agua puede ser cauce, humedad, reserva subterránea o amenaza.
## El agua se convierte en una obra El agua deja de ser únicamente paisaje cuando alguien decide conducirla. En Villanueva de Gállego, uno de los elementos más significativos del poblamiento de la zona es un azud que servía agua a Zaragoza mediante un canal conocido actualmente como acequia de Rabal. Un azud no crea el caudal. Lo intercepta, lo eleva lo suficiente y lo desvía. Esa operación sencilla en apariencia transforma un río que pasa por el territorio en una infraestructura que conecta lugares distintos. El Gállego deja de ser solo el curso que alimenta la ribera y se convierte también en una vía de distribución. Zaragoza recibe agua; la huerta recibe una posibilidad de cultivo más regular; el entorno adquiere un valor que depende tanto del cauce como de la capacidad humana para mantener la derivación. Ahí la geología interviene sin necesidad de ocupar el primer plano. Un río que deposita gravas, arenas y limos construye una superficie que puede ser trabajada y atravesada, mientras la permeabilidad del terreno facilita la circulación del agua bajo la superficie. Pero el recurso no aparece listo para usar. Hace falta levantar el azud, abrir el canal, repartir las tomas y reparar los daños. La abundancia natural se convierte en riqueza solo después de pasar por una organización colectiva. El mismo río que ofrece esa oportunidad también puede deshacerla. Las avenidas alteran las orillas, cubren las parcelas y obligan a replantear dónde se concentra la población. Tras distintas avenidas del Gállego se construye la villa nueva, conocida como Villanuova de Burjazud. El nombre no es una decoración medieval: conserva la memoria de una respuesta territorial. Cuando el cauce demuestra que no se deja domesticar por completo, el asentamiento cambia de lugar o de forma. El río tiene memoria urbana. Cada avenida deja una huella distinta, pero todas obligan a decidir qué se protege, qué se abandona y qué se vuelve a levantar. Villanueva de Gállego nace así bajo una doble condición: necesita el agua para prosperar y debe aceptar que esa misma agua puede imponerle límites. ## De la ribera dispersa a la plaza La siguiente transformación no la produce solo el caudal. La conquista de Zaragoza por las tropas de Alfonso I el Batallador incorpora el territorio a una nueva organización política. Entonces aparece el asentamiento de Villanuova y Ramón Berenguer IV le concede derechos de colonización dentro de la jurisdicción de Zaragoza. El paisaje de ribera pasa a formar parte de un proyecto de población más definido. En 1248, el Concejo de Villanueva y los vecinos de Burjazud y del Merzalar deciden unirse en un solo lugar. El nuevo núcleo recibe el nombre de Villanueva de Burjazud y se levanta una iglesia en el solar donde hoy está la plaza de España. La decisión concentra en un punto una población que hasta entonces se relacionaba con distintos lugares del término. No se conserva una explicación que atribuya directamente esa unión a la composición del subsuelo. Conviene no inventarla. Pero el terreno ofrece el marco material de la decisión: en una llanura de huerta, donde el agua se reparte por canales y las parcelas se extienden fuera del caserío, reunir a los habitantes significa crear una referencia común para la vida religiosa, las relaciones vecinales y la administración del espacio cultivado. La plaza no borra la ribera; la ordena desde un centro. Del conjunto primitivo solo queda la torre renacentista construida a finales del siglo XVI. La iglesia del Salvador y su torre permiten pasar de la escala del cauce a la escala de la calle. Desde lejos, el territorio se lee como una superficie horizontal; en el núcleo, la torre introduce una vertical que fija la presencia del pueblo. Es una señal de que la población ya no depende únicamente de dónde llega el agua, sino también de dónde decide reconocerse como comunidad.
Torre renacentista de la iglesia del Salvador de Villanueva de Gállego, último vestigio del conjunto levantado tras la unión de Villanueva, Burjazud y Merzalar.
