Sartaguda, una tierra por repartir
El término de Sartaguda cambia de rostro entre las lomas del norte y las terrazas del Ebro. Durante generaciones, los vecinos cultivaron tierras ajenas; en 1943, la propiedad comenzó a cambiar de manos.
Vista panorámica de Sartaguda. El caserío y las lomas del entorno sitúan la escala humana del paisaje.
En 1922 se vendieron algunas tierras a distintas familias en El Cumbrero, un paraje agrario de Sartaguda. La operación no cerró la disputa: la mayoría de las tierras y los edificios seguían perteneciendo al duque del Infantado, y quienes trabajaban el campo continuaron reclamando un reparto. Para entender el alcance de aquella lucha hay que mirar a la vez el suelo que sostenía los cultivos y el régimen que decidía quién podía aprovecharlo. En el término, el Ebro había dejado terrazas aluviales al sur, mientras al norte afloran yesos y arcillas plegados. La disputa por las parcelas ocurrió sobre un paisaje mucho más antiguo que sus propietarios.
Dos paisajes en un mismo término
Sartaguda ocupa un terreno de contrastes. El casco se encuentra a 336 metros de altitud; el término asciende hasta los 422 metros en su parte más alta y desciende hasta los 310 metros del Ebro. En el norte aparecen yesos y arcillas plegados; al sur, los aluviones de las terrazas del río. No es una única superficie uniforme: el relieve reúne materiales distintos y niveles diferentes junto al corredor del Ebro.
El sinclinal del norte es una estructura plegada en la que las capas se curvan hacia un eje, como una amplia cubeta. Allí afloran yesos y arcillas. El yeso es una roca evaporítica, y las arcillas son materiales de grano muy fino; el dato local importante es que ambos aparecen plegados, no que formen una llanura continua. La descripción geotécnica del municipio añade que las formaciones yesíferas están medianamente karstificadas: la karstificación es la disolución de roca soluble por el agua, que puede abrir huecos en el subsuelo.
Ese estudio identifica también áreas con hundimientos kársticos actuales o potenciales en terrenos yesíferos. Es una característica del término municipal, no una señal que permita atribuir un problema a una parcela o edificio concreto. Al sur, en cambio, se reconocen aluviones: sedimentos que el río ha depositado y que han quedado en terrazas, antiguos niveles de su paisaje fluvial. La geografía de Sartaguda combina así un subsuelo yesífero y arcilloso al norte con depósitos ligados al Ebro al sur.
Alto la Mesilla guarda una historia larga
La relación entre el paisaje y la vida humana viene de lejos. En el término denominado Alto la Mesilla se ha constatado población estable desde el Paleolítico Superior. La descripción histórica de Sartaguda relaciona la depresión del Ebro y la fertilidad de sus tierras con el paso y el asentamiento de distintas poblaciones. No hace falta imaginar una escena concreta para percibir la continuidad: el mismo territorio que hoy se reconoce por sus dos unidades de relieve fue espacio de vida durante épocas muy distintas.
También se han documentado villae romanas, aunque apenas quedan vestigios. Frente a las piscinas municipales se conservan algunos fragmentos de columnas y capiteles; se han registrado además un dolium —un gran recipiente para almacenar grano o aceite— y cerámica terra sigillata de los siglos II al IV. Son rastros modestos, pero sitúan en el término una ocupación organizada y actividades vinculadas al almacenamiento. Mucho antes de que El Cumbrero apareciera en las reclamaciones de los colonos, Sartaguda ya acumulaba huellas de quienes habían habitado y trabajado este suelo.
La antigua parroquia del Rosario, en Sartaguda, frente a una ladera del entorno. Una vista del pueblo en el paisaje que acompaña esta historia.
El Ebro también separaba y unía
La historia local no cabe en una sola orilla. Hasta el siglo XIX perteneció a Sartaguda el término de La Torre, en la margen derecha del Ebro, y varios escritos y mapas distinguían una Sartaguda Alta de otra al otro lado del río. El río marcaba un rasgo físico reconocible, pero el territorio municipal se extendía a ambas orillas. En el paisaje, las terrazas aluviales recuerdan la larga presencia del Ebro; en la historia, La Torre muestra que la relación de Sartaguda con el río también se trazaba mediante límites y pertenencias.
