Píñar, el monte de la cueva y el castillo
En Píñar, una cueva guarda huellas paleolíticas en el mismo monte donde se alza el castillo. Entre las cavidades y las murallas se despliega una historia de ocupaciones, cambios y nuevas formas de relacionarse con el lugar.
Desde las cuevas de las Ventanas, el paisaje de Píñar se abre hacia los campos y relieves de la comarca.
En el monte del castillo de Píñar, la piedra abre dos caminos hacia el pasado. Uno entra bajo tierra, por las cuevas; el otro sigue las murallas que dominaron el cerro. La cueva de la Carigüela se encuentra en ese monte y está vinculada a importantes restos musterienses y a grupos humanos neandertales. Más abajo, la historia escrita recuerda un castillo que fue baluarte nazarí y que quedó abandonado cuando se deshizo la línea defensiva de la que formaba parte. No son episodios simultáneos: los separan milenios. Pero ambos muestran cómo un mismo relieve ofreció espacios distintos para vivir, ocupar y defenderse.
El subsuelo carbonatado de Píñar
Las cuevas son la señal más visible de un paisaje subterráneo, pero el término municipal no está hecho de un único material. El estudio geotécnico de Píñar clasifica como calizas, dolomías y mármoles el 62,57 % de los materiales recogidos en su apartado de suelos. También registra arenas finas y limos, con un 18,24 %, y gravas y arenas compactas, con un 3,80 %. Son categorías del término municipal: ayudan a entender el marco geológico de Píñar, no a asignar automáticamente una roca concreta a cada pared, cueva o edificio.
Calizas y dolomías son rocas carbonatadas; el estudio señala zonas de karstificación en estas formaciones, desde áreas medianamente karstificadas hasta otras muy karstificadas en conjunto. Karstificación es el proceso por el que el agua, al circular por grietas y disolver lentamente parte de la roca carbonatada, puede ensanchar conductos y cavidades. No ocurre de golpe: pequeñas fracturas se agrandan con el tiempo, y el subsuelo adquiere huecos y recorridos que no se adivinan desde la superficie. En Píñar, las cuevas convierten esa característica geológica en un paisaje al que las personas han entrado y dado usos diferentes.
El contraste con los sedimentos también importa. Arenas y limos, o gravas y arenas compactas, no son lo mismo que las rocas carbonatadas: describen materiales distintos dentro del término. La ficha municipal contempla, además, formaciones blandas y zonas con arcillas expansivas localmente predominantes. Así, el territorio reúne sustratos con comportamientos diferentes, mientras las cavidades concentran la atención en el papel de las rocas carbonatadas y la circulación del agua. El resultado no es una historia de una sola piedra, sino un relieve en el que superficies habitables y espacios subterráneos han convivido.
Dos cuevas, dos escalas de la prehistoria
La cueva de las Ventanas ofrece una manera cercana de recorrer ese mundo interior. La información sobre el patrimonio de Píñar la sitúa en el Paleolítico Superior y propone dos posibles usos prehistóricos: las zonas próximas a la entrada pudieron servir de hábitat cuando la humedad y las condiciones del interior lo permitían; las áreas profundas, adonde no llega la luz natural, pudieron utilizarse para enterramientos. La formulación es importante: describe usos posibles, no una escena única y permanente. La propia cueva no habría ofrecido las mismas condiciones en todos sus rincones.
Antes de esas ocupaciones humanas, la cavidad también conserva restos paleontológicos atribuidos a osos e hienas cuaternarios. La presencia de estos animales amplía la historia de las Ventanas: primero aparecen los rastros de fauna, y después los posibles usos humanos que la información local asocia a la Prehistoria. No hace falta convertirlos en una sucesión de encuentros imaginados. Basta advertir que el interior de una cueva puede reunir huellas de épocas y ocupantes distintos, mientras su entrada y sus partes profundas ofrecen condiciones diferentes de luz y humedad.
En la cercana Carigüela, la protagonista es otra secuencia de ocupación. La cueva se considera un enclave destacado para investigar la industria musteriense, asociada en la información disponible a grupos humanos neandertales. Allí aparecieron un cráneo y numerosos objetos del Paleolítico Inferior, según la síntesis patrimonial de Píñar. Esas piezas convierten el monte del castillo en algo más que un telón de fondo: la cavidad conserva testimonios materiales de presencia humana muy antigua. Las ocupaciones paleolíticas pertenecen a tiempos distintos de las defensas medievales que más tarde marcarían el mismo monte.
La investigación arqueológica moderna también dejó su propia cronología. Las primeras noticias sobre la riqueza arqueológica de la región de Píñar se sitúan en 1916; el estudio sobre la Carigüela menciona exploraciones del arqueólogo suizo Christian Spahni y referencias tempranas a una cueva de identificación incierta. En 2011 se publicó un trabajo titulado Muestreo de sedimento y material osteológico de la Cueva de la Carigüela. El sedimento —el material depositado en el interior— y los restos óseos son parte de la evidencia que permite estudiar una cueva sin reducirla a su forma visible. Cada capa y cada resto pueden ayudar a reconstruir qué contiene el yacimiento.