La torre conserva, además, el rastro de una larga transformación. Primero aparecen las ocupaciones dispersas junto al río y los restos de las villas romanas; después, la villa nueva; más tarde, un centro agrupado alrededor de una iglesia. Bajo cada etapa permanece la misma base territorial, pero cambia la manera de organizarla. El suelo no dicta la plaza ni la torre, aunque sí condiciona el espacio disponible sobre el que ambas pueden consolidarse. ## Cuando el cauce abre un camino para el papel A finales del siglo XV, Villanueva de Gállego cuenta con varios molinos papeleros. Uno se encuentra en la granja de Juncería y otro en el Merzalar. La actividad añade una nueva capa a la relación con el agua. El río y las acequias ya no sirven solamente para sostener huertos: también forman parte de un sistema capaz de alimentar un oficio especializado. Un molino papelero necesita algo más que una corriente visible. Requiere agua con cierta continuidad, posibilidad de conducción y un emplazamiento donde la maquinaria pueda trabajar y los materiales puedan manipularse. La documentación no permite reconstruir cada toma ni cada rueda, pero la presencia de los molinos en Juncería y Merzalar resulta coherente con un territorio donde el agua ya ha sido convertida en infraestructura. El cauce ofrece la energía y el suministro; la sociedad decide qué actividad colocar junto a ellos. El cambio decisivo llega a mediados del siglo XVIII, cuando se instala la Real Compañía de Comercio en el barrio que conserva su nombre. El pueblo experimenta entonces una explosión demográfica. La secuencia muestra cómo una condición física se transforma en una plataforma económica: primero está el río, después la obra hidráulica, más tarde los cultivos y los molinos, y finalmente una actividad organizada que atrae población. El crecimiento no nace de una única materia prima. Depende de que el territorio permita combinar usos. La misma llanura que sostiene la huerta puede acoger caminos, edificios, instalaciones productivas y un núcleo cada vez más concentrado. Cuando una actividad desaparece, otra puede ocupar el espacio. La geología no garantiza el éxito de ninguna empresa, pero sí establece las posibilidades y las dificultades con las que cada una tiene que trabajar. ## Dos tierras dentro del mismo término A mediados del siglo XIX, la descripción de Villanueva registra 130 casas, 113 vecinos y 536 habitantes. También señala que el terreno es de buena calidad y participa de secano y huerta. En esa frase cabe una pequeña geografía social. No todo el campo produce de la misma manera ni depende del agua en igual medida. El secano vive de la lluvia y de la capacidad del terreno para conservar la humedad disponible. La huerta, en cambio, depende de una red que lleva el agua hasta la parcela. La diferencia no está solo en lo que se planta, sino en la relación entre suelo, relieve y control del caudal. Allí donde los materiales gruesos permiten que el agua se infiltre con rapidez, el riego y la frecuencia de las aportaciones adquieren un peso mayor; donde predominan materiales finos, el drenaje y la respuesta a la humedad son distintos. La distribución de gravas, arenas y limos ayuda a entender por qué un mismo término municipal puede contener experiencias agrícolas diferentes. Esa distinción permite leer de otra manera la evolución posterior. Tras la crisis papelera, la actividad económica se transforma hacia el cultivo de la remolacha. El pueblo llega a unos 2.000 habitantes hacia 1920. La huerta no permanece congelada en el tiempo: cambia de cultivo, cambia de mano de obra y cambia de relación con los mercados. El Gállego sigue siendo el mismo elemento físico, pero su utilidad se reorganiza. El agua que antes podía estar vinculada a un molino papelero pasa a formar parte de una agricultura distinta. La infraestructura hidráulica no decide qué cultivo triunfa, pero hace posible que la tierra irrigada tenga más opciones que una parcela dependiente únicamente de la lluvia. El territorio funciona como una reserva de posibilidades, no como un destino automático. ## Las torres, la expansión y el campo que sigue ahí La huerta también se reconoce en las construcciones dispersas. En el entorno rural de Villanueva hay numerosas casas llamadas torres, como en otros lugares de Aragón, Cataluña y Murcia. Originalmente pertenecieron a instituciones religiosas o a familias nobiliarias; en la actualidad muchas son propiedad de familias de la burguesía o de las clases medias de Zaragoza. Esas torres muestran que el campo no es un borde vacío del municipio. Es un espacio de producción, residencia y propiedad. La casa aislada se apoya en una parcela concreta, cerca de caminos, cultivos y conducciones de agua. Con el paso del tiempo cambia la clase social que la ocupa y cambia su función, pero permanece la relación con una huerta que ha sido trabajada durante siglos. A finales del siglo XX, en pleno proceso de rururbanización, Villanueva vuelve a duplicar sus habitantes y supera actualmente los 4.000. La localidad deja de definirse solo por la agricultura o por sus antiguas actividades fabriles. Hoy cuenta con una importante industria de servicios y es sede de la Universidad San Jorge. El crecimiento residencial y educativo introduce nuevas demandas sobre el mismo territorio que antes se repartía entre secano, huerta, molinos y torres. El campo, sin embargo, no desaparece cuando llegan los servicios. Basta con mirar la línea del AVE Barcelona-Zaragoza atravesando los campos irrigados para ver la superposición de épocas: el agua sigue alimentando parcelas y una infraestructura contemporánea cruza el paisaje con otra escala y otra velocidad.
