Portomarín y la iglesia que aprendió a cambiar de orilla
Cuando Belesar cubrió el antiguo Portomarín, el pueblo encontró otro lugar en el Monte do Cristo y llevó consigo una de sus iglesias piedra a piedra. ¿Qué cuenta esa mudanza sobre el terreno que sostiene la villa y el paisaje del Miño?
El lecho del Miño queda expuesto frente a Portomarín durante el descenso del embalse de Belesar.
La iglesia de San Nicolás no se quedó donde había estado durante siglos. Cuando en 1962 se construyó el embalse de Belesar y Portomarín se trasladó al vecino Monte do Cristo, sus piedras fueron numeradas y ensambladas de nuevo en el emplazamiento actual. El antiguo pueblo quedó ligado a la orilla que el agua cubre y, cuando baja el nivel del pantano, vuelve a mostrar restos de edificios, el malecón y el primitivo puente. En Portomarín, trasladar una villa significó cambiar de sitio sin borrar del todo el lugar que dejaba atrás.
Antes de la mudanza, un puente y un camino
La historia de Portomarín empezó junto al Miño, donde un puente romano enlazaba las orillas y el Camino de Santiago pasaba junto a la localidad. Aquel puente fue reconstruido en la Edad Media; el lugar, por tanto, ya había conocido una transformación material mucho antes de que el embalse alterara su paisaje. El río y el paso de los viajeros situaron la villa en un punto de encuentro.
El 18 de mayo de 1212, la Orden de San Juan otorgó fueros para el gobierno y la administración de la localidad. La fecha fija un episodio concreto en la historia de una población que había crecido al lado del puente y del Camino. No es una historia separada del terreno: el asentamiento y sus referencias más reconocibles se reunían junto al valle del Miño, el mismo paisaje que siglos después cambiaría con Belesar.
¿Qué quedó en pie cuando la villa cambió de emplazamiento? No solo un recuerdo transmitido por quienes conocían el viejo pueblo. En los periodos de descenso del embalse reaparecen restos de construcciones, el malecón y el antiguo puente. El paisaje ofrece así una respuesta visible: una parte de la historia de Portomarín permanece en el lugar original, aunque no siempre esté a la vista.
La roca cuenta otra historia, más lenta
El cambio de 1962 fue rápido si se compara con el tiempo necesario para formar las rocas del municipio. La clasificación geotécnica disponible señala que pizarras y esquistos representan el 72,62 % de los terrenos considerados. En términos sencillos, las pizarras pertenecen a rocas antiguas transformadas por presión y calor: materiales que registran procesos muy anteriores a la vida de la villa, el puente y el Camino.
El dato describe el predominio municipal, no permite atribuir automáticamente una roca concreta a cada edificio o a cada parcela. Pero sí ayuda a mirar Portomarín como algo más que una población junto al agua: el Miño ocupa una parte visible del paisaje, mientras que bajo el territorio domina un sustrato de pizarras y esquistos. El pueblo trasladado no se llevó consigo ese suelo. Cambió el lugar habitado; el marco geológico pertenece a una historia mucho más extensa.
Hay también una presencia menor de granito, gneis y otras rocas ígneas, que suman el 15,35 % de la clasificación. Areniscas, conglomerados y flysch representan otro 4,20 %. Esos nombres reúnen materiales distintos: las areniscas pueden conservar antiguos sedimentos de playas, deltas o ríos tranquilos; los conglomerados, cantos depositados por corrientes más enérgicas; y el flysch, alternancias de arena y arcilla formadas en el pie de una plataforma continental. Son paisajes desaparecidos convertidos en roca, no escenas que deban imaginarse en la superficie actual de Portomarín.
El flysch, dicho sin jerga, es una sucesión de capas depositadas en un margen marino profundo: materiales finos y arenosos que se acumularon alternadamente. El inventario municipal agrupa varios tipos de roca, pero no proporciona aquí una secuencia que permita ordenarlos por edades. Lo significativo para esta historia es el contraste: bajo un pueblo cuya vida local se cuenta mediante puentes, iglesias y caminos, hay materiales formados en ambientes muy distintos y a escalas de tiempo que desbordan cualquier cronología humana.
