Monreal del Campo, los ojos que fundaron un pueblo
En Monreal del Campo, el Jiloca empieza en una cadena de manantiales que dio nombre a los Ojos. Junto a esas aguas se levantó el núcleo medieval; siglos después, el fondo del acuífero reveló un sorprendente rastro de la Guerra Civil.
El castillo de Monreal del Campo recuerda el núcleo fundado junto a las fuentes del Jiloca.
El río Jiloca desciende de sur a norte por la depresión longitudinal Calamocha-Teruel, pero en Monreal del Campo su nacimiento natural tiene una forma singular: varios manantiales conectados, dispuestos como un rosario. Son los Ojos del Jiloca, llamados así por el aspecto de esas surgencias. No se trata de un único hilo de agua que aparece de pronto, sino de un conjunto de puntos donde el agua subterránea descarga y alimenta el río.
Alrededor de los Ojos, el agua y la tierra se encuentran a plena vista. El humedal es el mayor de descarga de aguas subterráneas en la confluencia de la Cordillera Ibérica con los valles de los ríos de la cuenca del Ebro, y uno de los mayores de este tipo en España. Carrizos y aneas ocupan las zonas encharcadas; sauces, chopos y álamos acompañan el agua. El barbo, la rata de agua y la nutria forman parte de la fauna citada para el paraje. La fuente del río no es solo una línea azul en el mapa: es un paisaje húmedo que contrasta con la llanura del Jiloca.
Los Ojos, agua que reaparece
Para entender el paisaje hay que mirar también lo que no se ve. Un acuífero es una formación capaz de almacenar y dejar circular agua subterránea; en los Ojos, esa agua aflora en manantiales. El estudio geotécnico del municipio clasifica una permeabilidad de clase 1, con litología A-1, descrita como propia de acuíferos generalmente extensos, muy permeables y productivos. Esa clasificación ofrece un marco para comprender la importancia del agua subterránea en el término, sin identificar por sí sola el material exacto bajo cada manantial.
El mismo estudio registra, a escala municipal, formaciones carbonatadas con karstificación moderada y, en ocasiones, formas kársticas importantes dispersas. La palabra karst alude a formas y huecos que se desarrollan en rocas carbonatadas, como calizas, cuando el agua las disuelve. Es un dato relevante para el terreno de Monreal, pero no permite atribuir a una formación concreta el origen de cada Ojo. En el conjunto del término predominan, según la clasificación geotécnica, areniscas, conglomerados y flysch, que representan el 82,80 %; las calizas, dolomías y mármoles suman el 14,48 %. Son proporciones municipales, no un análisis puntual del lecho de los manantiales.
La geografía ayuda a situar esa variedad. El término asciende hasta los 1.213 metros en la sierra de Lidón, al sureste, y baja a 929 metros junto al Jiloca; el casco urbano está a 939 metros. El río recorre así un terreno con diferencias de altura visibles, mientras que los Ojos reúnen en el cauce actual los manantiales que dan comienzo natural al curso. Las cifras no cuentan por sí solas cómo circula cada gota, pero sí dibujan el marco donde agua subterránea y valle se encuentran.
Alfonso I fija el castillo junto a las fuentes
Ese encuentro ya era decisivo para el Monreal medieval. Después de la batalla de Cutanda, en 1120, y de la conquista de Calatayud y Daroca a los almorávides, Alfonso I el Batallador decidió fundar y construir un castillo en un lugar descrito como «a las fuentes del río Jiloca», llamado los Ojos. La posición debía servir como punto avanzado en el centro de la llanura. El agua no aparece aquí como un detalle del paisaje: las fuentes ayudan a reconocer el lugar elegido para el castillo.