En el siglo XI Sartaguda fue una tenencia navarra y después pasó a ser señorío. La Corona poseyó palacio, bienes y rentas, que Carlos el Noble entregó a Carlos de Beaumont. Más tarde, las luchas civiles entre agramonteses y beaumonteses contribuyeron a que la villa quedara despoblada hasta 1508. El territorio podía ofrecer tierras fértiles y una posición ligada al paso por la depresión del Ebro, pero esas cualidades no garantizaban una vida estable: los cambios de poder también pesaban sobre la población.
El Cumbrero y las parcelas que faltaban
Siglos después, la propiedad seguía concentrada. Todas las tierras del término, incluidos los edificios, pertenecían al duque del Infantado. Los colonos pagaban un canon anual por los solares de sus viviendas y por el uso del molino. Cultivaban las tierras mediante arrendamientos con rentas en trigo o mediante aparcería, un acuerdo en el que la cosecha se repartía entre el dueño y quien la trabajaba. El campo producía, pero la capacidad de decidir sobre esa producción estaba repartida de forma desigual.
La venta de algunas tierras en El Cumbrero en 1922 dio una señal de cambio, no una solución general. Las reivindicaciones de los colonos continuaron durante el gobierno de Primo de Rivera y la Segunda República. En 1923, Manuel de Irujo, diputado del PNV por la Merindad de Estella, llevó ante el duque del Infantado gestiones para repartir tierras entre los vecinos. No prosperaron. En repetidas ocasiones, el administrador del duque respondió que no se repartiría ni «un tormo de tierra». El conflicto tenía una forma concreta: quienes trabajaban las parcelas no controlaban su propiedad.
1936: violencia y trabajo común
En 1930 Sartaguda tenía 1.200 habitantes. La Guerra Civil quebró la vida del pueblo con una violencia extrema: la represión iniciada al comienzo del conflicto costó la vida a 78 personas. El 9 de septiembre numerosos hombres fueron llamados a la plaza para acudir como «voluntarios» a la Bandera General Sanjurjo; 45 fueron fusilados entre el 2 y el 4 de octubre. Otros 15 vecinos murieron en el frente. La memoria de aquella represión quedó ligada al nombre de «Pueblo de las Viudas».
Las viudas sufrieron el saqueo de sus casas, multas y embargos de tierras y productos, entre ellos maíz, remolacha, harina y aceite. Ante la amenaza sobre las parcelas, hicieron causa común para trabajarlas y defenderlas. Ese esfuerzo colectivo no debe confundirse con la posterior compra del señorío, pero sí forma parte de la historia de quién podía sostener la vida sobre la tierra. Mientras el paisaje seguía reuniendo las terrazas del Ebro y los yesos del norte, las mujeres de Sartaguda defendían el acceso a los campos en circunstancias muy duras.
En 1943, la propiedad cambió de manos
Tras el cruento inicio de la Guerra Civil, la Diputación Foral de Navarra inició gestiones con los duques del Infantado para adquirir el señorío. El acuerdo se fechó el 7 de octubre de 1942; la escritura de compra se formalizó el 10 de febrero de 1943. El precio fue de 4.700.000 pesetas. La adquisición se hizo para repartir y vender las tierras entre los vecinos, y se reservaron edificios y terrenos para construir el ayuntamiento, la nueva iglesia parroquial y otros servicios.
Ahí desembocó la larga disputa por el dominio de las parcelas: una parte de las tierras que habían estado bajo el señorío quedó destinada a la venta y el reparto entre vecinos. No borró las pérdidas ni devolvió a las víctimas lo arrebatado, pero alteró quién podía aspirar a poseer y trabajar el suelo. En Sartaguda, la historia humana cambió de forma mientras el relieve permanecía: al norte, yesos y arcillas plegados; al sur, las terrazas aluviales del Ebro. El Cumbrero ya no señala solo una reclamación de colonos; también recuerda el momento en que la propiedad dejó de ser exclusivamente ducal.
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