Valencia, la ciudad nacida en una isla
Cuando Roma fundó la colonia, Valentia estaba en una isla fluvial del Turia, a unos cuatro kilómetros del mar. El lugar reúne dos escalas que aún se reconocen en Valencia: el cauce que acompaña a la ciudad y un subsuelo hecho de materiales diversos.
El Hemisfèric, en la Ciudad de las Artes y las Ciencias, ofrece una vista actual de Valencia junto al antiguo entorno del Turia.
En 138 a. C., los romanos fundaron Valentia Edetanorum en un emplazamiento que hoy cuesta imaginar en medio de una ciudad: una isla del Turia, situada entonces a unos cuatro kilómetros de la costa. El río no era un telón de fondo. Rodeaba la tierra escogida para la colonia y ponía el agua en el centro de la escena desde el primer capítulo de la historia urbana.
Una isla fluvial es una porción de tierra rodeada por el curso de un río. Esa descripción concreta distingue la Valencia romana de la ciudad costera que solemos imaginar: en el momento de su fundación, la colonia no estaba junto al mar, sino tierra adentro y ligada al Turia. Las fuentes no explican los motivos de aquella elección; sí permiten seguir el resultado. Allí se estableció una colonia llamada Valentia, y el lugar siguió llevando una historia en la que el agua y la tierra permanecen próximas.
El Turia y la tierra bajo la ciudad
La isla es una huella geográfica; el subsuelo municipal ofrece otra clase de relato. El estudio geotécnico de Valencia recoge arenas finas y limos, gravas y arenas compactas, arcillas expansivas y materiales carbonatados, entre ellos calizas, dolomías y mármoles. No forman una única losa continua: son tipos de materiales diferentes, reconocidos en la clasificación del término municipal. Las arenas y los limos son sedimentos; calizas, dolomías y mármoles son rocas. Esta variedad devuelve la ciudad a una escala más profunda que la de sus calles y edificios.
Las arenas finas y los limos constituyen la categoría de mayor presencia en esa clasificación, con un 36,94 %. También aparecen gravas y arenas compactas (18,18 %), materiales carbonatados (17,23 %) y arcillas expansivas (16,26 %). Son proporciones municipales, no una identificación del material bajo un monumento concreto. Aun así, ayudan a entender por qué no conviene imaginar el terreno de Valencia como una superficie uniforme. Bajo una misma ciudad se reconocen materiales de distinta naturaleza y comportamiento.
Los sondeos dan una idea de la profundidad a la que se ha investigado ese subsuelo. El estudio reúne seis perforaciones de la serie IGME SondeosIRYDA; alcanzan una profundidad media de 251,7 metros y una llega a 361,5 metros. El registro ofrece además una profundidad media del agua de 26,8 metros. No es una medida que describa por igual cada calle, pero sí recuerda que el agua no pertenece solo al paisaje visible: también aparece en las observaciones del terreno profundo.
El Turia y los materiales que aparecen en el término no cuentan una misma historia con idéntica escala. La isla romana describe un emplazamiento preciso en el momento de la fundación; la clasificación geotécnica resume la diversidad del municipio. Juntas, esas evidencias permiten mirar Valencia como una ciudad hecha de relaciones entre tierra y agua, sin convertir cada arena, roca o sondeo en una explicación automática de la ciudad antigua.
De Valentia a Madīna at-Turab
El nombre romano, Valentia Edetanorum, quedó asociado a la colonia fundada en el siglo II a. C. Más tarde, durante la ocupación musulmana iniciada en 711, la ciudad incorporó otra manera de nombrar su paisaje. Madīna at-Turab puede traducirse como «ciudad de la arena»; la denominación se vinculaba a su emplazamiento junto al río Turia. La arena, que en el estudio geotécnico aparece como parte del subsuelo municipal, entró así también en la memoria del lugar.
El cambio de nombre no sustituye la historia del cauce, pero muestra cómo el entorno se convirtió en una referencia cotidiana. La ciudad romana había nacido en una isla fluvial; siglos después, su relación con el Turia seguía presente en la forma de describirla. En el mismo periodo musulmán se implantaron sistemas de riego y se introdujeron nuevos cultivos. El agua dejó de ser únicamente parte del escenario: también quedó ligada a prácticas que transformaban el uso de la tierra.
En 1238, Jaime I conquistó Valencia y repartió tierras entre quienes le habían ayudado. El Llibre del Repartiment conserva testimonio de ese reparto, mientras que los Fueros de Valencia fijaron un nuevo marco legal para la ciudad y se extendieron al resto del reino. Cambiaron el poder y las reglas; el lugar, sin embargo, seguía definido por su proximidad al Turia y por el terreno sobre el que se había asentado. La continuidad del emplazamiento atraviesa así épocas muy distintas, desde la colonia romana hasta la ciudad medieval.
La costa baja y la Albufera
La relación de Valencia con el agua se entiende mejor al ampliar la mirada hacia la costa. La morfología litoral actual es baja y presenta áreas fácilmente inundables. A unos diez kilómetros al sur de la ciudad está la Albufera, un lago de cerca de 2.100 hectáreas, rodeado por 14.100 hectáreas de marjal dedicadas al cultivo del arroz. Marjal es el terreno húmedo asociado a ese paisaje de agua y cultivo. No se trata de la isla romana ni de una prolongación del cauce urbano, sino de otro lugar que forma parte del entorno valenciano.
Ese paisaje tiene también una historia de gestión. En 1911 el Ayuntamiento de Valencia compró la Albufera a la Corona por 1.072.980,41 pesetas. En 1986 fue declarada parque natural, el primero de la Generalitat Valenciana. Entre una fecha y otra cambió la manera de proteger el espacio: el lago y el marjal pasaron a formar parte de un parque reconocido por su valor cultural, histórico y ecológico. A su alrededor, el cultivo del arroz sigue dando al agua una presencia ligada al trabajo y al territorio.
La huerta y los cultivos tampoco son una nota ajena a la historia urbana. En 2012, el término municipal conservaba 3.973 hectáreas agrícolas, ocupadas en su mayor parte por huerta y cítricos, aunque la agricultura representaba una parte menor de la población activa. En una ciudad asentada junto al Turia, la tierra productiva y el agua aparecen en distintas escalas: en el antiguo emplazamiento insular, en los sistemas de riego y en los paisajes húmedos que rodean la costa.
La isla queda en la historia de Valencia
El episodio de la fundación tiene un desenlace claro: en 138 a. C. se estableció una colonia romana en la isla fluvial y se la llamó Valentia Edetanorum. Las fuentes sitúan hoy Valencia a orillas del Turia, pero no describen cuándo ni mediante qué cambios la antigua isla dejó de ser el rasgo que definía aquel emplazamiento. La historia que sí permanece es la de una ciudad que nació ligada al cauce y que, con los siglos, incorporó el riego, la huerta y otros paisajes de agua a su vida.
Al final, la isla no es solo una imagen remota para fechar la fundación. Es la primera escena de una ciudad que ha convivido con un río, un terreno diverso y una costa baja. Valentia comenzó rodeada por las aguas del Turia; Valencia conserva todavía, en su entorno y en su nombre histórico de «ciudad de la arena», la memoria de aquella proximidad.
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