Navalmanzano, la memoria del agua
El Malucas y el Polendos dibujan una historia que todavía se reconoce en el paisaje de Navalmanzano. Junto a sus cursos, comunidades de distintas épocas buscaron pastos, agua y un lugar donde asentarse; hoy, uno de los arroyos atraviesa parte del pueblo entubado.
La casa consistorial de Navalmanzano sitúa el recorrido en el casco del pueblo, cuya historia local se desarrolló junto a los cursos del Malucas y el Polendos.
Navalmanzano se extiende por un terreno casi llano, pero el agua le da dirección. La superficie desciende suavemente hacia el oeste y los cursos siguen esa misma orientación. Entre el Prado Bajo y el cerro de Los Canalizos, situado a 868 metros sobre el nivel del mar, la diferencia de altitud ronda los 32 metros. No es un relieve de grandes desniveles: aquí, una inclinación discreta basta para orientar arroyos y escorrentías.
El Malucas lleva sus aguas al río Pirón. El Polendos, por su parte, es tributario del Malucas y pasa por el pueblo con parte de su cauce entubado. La historia local de Navalmanzano se ha desarrollado alrededor de ese sistema de agua. Seguirlo permite enlazar una transformación visible hoy con las huellas de quienes encontraron en sus márgenes un lugar para vivir o permanecer por un tiempo.
Un hilo de agua entre el pueblo y el Pirón
El Malucas no es solo una línea en el mapa. Es el cauce que enlaza el término con el Pirón, mientras el Polendos se incorpora a él y cruza el casco urbano. Esa conexión ayuda a leer el territorio: el relieve suave conduce los cursos hacia el oeste y reúne en una misma red arroyos que, vistos por separado, podrían parecer pequeños y locales.
El paisaje del agua fue más variado. La descripción geográfica del municipio menciona regueradas, bodones, fuentes y lagunas, hoy prácticamente secas. También dice que el Malucas es un pálido reflejo de lo que fue y recuerda riberas ligadas a antiguos pueblos, a su flora y a su fauna. No hace falta imaginar un río caudaloso para reconocer el cambio: basta contrastar esa memoria de riberas y humedales con los cauces reducidos que conserva la descripción actual.
El Polendos aporta otra señal concreta de transformación: la mitad de su cauce está entubada a su paso por Navalmanzano. El arroyo sigue perteneciendo al paisaje del pueblo, aunque en ese tramo el agua ya no acompaña la vista como un cauce abierto. La tensión que organiza esta historia no es una batalla documentada entre habitantes y río, sino el contraste entre un territorio cuya vida se vinculó a sus aguas y un presente en el que varios de esos rastros se han reducido, secado o cubierto.
Las huellas antiguas siguen el curso
Mucho antes de que existiera el casco actual, los márgenes del Malucas ya formaban parte del recorrido humano por estas tierras. La historia municipal recoge testimonios de la Cultura del Vaso Campaniforme y de grupos del Bronce Final, asociados a Cogotas I. Sitúa a esas comunidades siguiendo el curso en busca de pastos para sus ganados o de tierras fértiles para ocupaciones breves. El arroyo funciona aquí como una guía del paisaje: une agua, zonas de pasto y lugares donde era posible detenerse.
La secuencia local llega después al mundo romano a través de cerámicas sigillatas. La decoración de esas piezas permite situarlas en la segunda mitad del siglo IV. Esa fecha señala una presencia romana en el entorno, pero no convierte automáticamente cada hallazgo en prueba de un poblado continuo en el emplazamiento de Navalmanzano. Lo que permanece en el relato es una sucesión de huellas en un territorio recorrido desde mucho antes, con el agua como referencia constante.
Tras la batalla de Simancas, en 939, avanzó la repoblación cristiana al sur del Duero y en la zona de Cuéllar. Sin embargo, la historia local considera poco probable que Asur Fernández asentara cristianos en el lugar que hoy ocupa Navalmanzano: el territorio ofrecía pocas defensas naturales y la frontera era débil. En 977, Almanzor asoló estas tierras. La llanura, favorable para recorrerla y aprovechar sus recursos, no era una barrera que protegiera por sí sola a quienes vivían en ella.