En 1962, el mapa de la villa se desplazó
La construcción del embalse de Belesar cambió el emplazamiento de Portomarín. La población se trasladó al Monte do Cristo, y allí se reconstruyeron algunos de sus edificios civiles y religiosos más importantes. No fue únicamente una mudanza de casas: el pueblo tuvo que encontrar continuidad en otro lugar, mientras el antiguo núcleo quedaba asociado a las aguas del pantano.
La geología permite entender el fondo físico de esta transformación, pero la causa directa del traslado está clara en la historia local: la construcción del embalse. No hace falta atribuir a las pizarras o al granito la decisión de mudar la villa. La relación entre la roca y el episodio es otra: el cambio humano se produjo sobre un territorio cuya historia material es mucho más antigua, y dejó a la vista un paisaje donde el río, el embalse y las huellas del pueblo antiguo comparten espacio.
Si hoy caminas por el Portomarín actual, ¿qué continuidad puedes reconocer con el anterior? Una de las respuestas está en San Nicolás. La iglesia románica, levantada por la Orden Hospitalaria de San Juan de Jerusalén, fue desmontada de manera que sus piedras pudieran numerarse y ensamblarse en su nueva ubicación. Ese procedimiento convirtió cada bloque en parte de un orden que podía reconstruirse: no era la iglesia en su lugar original, pero sí una forma de conservar un edificio esencial en el nuevo pueblo.
Las piedras encontraron un nuevo orden
La operación tiene una fuerza sencilla. Cada piedra numerada podía volver a ocupar su posición dentro del edificio, y la iglesia pasó a formar parte del Portomarín asentado en el Monte do Cristo. La reconstrucción no devolvía la antigua villa a su orilla, ni detenía la transformación del paisaje. Sí permitía que uno de sus principales edificios religiosos sobreviviera a la mudanza y mantuviera un vínculo visible con la historia anterior.
El traslado de la iglesia ayuda a comprender por qué Portomarín no se cuenta como una desaparición completa. Algunos edificios importantes se reconstruyeron en el nuevo emplazamiento; los restos del antiguo núcleo aún pueden aparecer cuando desciende el pantano. Una parte de la memoria quedó incorporada a la villa habitada y otra permanece en el terreno que el agua cubre y descubre.
Ese vínculo con el Camino de Santiago también continúa en la historia documentada del lugar. En 2015, entre los elementos incluidos en la documentación enviada por España para la ampliación de los Caminos de Santiago reconocidos por la Unesco, figuró Portomarín. El dato no devuelve el antiguo puente a su función ni cambia la orilla, pero recuerda que el pueblo sigue siendo leído como un lugar ligado a una ruta histórica.
Cuando el agua baja, el lugar vuelve a hablar
El antiguo puente y el malecón no aparecen en cualquier momento: se hacen visibles cuando baja el nivel del embalse. Esa aparición intermitente modifica la manera de mirar el paisaje. El agua no solo ocupa el valle; también puede dejar ver, por un tiempo, partes del asentamiento que la transformación de 1962 apartó de la vida cotidiana.
El terreno municipal añade una escala más larga. Las pizarras y los esquistos dominan el sustrato descrito para Portomarín; junto a ellos aparecen rocas ígneas y materiales sedimentarios, mientras la clasificación registra también una parte de masa de agua. El estudio geotécnico describe además formaciones generalmente impermeables o de muy baja permeabilidad, que pueden albergar acuíferos superficiales asociados a alteración o fisuración. Esa descripción ayuda a entender que el paisaje no se reduce a lo que se ve en la superficie, aunque no convierte el subsuelo en explicación automática de cada decisión histórica.
Portomarín conserva así dos maneras de permanecer: la iglesia reconstruida en el Monte do Cristo y los vestigios que el descenso del pantano devuelve a la vista. La villa cambió de emplazamiento, pero no perdió todos los rastros del lugar que ocupó junto al Miño. Cuando el agua se retira, el puente antiguo y el malecón vuelven a señalar dónde empezó esta historia.
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