Sobre las cuevas, una fortaleza nazarí
Mucho después de las ocupaciones prehistóricas, el monte adquirió una función defensiva. A mediados del siglo XIV, durante la refortificación del Reino nazarí, el castillo de Píñar fue un baluarte importante en la frontera entre los reinos cristianos y el territorio granadino. Su perímetro, de aproximadamente 3.000 metros cuadrados, es ligeramente ovalado y conserva una muralla de distintas facturas. Las torres son principalmente rectangulares, aunque hay dos semicirculares. En el interior, junto a la muralla noroeste, se encuentra el aljibe, y cerca de él han aparecido restos de viviendas.
Esos elementos cuentan una fortaleza con espacios para almacenar agua y con huellas de vida dentro de sus muros. El castillo se situaba además en un punto que controlaba el tránsito mercantil hacia Jaén, Murcia y Almería. Una tradición lo considera primero una fortificación romana y atribuye a reconstrucciones árabes la diferencia entre algunos torreones cilíndricos y otros cuadrados. Para la etapa medieval, en cambio, el papel nazarí está bien identificado: la posición fronteriza hacía del castillo una pieza de la defensa. El monte acogía así dos formas de refugio muy distintas: bajo tierra, las cavidades; en la superficie, una fortaleza construida.
La defensa no resistió el cambio político de 1485. Con la caída de los castillos de Cambil y Alhabar se desmoronó también la línea defensiva a la que pertenecía Píñar, y los nazaríes abandonaron su castillo. El resultado se extendió al asentamiento: después de varios intentos fallidos de repoblación, Píñar quedó despoblado en 1517; la fundación de Guadahortuna ofrecía mayores incentivos a quienes pudieran instalarse allí. El episodio tiene un desenlace concreto: el castillo perdió su función defensiva y el núcleo quedó vacío. Las murallas y el aljibe permanecieron como huellas de una etapa que había terminado.
Del bastión a los campos de cereal
El monte no desapareció del paisaje cuando dejó de ser frontera. En 1752, Píñar contaba con algo menos de 130 vecinos, dispersos por el territorio; Bogarre era uno de los cortijos más poblados de Iznalloz. Los terrenos de las Siete Villas se dedicaban a producir cereal panificable, con la obligación de destinar la producción a Granada. La vida local se organizaba entonces también alrededor de cortijos y cultivos, no solo en torno al castillo. La fotografía de un cortijo cerealista cerca de Píñar sitúa esa otra escala del paisaje: edificios de trabajo entre campos, en un territorio donde la producción agrícola fue adquiriendo importancia.
Un cortijo entre campos de cereal cerca de Píñar, una imagen del paisaje agrícola que acompañó la vida de sus cortijadas.
En el siglo XIX, las desamortizaciones dieron origen al ayuntamiento de Píñar. La adquisición de terrenos impulsó explotaciones cerealistas para rentabilizarlos y atrajo población. El primer sello municipal, fechado en 1850, llevaba la imagen del castillo: la fortaleza había dejado atrás su cometido militar, pero seguía representando al pueblo. También las cuevas continuaban despertando interés. El Diccionario Estadístico de Pascual Madoz ya mencionaba la admiración que causaba la cueva de las Ventanas, una notoriedad que enlaza la curiosidad por el mundo subterráneo con su uso público mucho más reciente.
La cueva vuelve a abrirse
Durante la segunda mitad del siglo XX, Píñar participó del éxodo rural y algunos temporeros se desplazaron a Francia para la vendimia. Décadas después, la cueva de las Ventanas encontró una nueva función: en 1999 se inauguró su recorrido turístico y se convirtió en un recurso para la comarca. Así se cerró una larga transformación sin borrar las anteriores. Las cavidades que habían acogido fauna y posibles ocupaciones humanas pasaron a recibir visitantes; el castillo que había defendido una frontera quedó como presencia histórica en el monte. La roca no dicta por sí sola esos cambios, pero el terreno ofrece el escenario material que distintas generaciones ocuparon de maneras diferentes.
En Píñar, la mirada puede subir desde la entrada de una cueva hasta la silueta de las murallas, o bajar desde el castillo hacia el subsuelo carbonatado. Arriba permanecen los restos de una defensa abandonada tras 1485; bajo el monte, las cuevas guardan evidencias de un pasado mucho más antiguo. Entre ambas, el paisaje ha cambiado de usos, de habitantes y de significado. El monte reúne esas historias sin confundirlas: refugio prehistórico, bastión medieval y lugar abierto hoy a quienes quieren recorrer sus cavidades.
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