Gravas, arenas y rocas bajo una llanura
El terreno que acompaña esta historia tiene también una composición descrita a escala municipal. El estudio geotécnico clasifica el 64,45 % como gravas y arenas compactas, el 21,03 % como calizas, dolomías y mármoles, y registra un 13,24 % como masa de agua. Son categorías del término municipal, no una identificación de los materiales bajo cada casa o edificio.
Gravas y arenas son materiales granulares: se distinguen por el tamaño de sus fragmentos, y la palabra «compactas» indica que estos aparecen apretados. Calizas, dolomías y mármoles nombran otro conjunto de materiales rocosos. La clasificación disponible no atribuye a esos materiales un origen concreto ni fecha su formación; sí permite reconocer que el municipio no es geológicamente uniforme. El estudio caracteriza además las formaciones consideradas como generalmente de baja permeabilidad, aunque señala que en profundidad pueden existir acuíferos de mayor permeabilidad y productividad.
Esa diferencia ayuda a no confundir lo que se ve en la superficie con lo que puede almacenar el subsuelo. Un arroyo, una laguna o un tramo entubado pertenecen a la historia visible del agua; las categorías geotécnicas describen materiales y condiciones del terreno a otra escala. Juntas ofrecen dos piezas distintas del escenario: un relieve de suave pendiente por donde corren los cursos y un sustrato municipal con gravas, arenas y rocas carbonatadas. No explican por sí solas cada curva del Malucas, pero sí dan presencia concreta al suelo sobre el que se desarrolló el pueblo.
La vega acerca el asentamiento al Polendos
Cuando llegó el momento de elegir el emplazamiento del caserío actual, la historia de Navalmanzano señala una vega fértil y una posición más próxima al arroyo Polendos. La misma narración plantea, como posibilidad, que se aprovechara una construcción antigua bajoimperial como núcleo de agrupación. Así, el agua reaparece no solo como ruta de quienes pasaron por el término, sino junto a la elección del lugar donde acabaría fijándose el pueblo.
La condición llana que antes ofrecía pocas defensas también hacía del terreno un espacio abierto. El asentamiento no se explica por una muralla natural, sino por su relación con la vega y la cercanía del arroyo, tal como recoge la historia local. Desde ese emplazamiento, el caserío dejó atrás las ocupaciones breves que describen las etapas más antiguas y se convirtió en un lugar reconocible y duradero.
La iglesia parroquial de San Justo y Pastor forma parte del casco actual, levantado en el paisaje llano que recorren los cursos de agua locales.
De la vega a las casas y los campos
En el siglo XVI ya aparecen cifras de población: 48 vecinos pecheros a mediados de siglo y, en 1591, 76 pecheros, 27 hidalgos y un clérigo. En esos años, algunos vecinos con dificultades económicas vendían madera del pinar sin permiso, sacándola de noche. La historia del municipio muestra así otro modo de trabajar el territorio: junto al agua y la vega, los pinares eran un recurso que podía sostener a la población y convertirse también en motivo de conflicto cuando faltaban ingresos.
En 1849, Pascual Madoz describió 1.207 habitantes y 250 casas de construcción sencilla, de una sola planta. Mencionó también una fuente de buenas aguas y una economía ligada a cultivos como trigo, cebada, centeno, garbanzos y patatas, además de ganado lanar y vacuno. La fuente ofrece una imagen concreta del agua dentro de la vida del pueblo; los cultivos y el ganado muestran la importancia de la tierra trabajada en una población asentada junto a cursos y vegas.
El siglo XX y el presente cambiaron de nuevo la relación con los recursos locales. La población alcanzó su máximo registrado en 1955: 1.692 habitantes de hecho y 1.774 de derecho. La explotación resinera perdió importancia y el pinar pasó a aprovecharse como fuente de madera. También ganaron peso los cultivos de huerta, como patatas, zanahorias, puerros y fresón, mientras más habitantes trabajaron en fábricas de piensos y jamoneras cercanas. El pueblo siguió ligado a su entorno, pero no de una sola manera ni con una economía inmóvil.
Hoy el paisaje conserva juntos esos cambios: la llanura de pendiente leve, los cursos que conducen al Malucas, las aguas menores casi secas y el Polendos parcialmente oculto bajo el casco. El pueblo que se acercó a la vega permanece, mientras los arroyos que guiaron antiguas ocupaciones llegan al presente con menos presencia visible. El agua sigue dando dirección a Navalmanzano; su memoria está en el propio trazado del lugar.
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