Villalpando, murallas sobre la llanura
Dos puertas monumentales siguen marcando el antiguo recinto de Villalpando, mientras casi todo el trazado de sus murallas ha desaparecido. La historia de esa defensa se entiende mejor al recorrer también la llanura y los ríos que acompañan a la villa.
Una torre y un arco conservados en Villalpando evocan las puertas monumentales que aún señalan el antiguo recinto de la villa.
En Villalpando, la Puerta Villa conserva una imagen poderosa: el arco y la torre hacen visible que la villa estuvo cercada. No queda entera aquella defensa. De las murallas y fortificaciones, desaparecidas en la mayor parte de su trazado, sobreviven dos puertas monumentales: la de San Andrés, llamada Puerta Villa, y la de Santiago. También permanece el castillo de los Velasco. Esas huellas permiten seguir una historia de territorio disputado, fortificación y transformación, en un paisaje que hoy parece abierto.
Valderaduey: una llanura con bordes
El escenario es la Tierra de Campos zamorana. El río Valderaduey atraviesa el término municipal y, cerca de la villa, recibe al río Bustillo, también llamado Navajos. Su valle forma una amplia llanura, descrita como favorable al cultivo de cereales, interrumpida por algunos montes con más vegetación. Villalpando se alza a 698 metros sobre el nivel del mar; Buenamadera, el monte más alto del municipio, alcanza los 788. No es un relieve abrupto: el contraste se dibuja entre la amplitud del valle y esos altos aislados.
El estudio geotécnico clasifica los suelos del término, a escala municipal, principalmente como gravas y arenas compactas (71,32 %). También recoge pizarras y esquistos (13,78 %), y arenas finas y limos (7,62 %). Son categorías del terreno municipal, no una identificación de la piedra de cada edificio. El mismo estudio señala zonas donde predominan arcillas expansivas, con peligrosidad moderada a alta en áreas climáticas con déficit anual de humedad. Esa clasificación añade otra característica al paisaje: junto a los materiales granulares hay sectores donde las arcillas pueden responder a los cambios de humedad.
La llanura y los cursos de agua describen el marco físico de la villa, pero no explican por sí solos por qué se levantaron las murallas ni permiten atribuirles un material concreto. La historia de la defensa tiene su propia cronología. Para encontrar su comienzo hay que retroceder hasta cuando el lugar aparece documentado como Villa Alpández, durante el reinado de Ramiro II de León, en el siglo X.
Villa Alpández se convierte en plaza fortificada
En el siglo siguiente, Villalpando ganó importancia, tuvo varias iglesias vinculadas a la catedral y a San Isidoro de León y adquirió alfoz propio: un territorio dependiente de la villa. El control de ese entorno fue parte de su historia. Fernando II de León limitó posesiones que la Orden de San Juan de Jerusalén habría tenido allí; después se devolvieron algunos bienes, entre ellos los de Cerecinos de Campos. La villa no era solo un conjunto de casas: era también un centro desde el que se organizaba un territorio.
En la segunda mitad del siglo XII, Fernando II repobló y aforó Villalpando como defensa del Reino de León frente al de Castilla. La villa recibió muralla y un primer castillo, situado entre Santa María la Antigua y San Isidoro. En 1211, Alfonso IX cedió la villa a la Orden del Temple, que completó aquel castillo. La secuencia muestra cómo cambió el recinto: una decisión regia levantó las defensas y una orden militar continuó la obra. El terreno no aparece como causa de esa frontera, pero sí como el espacio concreto que la muralla encerraba y protegía.
El siglo XIII fue el de mayor auge de la villa. Villalpando, ya vinculada a la Corona de Castilla, obtuvo derecho a celebrar mercado los martes, ampliado poco después también a los sábados. El mercado y las defensas cuentan dos aspectos de una misma historia local: el recinto se organizaba para proteger la población y, dentro de él, la villa desarrollaba una vida económica propia. La muralla no era un decorado aislado; formaba parte de un núcleo que crecía en importancia.
La torre de San Lorenzo se alza junto al camino, en el entorno abierto de Villalpando.
El alcázar de los Velasco cambia la escena
A comienzos del siglo XV, los Fernández de Velasco, duques de Frías, recibieron Villalpando por vía matrimonial y construyeron su alcázar. Ese cambio de manos tuvo también consecuencias políticas: desde el siglo XV la villa pasó a depender de Burgos en el voto en Cortes, al integrarse en la Provincia de las Tierras del Condestable, aunque en otros ámbitos continuó vinculada al Notario Mayor del Reino de León. Las murallas, el castillo y el alcázar pertenecen a una historia de poder que se fue reorganizando, no a un solo episodio de construcción.
El alcázar tuvo después un uso muy distinto al de una defensa frente a un reino vecino. En 1526, los hijos del rey francés Francisco I quedaron retenidos en Villalpando como rehenes de Carlos I. Francisco I había regresado a Francia tras el Tratado de Madrid y anunció que no lo cumpliría, pues lo había firmado bajo presión. Los príncipes habían estado primero en Villalba de los Alcores; luego fueron trasladados a Villalpando y, más tarde, a Berlanga, Castilnovo y Pedraza. El castillo local quedó así incorporado a un conflicto que rebasaba la comarca: fue una escala en el cautiverio de los hijos de un rey.
Puerta Villa y Puerta de Santiago: la defensa que queda
El recinto que había servido a una villa repoblada y fortificada no se conserva completo. La mayor parte del trazado de las murallas y fortificaciones ha desaparecido, pero dos puertas monumentales permanecen y permiten reconocer la antigua ciudad cercada. La de San Andrés, conocida como Puerta Villa, conserva su presencia emblemática; la puerta de Santiago añade una segunda huella. Junto a ellas, el castillo de los Velasco recuerda la etapa posterior del poder señorial. No hace falta imaginar intacto el perímetro: las piezas que siguen en pie bastan para señalar que la villa tuvo que organizar su espacio de otra manera.
Villalpando conserva también otra relación histórica con el territorio, lejos de las puertas: el monte público del Raso. Sus orígenes se sitúan en una donación de reyes leoneses a Villalpando y a las aldeas de su alfoz, a finales del siglo X o comienzos del XI; la atribución a Alfonso V se presenta como posible. El monte ocupa 1.654 hectáreas, de las que 90 son enclavados, y su aprovechamiento es comunal junto a otros doce municipios. Allí predominan pinos piñoneros y resineros, con presencia de pino laricio y encina.
La gestión del Raso también atravesó cambios. Las bases del consorcio entre el Patrimonio Forestal del Estado y la mancomunidad se aprobaron en 1948; en 2000 el monte fue declarado de utilidad pública. Mientras el recinto defensivo perdió la mayor parte de su trazado, el monte comunal permaneció como una pieza reconocible del territorio municipal. Son destinos distintos para dos formas de relación con el lugar: proteger la villa con puertas y murallas, y mantener un espacio forestal de aprovechamiento compartido.
Hoy, la llanura del Valderaduey sigue enmarcando Villalpando, y las dos puertas supervivientes hacen legible una ciudad que ya no está cerrada por su muralla. La historia termina sin un perímetro intacto: quedan accesos monumentales, el castillo de los Velasco y, en el Raso, un monte comunal cuya gestión ha continuado bajo nuevas instituciones. La Puerta Villa ya no guarda una frontera; conserva la forma de una decisión que cambió el espacio de la villa.
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