Muel, entre el agua y el barro
En el parque de Muel, el Huerva cae junto a una ermita levantada sobre un dique romano. Entre esa obra y los alfares que dieron fama al pueblo se despliega una historia de agua, materiales y oficios que cambió de forma, pero no desapareció.
Las cascadas del río Huerva en el parque de Muel. El agua forma parte del paisaje junto al que se levantó el dique romano.
La ermita de Nuestra Señora de la Fuente parece dominar el parque desde una base antigua: se asienta sobre un dique romano. A sus pies corre el Huerva, el mismo río que atraviesa Muel de sur a norte y cuyas cascadas forman parte del paisaje local. La escena reúne dos tiempos distintos. Primero, una obra destinada a regular el agua para Caesaraugusta; muchos siglos después, un pueblo donde el barro y la cerámica ocuparían a buena parte de sus habitantes. Para seguir esa historia hay que mirar tanto la corriente como el terreno que la acompaña.
El Huerva atraviesa Muel
El río cruza un término de relieve variado. Predominan las superficies llanas, pero también hay muelas —elevaciones de cima amplia—, cerros aislados y una zona más irregular, con barrancos, hacia el sureste. La altitud va desde unos 650 metros en ese sector hasta unos 400 junto al Huerva; el núcleo de Muel se encuentra a 424 metros. Son referencias para situar el recorrido del agua en el paisaje, no una explicación automática de cómo se formó cada relieve.
En este valle, el agua fue una presencia que se podía aprovechar, pero también necesitaba ser conducida y regulada. La presa romana de Muel se levantó con ese propósito: regular el abastecimiento de agua a Caesaraugusta. El dato da escala a la obra. No era solo una construcción junto al río, sino parte de una infraestructura vinculada a una ciudad situada más allá de Muel. Su historia local empieza con esa intervención sobre el curso del Huerva.
La presa romana bajo la Virgen de la Fuente
La presa se fecha entre 10 y 5 a. C. y los primeros años del siglo I d. C., durante el gran desarrollo urbano del valle medio del Ebro. En su construcción participaron legiones romanas: las marcas halladas en la obra dan testimonio de ello. También se ha localizado una cantera romana cerca del parque, al noreste, de donde procedieron los materiales empleados. El dique es uno de los restos de arquitectura hidráulica romana más relevantes de Hispania y figura entre las mayores presas conocidas del Imperio romano.
El tiempo no borró el vínculo entre la obra y el lugar. La ermita, construida en 1777 y renovada en 1817, quedó asentada sobre el dique; en el parque permanecen también restos del castillo musulmán y un molino árabe, hoy rehabilitado como sala de exposiciones. Son huellas de épocas diferentes, no partes de una sola construcción. La presa, por su parte, conserva un estado descrito como excelente. El antiguo proyecto de regulación del agua sigue siendo reconocible en un espacio que reúne usos y edificios posteriores.
La ermita de Nuestra Señora de la Fuente, levantada en 1777 sobre el dique romano. Su fábrica de piedra y ladrillo corresponde a una etapa muy posterior.
Un mosaico de materiales en el término
Bajo Muel no hay una única clase de sustrato. El estudio geotécnico municipal clasifica un 41,78 % del término en calizas, dolomías y mármoles; un 23,73 % en areniscas, conglomerados y flysch; y un 11,05 % en yesos, anhidrita y sales. También registra arenas finas y limos, además de gravas y arenas compactas. Es una variedad de rocas y sedimentos a escala municipal: no identifica por sí sola qué material hay exactamente bajo la presa o cada edificio.
Esta composición da presencia concreta al terreno de Muel, aunque no autoriza a atribuir un origen determinado a cada forma del paisaje. Las muelas, los cerros y los barrancos forman parte del relieve descrito para el término; el río, en cambio, ofrece una relación directa con la vida del pueblo. Para la alfarería, las noticias locales destacan dos recursos: el Huerva garantizaba agua abundante y las arcillas de calidad procedían de mezclas de tierras de pueblos cercanos. El oficio dependía así de materiales y agua disponibles en el entorno, no de una sola roca del parque.
El barro lleva Muel hasta Zaragoza
La primera noticia destacada de los alfares muelenses sitúa sus azulejos en Zaragoza en 1048, por mandato de Aben Tafa. La tradición alfarera ya tenía entonces una proyección que superaba el pueblo. No consta cuándo ni cómo comenzó la alfarería artística, pero sí que el medio geográfico contribuyó a su desarrollo: el agua del Huerva y las arcillas de tierras mezcladas de localidades cercanas ofrecían recursos para trabajar el barro.
En el siglo XVI, la actividad creció hasta ocupar más de medio kilómetro de alfares. Una crónica de 1580 cuenta que casi todos los habitantes se dedicaban a esta industria. Enrique Cook dejó otra imagen elocuente en 1585: escribió que «todos los vecinos de este pueblo son olleros, y todo el barro que se vende en Zaragoza lo hacen aquí». El barro salía de una combinación de tierras; el trabajo local lo transformaba en cerámica y lo conectaba con un mercado urbano. Muel se hizo reconocible por ese oficio.
La expulsión y el relevo de los alfareros
La continuidad del oficio atravesó una ruptura profunda. Hasta 1610, Muel fue una tierra poblada por musulmanes; en el recuento de 1495 aparecen 99 hogares, todos atribuidos a población morisca. A comienzos del siglo XVII, la expulsión de los moriscos dejó la villa prácticamente despoblada. El señor de Muel y sus descendientes impulsaron una repoblación que pronto quedó asegurada. Los nuevos habitantes mantuvieron la cerámica y la alfarería: el oficio sobrevivió al cambio de población, aunque no porque la historia hubiera transcurrido sin interrupciones.
La producción siguió marcando el carácter del municipio durante siglos. Las piezas se elaboraban en cuevas de manera primitiva, y en 1845 Pascual Madoz mencionó unas veinte fábricas de loza inferior, además de un molino harinero y otro de barniz. Pero el siglo XIX trajo un declive paulatino. Hacia mediados del siglo XX ya no quedaba en Muel ningún horno ni alfarero en actividad. El oficio que había ocupado a casi todo el pueblo llegó a apagarse; por un tiempo, la cadena entre arcilla, taller y horno dejó de funcionar allí.
Los talleres vuelven a encender el vínculo
La historia no quedó cerrada con aquel silencio. En tiempos recientes, la alfarería de Muel se recuperó y volvió a tener presencia. Actualmente hay seis talleres dedicados a la cerámica popular; algunos alternan ese trabajo con la cerámica creativa. Existe, además, otro taller centrado exclusivamente en esta última y una escuela-taller de cerámica de la Diputación Provincial de Zaragoza, que organiza exposiciones durante el año.
La presa romana permanece bajo la ermita, el Huerva sigue atravesando el término y la cerámica ha regresado a los talleres. No son una sola historia ni una cadena de causas idénticas: cada época encontró su manera de relacionarse con el agua y los materiales. Pero el recorrido permite volver a mirar la escena inicial. Junto al río, Muel conserva tanto la huella de una obra romana como la de un oficio que, después de desaparecer, volvió a ponerse en marcha.
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