San Amaro y la altura donde Lambrica se hizo ciudad
En San Cibrao de Las, las murallas del antiguo poblado atraviesan el límite que hoy separa San Amaro de Punxín. ¿Qué ofrecía aquella altura a quienes levantaron allí una ciudad fortificada?
Iglesia de Santa María de Salamonde, uno de los hitos arquitectónicos de San Amaro en un paisaje cuya historia se remonta a los asentamientos castreños.
En San Cibrao de Las, la muralla no se detiene ante la frontera que hoy separa San Amaro de Punxín. El castro la desborda: ocupa un territorio que sus antiguos habitantes entendían sin lindes municipales, según la descripción de este poblado. La colina fue escenario de una ciudad organizada y defendida durante un largo periodo. Y el relieve que la sostiene ofrece una pista para entender por qué aquel lugar llegó a importar.
Una muralla que no reconocía fronteras
San Cibrao de Las, también conocido como Lambrica o A Cidade, no fue solo un recinto cercado. Sus murallas, algunas con escaleras encastradas y paseo de ronda, se acompañaban de fosos y de puertas flanqueadas por torreones. Dentro había calles, fuentes, edificaciones de distintas formas e inscripciones. No es una imagen de ocupación improvisada: el conjunto habla de un lugar habitado y ordenado durante mucho tiempo.
La ocupación se sitúa probablemente entre el siglo II antes de Cristo y el II después de Cristo. Ese intervalo convirtió la colina en algo más que un punto elevado: fue un hogar y un espacio protegido, con entradas definidas y recorridos propios. Las piedras inscritas también guardaron información que sobrevivió a sus habitantes. De ellas se obtuvo el antiguo topónimo Lambrica y una referencia al dios guerrero Bandua, cuyo nombre encabeza una inscripción.
¿Qué ofrecía esa posición a quienes escogieron el lugar? La respuesta más prudente está en el propio paisaje: el poblado se asentó en una loma. Es razonable deducir que la altura ayudaba a vigilar el entorno y que las murallas y los fosos reforzaban la defensa; es una lectura del emplazamiento y de las estructuras descritas, no un episodio transmitido por una crónica. La topografía no explica por sí sola la ciudad, pero ayuda a comprender por qué una comunidad invirtió tanto en cerrar, ordenar y ocupar ese espacio.
La ventaja empieza antes de levantar la muralla
La ciudad antigua se alzó sobre un terreno cuya composición cuenta una historia mucho más larga que la de sus muros. El estudio geotécnico de San Amaro agrupa el 97.09 % de los terrenos en la categoría «Areniscas, Conglomerados y Flysch». Esa clasificación reúne nombres de rocas sedimentarias: materiales que permiten imaginar antiguos ambientes donde se depositaban arenas, cantos y fangos, aunque no asigna por sí sola una edad concreta a cada formación local.
La arenisca se forma cuando granos de arena quedan unidos y endurecidos. En términos generales, puede remitir a playas antiguas, deltas o ríos de corriente tranquila: paisajes de depósito, comparables a una ribera donde la arena se acumula en capas antes de consolidarse. El conglomerado, en cambio, contiene cantos rodados cementados. Su origen se asocia a corrientes más enérgicas, capaces de mover piedras, como los torrentes que arrastran guijarros durante una avenida.
El flysch ofrece otra escena: capas alternas de arena y arcilla depositadas en el entorno del pie de una plataforma continental. Puede imaginarse como una sucesión de láminas, unas más arenosas y otras más finas, acumuladas en un fondo marino. Son tres pistas distintas dentro de una misma clasificación municipal; no tres capítulos fechados que puedan ordenarse aquí con precisión. Juntas evocan un territorio sedimentario, formado por materiales que proceden de ambientes cambiantes y que hoy componen el sustrato sobre el que se asienta San Amaro.
¿Significa eso que esas rocas levantaron directamente las defensas de Lambrica? La información disponible no establece ese vínculo constructivo. La conexión más sólida es otra: la ciudad se situó en una loma y el subsuelo local está dominado por esas familias de materiales. Es probable que la forma del terreno contribuyera a hacer atractivo el emplazamiento; atribuir a una roca concreta el diseño de las murallas iría más allá de lo que demuestra la evidencia.
Otra cima, otro modo de habitar
La historia de las alturas no acaba en San Cibrao de Las. A poca distancia se encuentra el monte San Trocado, compartido hoy por San Amaro, Punxín y Cenlle. Alcanza los 550 metros y su pequeño castro se construyó en una ladera, en una posición más elevada que el gran recinto de San Cibrao. La comparación dibuja dos escalas de ocupación: una ciudad amurallada extendida entre municipios y otro asentamiento menor, encaramado aún más arriba.
La elevación siguió siendo un rasgo central del lugar mucho después de la época castreña. Se cree que los habitantes de San Trocado practicaban cultos paganos; en la cumbre, una ermita levantada en el siglo XVIII quedó asociada al fervor por San Trocado, o San Torcuato. Allí se celebra en mayo una romería. La secuencia enlaza un castro, una cumbre y una tradición religiosa, sin que la forma del monte cambie de protagonista.
¿Se agotó con los castros la capacidad de las alturas para organizar la vida local? La propia historia de San Trocado invita a responder que no: la cima siguió atrayendo prácticas y significados distintos. La geología no permite afirmar que el relieve causara por sí solo ese cambio, pero sí deja claro el escenario persistente: una montaña alta y reconocible, ocupada primero por un asentamiento castreño y más tarde vinculada a una ermita y a una romería.
Las inscripciones cruzan los siglos
También las piedras escritas prolongaron la historia de Lambrica fuera de sus murallas. El Ara de Eiras, uno de los hallazgos patrimoniales destacados de la comarca, fue depositado en el pazo de Eiras en los años veinte. Su origen se considera probablemente ligado al castro de San Cibrao de Las. Las inscripciones de esa pieza ayudaron a identificar el antiguo nombre del poblado y el culto a Bandua. Así, un lugar de habitación antiguo dejó señales que podían leerse mucho después, en otro edificio del municipio.
En San Amaro, las épocas posteriores dejaron otros hitos reconocibles: la iglesia románica de San Fiz de Navío, las iglesias de Anllo y Grixoá, fechadas en el siglo XVII, y la de Salamonde, del XVIII. También destacan los pazos de Sabariz, A Touza y Eiras, construidos en el siglo XVII. No son una continuación demostrada de Lambrica, pero sitúan el castro dentro de una historia local más amplia, hecha de asentamientos, edificios y objetos que cambiaron de función y de significado.
Reitoral de Anllo, una construcción rural de San Amaro que acompaña el recorrido desde la ciudad castreña hasta el patrimonio posterior del municipio.
El pazo de Eiras se encuentra junto a un roble monumental, y allí quedó depositada el Ara. En esa asociación entre árbol, edificio y piedra inscrita, la memoria del castro encontró un lugar posterior donde permanecer visible. El paisaje del municipio no es solo el fondo de esa historia: sus colinas dieron forma a dos asentamientos de distinta escala, mientras las inscripciones y los edificios mantuvieron vivos algunos de sus nombres.
Lambrica no cabe dentro de una frontera municipal moderna, porque su historia pertenece a un relieve compartido. Cuando vuelvas a mirar las alturas de San Amaro, puedes imaginar primero la loma, después los fosos y las murallas, y al final la ciudad que se extendía más allá de los límites actuales.
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