Campos irrigados de Villanueva de Gállego atravesados por la línea del AVE Barcelona-Zaragoza.
La vía no demuestra que el trazado ferroviario se eligiera por una determinada roca o por la presencia de un acuífero. Sí muestra algo comprobable: la expansión moderna tiene que atravesar una matriz agrícola que no se ha borrado. El tren, los caminos, las viviendas y la universidad se incorporan a un territorio cuyos límites físicos siguen siendo los de una llanura de agua conducida y suelos de comportamiento desigual. ## Un subsuelo que todavía pone condiciones La superficie de la huerta puede parecer uniforme, pero el reparto geológico no lo es. Además de las gravas, arenas y limos, aparecen calizas, dolomías y mármoles, que representan el 22.00% de los materiales registrados. Son rocas de naturaleza distinta a los sedimentos sueltos de la llanura y no responden igual ante la circulación del agua ni ante las cargas de una construcción. También aparecen yesos, anhidrita y sales, con un 8.82%. Estos materiales evaporíticos se forman en ambientes donde el agua queda retenida y se evapora bajo condiciones áridas, como una laguna cerrada que concentra progresivamente sus sales. Su importancia actual está en que algunos pueden disolverse cuando circula el agua. Allí donde el subsuelo yesífero se vacía lentamente, pueden quedar huecos y producirse fenómenos kársticos. La información técnica identifica zonas medianamente karstificadas, con posibilidad de karsts importantes dispersos en formaciones yesíferas, y señala áreas con hundimientos kársticos actuales o potenciales. No es el registro de un hundimiento concreto en una calle ni una explicación retrospectiva de la fundación del pueblo. Es una condición que debe tenerse presente cuando el municipio crece y transforma el suelo. La misma relación con el agua que durante siglos permitió regar puede, en determinados materiales, modificar el terreno bajo los pies. La expansividad ofrece otro matiz. El sustrato se clasifica en general como no arcilloso, aunque existen arcillas expansivas subordinadas o situadas en zonas con un riesgo bajo a moderado. Esas arcillas pueden cambiar de volumen con las variaciones de humedad. El inventario también contempla movimientos actuales o potenciales de tipo deslizamiento y desprendimiento en determinadas formaciones. Son posibilidades territoriales, no una crónica de catástrofes locales, pero recuerdan que no basta con mirar si un campo parece llano. Villanueva de Gállego ha tenido que gestionar dos aguas distintas: la que corre por la superficie y la que circula bajo ella. La primera levantó avenidas capaces de desplazar la villa; la segunda puede atravesar sedimentos permeables o disolver materiales yesíferos. El presente continúa exigiendo decisiones sobre dónde construir, qué conservar y cómo mantener la huerta sin olvidar lo que ocurre bajo el terreno. ## Volver a mirar la huerta La próxima vez que mires los campos irrigados de Villanueva de Gállego, la extensión dejará de parecer un simple espacio libre. Cerca del Soto de la Virgen pudo existir un poblamiento temprano; junto al cauce inferior vivieron villas romanas; un azud condujo agua hacia Zaragoza; los molinos papeleros aprovecharon esa red; la huerta distinguió el secano del regadío y más tarde sostuvo el cultivo de la remolacha. El pueblo se concentró, levantó una iglesia y conservó su torre mientras alrededor cambiaban los oficios, las propiedades y las infraestructuras. La llanura no decidió por sus habitantes, pero les planteó las reglas del juego. Una avenida cambió el emplazamiento; un canal convirtió el río en recurso; un suelo permeable sostuvo la circulación del agua; los yesos introdujeron límites que siguen vigentes. Bajo cada parcela hay algo más que tierra disponible: hay un territorio que durante siglos ha obligado a elegir cómo vivir junto al Gállego.
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