La fundación de la localidad se sitúa entre 1120 y 1124. En torno a la fortaleza se organizaron el castillo, la torre y una iglesia dentro del mismo recinto. Una carta del arzobispo Guillermo de Aux, que pedía ayuda económica para la recién creada Militia Christi de Monreal, cuenta que el rey había fundado una ciudad llamada Monreal, «mansión del rey celestial», y que la milicia tendría allí su sede. Así, el paraje de los Ojos quedó ligado desde el principio a una decisión política y religiosa: levantar un núcleo fortificado junto al nacimiento del río.
El valle siguió siendo una referencia para la organización de la comunidad. En 1221 Jaime I dispuso el reingreso de Monreal en la Comunidad de Daroca, y en 1248 el lugar pasó a formar parte de la Sesma del Río Jiloca, dentro de la Comunidad de Aldeas de Daroca. Ese régimen perduró hasta la muerte de Fernando VII, en 1833, y la comunidad fue disuelta en 1838. Los nombres administrativos cambiaban; el Jiloca seguía siendo el rasgo territorial que enlazaba los asentamientos del valle.
La iglesia de la Natividad de Nuestra Señora forma parte del paisaje construido de Monreal del Campo.
El núcleo cambia, los Ojos permanecen
El castillo y el primer centro urbano no quedaron intactos. Durante la primera guerra carlista, Monreal fue escenario de batallas y sufrió una destrucción grave. Pascual Madoz relató que en septiembre de 1839 el jefe carlista Llangostera mandó demoler la iglesia, la torre, el ayuntamiento y los edificios de la plaza principal, además de la ermita de Santa Bárbara y un castillo próximo a ella. Al año siguiente, otro ataque terminó con el incendio de unas cien casas y el saqueo de parte del pueblo.
La destrucción cambió el casco urbano: la historia local relaciona aquellas llamas con el nacimiento de un nuevo núcleo. El paisaje construido volvió a transformarse cuando se inauguró el ferrocarril en 1901, hecho que trajo el mayor crecimiento de Monreal en superficie urbana. En el siglo XX, el valle fue también escenario de la Guerra Civil. En julio de 1936 el control de la zona quedó en manos de la Guardia Civil y de voluntarios locales; en abril de 1937 una incursión republicana saboteó la línea ferroviaria entre Caminreal y Monreal.
El ferrocarril y las fortificaciones pertenecen a una historia humana cambiante. Los manantiales, en cambio, siguieron formando parte del paisaje natural del Jiloca. Esa continuidad hace especialmente llamativo lo que apareció bajo el agua en 2017: en el fondo del acuífero de los Ojos se encontró un arsenal de la Guerra Civil, el mayor hallado en Aragón y uno de los mayores de España.
En 2017, el fondo devuelve 538 granadas
El hallazgo reunía 538 granadas de mortero de calibre 81. La explicación propuesta es que pudieron ser abandonadas por alguna posición de los bandos enfrentados para evitar que volvieran a utilizarse. Los objetos no cuentan por sí solos quién los dejó ni en qué momento exacto; sí hacen tangible la escala de aquella acumulación y su vínculo posible con la guerra que había alterado el valle y sus comunicaciones.
La imagen sorprende porque el acuífero es, ante todo, parte del sistema que alimenta los manantiales y el nacimiento natural del Jiloca. Bajo ese paisaje de agua y vegetación quedó guardado un rastro de un conflicto reciente, muy distinto de las transformaciones lentas que modelan el terreno. En Monreal, la geología no explica por qué se abandonaron las granadas: el dato pertenece a la historia de la guerra. Pero el lugar donde aparecieron recuerda que un paisaje puede reunir huellas de tiempos diferentes, sin que unas sean la causa de las otras.
Los Ojos habían atraído la atención de Alfonso I porque allí estaban las fuentes del Jiloca; junto a ellas se fundó el castillo y creció Monreal. En 2017, el fondo del acuífero reveló otra capa de esa historia, con 538 granadas como testimonio material de la contienda. El río sigue naciendo de los manantiales: el mismo paisaje que ofreció un punto de referencia para fundar el pueblo conservaba, bajo el agua, una huella de su pasado bélico.
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